Los afectos también
se exponen
“Los Meyerowitz: La familia no se
elige” es la más reciente película del director newyorkino, Noah Baumbach. De
éste ya conocíamos un drama familiar llamado “Frances Ha”. Lo particular de la
primera obra es que tiene a dos actores que usualmente trabajan en comedias de
corte popular y de las cuales usualmente no podemos encontrar mucha calidad.
Adam Sandler y Ben Stiller, son dos hijos que tienen en común a su padre escultor
de quien ya nadie habla, cuyo amor se va descubriendo en el dolor de verlo
aquejado por una enfermedad cerebral que lo va minando lentamente, mientras
esos dos hermanos de distinta madre encuentran puntos en común a pesar de sus modos tan disímiles de ver el
mundo. Mientras el mayor, ha dejado sus
ilusiones de músico en el pasado por dedicarse
a sus labores de padre de una hija fraternal y de una personalidad
descomplicada debido a esa autonomía generada por sus relaciones familiares, el
menor de ellos, delineo su perfil profesional en los negocios, dejando a su
familia descuidada, hecho que ahora le genera remordimientos. Junto a ellos,
asoma en el horizonte una artista audiovisual (Elizabeth Marvel), de películas
iconoclastas, con fuerte contenido sexual, de simbolismos no muy bien
asimilados por su familia (a su padre le gustan las películas clásicas de los
años 30 del siglo pasado) que ha sido víctima no sólo de un acoso sexual de uno
de los artistas contemporáneos de su padre sino de un silenciamiento sistemático en aquella
familia disfuncional, con esas fuertes represiones de sentimientos no
expresados a causa del “autoritarismo
estético de la vida” que ha infundido ese patriarca que ha sabido ganarse
el reconocimiento de una obra ya olvidada. Además, una Emma Thompson enrarecida
por su desaparición cinematográfica, aparece encarnando a un personaje
disminuido por el alcoholismo, sin ofrecer una actuación sobresaliente pero
aceptable dadas las campanillas del resto del reparto. “Los Meyerowitz” es un
homenaje a la ciudad de Nueva York, por
esas reiteradas escenas en sus calles, a
veces nocturnas, a veces diurnas, pero siempre llenas de gente que va de prisa,
con los autos pasando muy cerca de los transeúntes que se hunden en el asfalto
cosmopolita, en tanto la bella música de ese gran compositor llamado Randy Newman
contribuye a crear esa atmósfera citadina. Se aprecia en los exteriores del Museo
de Arte Moderno de esa ciudad, en los
restaurantes transparentados por los vidrios que asemejan un panóptico de
proporciones multiformes por esas esquinas cuadradas y por la ornamentación de
multitudes que se agolpan en esos sitios característicos de la gran urbe. En
eso esta obra recuerda las intenciones de la ambientación existente en las
películas de Woody Allen. Pero también es un homenaje a esa ciudad por los enrevesados dramas
familiares tan usuales entre personas que conviven en ambientes pesados y
sujetos a los graves problemas de la sociedad contemporánea. Tanta presión,
tanto bombardeo de información, terminan generando patologías que si se analizan
con más detalle, tan sólo son comportamientos propios naturalizados por las
dinámicas de la agitación actual. Esa vida “subterránea”, es un caldo de
cultivo para conflictos familiares, cuyos miembros compiten en sus vidas
diarias por ganarse el afecto de los suyos. Por eso esta obra es más que un
drama, es una comedia que invita la
reflexión sobre sentimientos como el amor, el odio, la posibilidad de la reconciliación.
En una familia que ha ido acumulando amores y desamores, las cosas terminan por
explotar, con el fin, a veces, de mejorar un estado de cosas insostenible. En ese despliegue de venganzas reprimidas, se
adivinan los procesos a de largo plazo que ha servido para consolidar la
familia plenamente o para aparentar que las situaciones tan sólo son
contingencias fácilmente salvables con el diálogo. Sin embargo, las
resoluciones de problemas también entrañan violencias inesperadas aunque
latentes que se van incubando a espaldas de la conciencia. Cuando se escucha solamente la voz del patriarca
(interpretado muy bien por Dustin Hoffman), los demás miembros de la familia
son invisibilizados, a quienes no se les
presta la atención del caso. Una figura pública corre el riesgo de empalagarse
con sus propias creaciones; tanto ego exhibido ante los suyos hace de un padre,
la más legendaria figura de los egoísmos arquetípicos de la que tanto nos ha
hablado el psicoanálisis. Los conflictos se dan entre todos, por ejemplo entre
los dos “hermanos medios” que han competido por el afecto de su padre; en tanto
el mayor, siempre se vio desplazado por el amor que su padre le brindó al
menor. Con el tiempo, tanta libertad ha hecho de una vida libre, también un
caudal de resentimientos que rayan en el autoritarismo con esa hija llena de
amor por su padre; por el otro lado, ese hermano menor, ha aligerado sus miedos
y consiente en la sobrina lo que nunca permitió a su propio hijo. A esa hermana
lesbiana, nadie la entiende, solo aquella sobrina que nunca la juzga.
Ese pajar de relaciones, requiere
de exigencias actorales que queda satisfecho con estos actores reconocidos.
Lejos de las ofertas millonarias de Hollywood, este director independiente que
ha decidido trabajar para Netflix, construye una dirección de actores
maravillosa. Esta comedia dramática es una buena obra para explorar
sentimientos. En eso rinde tributo al cine como posibilidad de ahondar en la
naturaleza humana. La familia es una fábrica de sentimientos que moldea las
personalidades de sus miembros para siempre. Con razón, esta obra se ganó el
cariño del público en Cannes.

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