El depredador de la montaña fría



Taylor Sheridan es un hombre del cine.  Su trabajo como guionista ya le ha traído las buenas críticas de la comunidad fílmica mundial. Sus películas anteriores a “Wind River”, son ya, a pesar de su reciente exhibición pública, obras que tienen toda la calidad de los mejores filmes de la inmensa producción estadounidense. “Sicario”, dirigida por el gran director canadiense Denis Villeneuve, es una  obra de gran calidad que ayuda a explayar las cualidades artísticas del artista canadiense. “Hell or high wáter”  es una de esas grandes películas que reactualizan los géneros mezclándolos porque intenta conciliar el western clásico con una historia que combina el drama, el suspenso y el “road movie”. Ambas obras tienen intenciones claras de mostrar problemas contemporáneos que aquejan a la sociedad actual y cuyo marco político-económico hablan claramente de un mundo excluyente para muchos hombres y mujeres  maltratados por las graves condiciones sociales en diferentes contextos como producto de la geopolítica. Mientras en la primera se muestran algunos aspectos del narcotráfico internacional, en la segunda, se auscultan las razones por las cuales se toman decisiones siniestras como las que toman estos dos hombres, con ciertos “visos morales”, pero desafiantes de las autoridades federales de los Estados Unidos.
Ahora, Sheridan llega con una obra de mucho valor. Su marco es la difícil topografía de Wyoming, en una reserva indígena Arapahoe, en donde la nieve, el frío y los vientos que son mostrados magníficamente por el director de fotografía Ben Richardson, envuelven un entorno psicosocial nuboso, matizado levemente por el buen trabajo  como cazador de un hombre que  busca vengar la muerte de una indígena, no quede en la impunidad.  La historia gira sobre un homicidio. Una joven nativa es encontrada muerta en el suelo de las montañas  y a la que se busca  hacer justicia por medio de una investigación emprendida por una inexperta oficial del FBI y un policía federal, cuya amistad con un cazador de depredadores destacan la inteligencia, la justicia y el remordimiento  que son las principales médulas jalonadoras de acciones justas en un medio inhóspito, donde las autoridades oficiales tienen poco que decir ante la ley de la montaña. Esa es una de las enseñanzas de la obra: en los entornos locales, hay unas reglas impuestas por la misma comunidad que  a veces nada tienen que ver con la verdadera justicia.
El guionista y ahora director de  cine, muestra su faceta como realizador. La película puede tener algunas fallas, pero en lo esencial, se configura como una apuesta interesante porque habla de la discriminación política que sufren las comunidades indígenas. Para los  habitantes de ciertas zonas de Estados Unidos, los indígenas son ciudadanos de tercera categoría, a los que maltratan constantemente, a los que violentan cotidianamente con acciones de aislamiento y con esa guerra no formalizada pero siempre latente en contra de  personas inermes.  La indígena muerta, no sólo fue dejada a las inclemencias del clima para que encontrara la muerte, sino que fue violada por un grupo de cuidadores de la reserva; sus acciones son deliberadas, la perpetración de crímenes habla de un gueto al que los ciudadanos no pueden acceder. También, porque, el ahondamiento de los universos psicológicos de cada uno de los personajes, obedece a un buen trabajo de perfilamiento; cada individuo, desde el cazador, pasando por el policía (interpretado magistralmente por Graham Greene) hasta la personalidad de la mujer indígena ya fallecida constituyen un esfuerzo importante de construcción interior elaborada por el guionista y director. Además, los escenarios naturales de ese territorio frío, logran acumular la tensión dramática de la obra entera, especialmente cuando los odios se exacerban entre los personajes antagónicos; la maestría del cazador para aunar pistas, para recorrer esos suelos helados y para responder a las emociones que le van planteando las circunstancias ocurridas  con las personas del entorno, logran desplegar las dificultades climáticas y topográficas sobre el hombre. Esa adaptación que los seres humanos logran desarrollar en esas condiciones muestra la capacidad de sobreponerse ante los problemas que la naturaleza ofrece. Por último, es destacable, la dirección de actores que refleja su calidad en las interpretaciones de tres actores fundamentalmente. El cazador, Cory Lambert logra esculpir una buena actuación no solamente por su gestualidad sino por los diálogos bien enfatizados, en general por la fuerza que le imprime a un individuo atormentado por el pasado, con esos problemas familiares que hacen parte de su presente. De esos tormentos personales uno encuentra los hilos lógicos que envuelven la vida de un hombre que vive por su familia pero que tiene una cantidad de traumas existenciales que rondan su vida. Interpretado por Jeremy Renner, este papel soporta en gran parte la película por su protagonismo en el marco general de las acciones. Por su parte la oficial del FBI, interpretada por Elizabeth Olsen, exprime un papel difícil de agente novata en medio de sagaces oficiales acostumbrados a lidiar con delincuentes locales. Ella, en medio de su ingenuidad policial ofrece lo mejor de sí cuando  toma decisiones difíciles. En un mundo lleno de hombres, su condición de mujer la hacen una presa fácil para los depredadores que pululan en aquellas montañas. Y es precisamente el cazador de depredadores quien mejor trato le brinda en ese marasmo hostil.  El jefe de policía local, Ben, es un hombre toda honestidad, querido por todos, con una rectitud a prueba de todo. Esa personalidad reposada pero sabia logra escapar de los clisés cinematográficos. Su mérito reside en la inteligencia para tratar  a unos y otros pero sin mostrar miedo ante los mismos habitantes del pueblo, dominado por personas que hacen de la ley un ámbito privado.
“Wind River” ya es una confirmación de que estamos ante un guionista bien logrado que ahora dirige sus propias historias. Seguramente va a dar de qué hablar en los próximos años como un digno sucesor de Paul Shcrader, por citar a uno de los tantos escritores cinematográficos maravillosos que tiene Norteamérica.


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