La desmitificación del "Rey Sol".





Albert Serrá es uno de esos directores de la nueva generación  europea, sobresaliente por sus propuestas bien elaboradas, casi rayando en la perfección, dueño de una meticulosidad extravagante, que acostumbró a la crítica a  hablar bien de él, pese a que con cada película siempre toma riesgos. Abundante son sus detalles, cuidados con esmero y partes constitutivas de una obra consistente, entre la que se destacan filmes como “Honor de Cavallería” que fue presentada en el Festival Internacional de Cannes en el año 2006, sin extremarlos al punto de que sean considerados como elementos superfluos de ornamentación pretenciosa, casi barroca.
 El director catalán, entrega ahora su nueva película denominada, con el hiriente título, “La muerte de Luis XIV”, con la cual ha conseguido mantener el júbilo por parte de la crítica que lo aclama todavía, aunque menos ahora que decide presentar un proyecto tan problemático para los franceses y para el mundo entero por la enorme figura del “Rey Sol” que  es desmitificado bajo la lente de un creador que trata a un personaje de tal naturaleza como un humano más, sin desconocer la devoción ofrecida por el séquito de colaboradores, denodados y convencidos de la divinidad de un líder como esos. Su desafío artístico, es una parte constitutiva del trabajo del artista, quien descubre el velo de la carnalidad y endiosa aún más ese halo aristocrático de un hombre, que en esta etapa de la vida sufre la igualación por la enfermedad, que ve como su pierna izquierda es invadida despiadadamente por la gangrena. Y además padece los dolores de muerte; se despierta  en mitad de la noche, preso de una sed calcinante en su garganta que apenas puede articular unas palabras en busca de ayuda terrenal. Si bien, su misma condición mortal lo hace enarbolar la figura de Dios cuando aconseja  a su pequeño hijo sobre la manera cómo debe conducir los destinos del imperio más poderoso sobre el planeta en el siglo XVII en Europa, la serenidad ponderada ante el desfallecimiento de su  cuerpo perecedero, hablan de un hombre sobresaliente, encerrado entre las cuatro paredes de una habitación, apropiadamente registrada por la cámara del  director que,  además, ha planificado escrupulosamente cada una de las composiciones de aquellos planos, elaborados sobre interiores, con unas vivacidades granas que contrastan con la iluminación tenue que contribuye más a la generación del ambiente sombrío del claustro.
Aquí se aprecia una de las labores esenciales que tiene el arte, la de revivir existencialmente las sensaciones traspasantes de los cuerpos sintientes, en contextos alejados por el rastrillo del tiempo que al acontecer, en medio de circunstancias humanas, se vuelven historia. El dolor de los asistentes personales del rey, su guardacámaras, sus médicos personales, sus familiares cercanos, son una pequeña constelación atrapada en una habitación en donde se acerca el aliento de la muerte, y frente a la cual, ni los más exóticos elíxires, tienen efecto positivo sobre el jerarca. El “reconocido sabio” Lebrun, solo hace parte de la poca maniobrabilidad que tenía la ciencia médica en aquel siglo maravilloso para el pueblo francés. Los esfuerzos realizados por esos médicos reales, y por los asistentes del reino, muestran el amor divinizado por una figura enarbolada como un desprendimiento del cielo, al que finalmente, luego del fallecimiento del soberano descubren como un hombre constituido por los mismos órganos que pudiera tener cualquier mortal. Esa sospecha de divinidad queda confirmada en la autopsia. No se llega a mostrar ese corazón latiente que se entregó como siempre al trabajo permanente de rey, quien odiaba faltar a  sus obligaciones, reuniones con los ministros, misas presididas por los cardenales y a veces por el papa, en una demostración fehaciente de la estrecha relación entre el Estado y la Iglesia, que fungió, no sólo como un asunto público sino como un verdadero acto de fe ante los representantes de Dios en la tierra. Dicho corazón debidamente embalsamado, por orden de Luis XIV, para reposar al lado del rey padre, deja de latir con una serenidad igual a la frialdad del rostro que es registrado en planos medios por   el director catalán.

Con un guion atrevido pero con el resguardo del narrador queda un trabajo bien elaborado por la profusión de detalles, precisamente por los ambientes claustrofóbicos, a los que el director sabe dar salida con los cambios de perspectiva, por los encuadres sobrios pero variables, por el talento indiscutible de los actores, Serra, escribe la película para el legendario de Jean-Pierre Léaud, un hombre de larga trayectoria que estuvo bajo las instrucciones de directores geniales como Pasolini, Truffaut y recientemente del finés Aki Kaurismaki. Ese atrevimiento se basa en la combinación adecuada de diálogos, tiempos muertos y cambios de intensidades en la trama general, que no es muy variada pero que es contada maravillosamente por quien domina a sus anchas el oficio de la dirección cinematográfica. Léaud, despliega su versatilidad  como actor aquí, sabe aquietar los movimientos del rostro hasta la saciedad, logra esa magia ataráxica que sólo un gran intérprete puede realizar. Con esa voz ahogada por la enfermedad es capaz de transmitir el estado de pena que un moribundo arroja como un suspiro prolongado, para dolor de quienes aman a quien pronto ha de partir para siempre. El mobiliario enriquecido por esas gigantescas pelucas, empequeñecen la cara del rey, pero se achican inevitablemente por la maestría interpretativa del actor francés que sostiene fuertemente el flujo de la obra cinematográfica que sin duda pasará a engrosar el escaso anaquel de los clásicos fílmicos mundiales.

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