La maldición de los 27 De Brian Oakes Eran las 12 de la noche. Uno enfrente del otro. Sobre dos tumbas de mármol un par de hombres interpretan sus guitarras mientras arriba en la punta de los arboles suenan los graznidos de los cuervos, y abajo, sobre las pieles humedecidas por un sudor demasiado áspero, ruedan dos gotas de líquido salino, enternecidas por la brevedad de la piel negra y entre sonidos melancólicos, los fantasmas contemplan semejante espectáculo con un miedo irrefrenable de interrumpir un concierto de blues en ese sur del Misisipi profundo, en los alrededores de un delta peligroso, donde según dicen habitan los hombres blancos linchando negros. Uno de esos hombres se había perdido súbitamente de los lugares donde tocaban los músicos afroamericanos porque, según ellos, ese don nadie tocaba como un principiante. Y en ese extravío que fue corto, menos de un año, conoció a un hombre mayor, un verdadero virtuoso de la música prohibida por blancos y negros...