El último de los clásicos
Bille August es reconocido mundialmente por ser el dueño de
una filmografía robusta, teñida de un toque personal tan claro en la consolidación de un estilo propio por el
cual ha recibido numerosos premios a lo largo de cuarenta años de carrera. Sus
películas más recordadas: “Pelle el conquistador” y “Las mejores intenciones”,
obtuvieron dos Palmas de Oro en el Festival de Cannes; por su “Casa de los
espíritus”, no ganó el favor de la crítica pero si tuvo la fama mundial. Sus
filmes son el producto de un proceso de maduración con cierto nivel de
continuidad en un artista tan escrupuloso como él.
Su último filme “Pedro el afortunado” producido y estrenado
en la plataforma de Netflix, regodea varias de sus obsesiones temáticas entre las cuales destacan la búsqueda del
individuo en el marasmo de la colectividad, las presiones religiosas, la búsqueda del sí mismo, la importancia de
la familia en el cincelado de la personalidad del hombre y la falibilidad de
los seres humanos… Esta película es una disertación magnífica sobre los
vericuetos de la vida en un mundo ávido de honestidad personal.
La historia es la de un
hombre que se rebela a la perennidad de la ascendencia, fundida por la autoridad que ejerce la familia en las
decisiones presentes y futuras. Ese hombre empieza de cero, su padre y su
nombre están ligados a la larga tradición de pastores cristianos protestantes,
que infunden una presión inapelable a su prole. Busca oportunidades en la Copenhague
antigua, una gran ciudad de finales de
siglo XIX que es colmada por familias
aristocráticas de origen judío. Peter Simenius logra convencer de sus proyectos
de ingeniería a sus mecenas capitalinos y se hace con el amor de una bella
mujer de pensamientos modernos que se
enamora perdidamente de aquel advenedizo campesino. Pero Peter es un hombre
atormentado por su pasado, su calma y sus determinaciones parecen soportadas en
un piso firme que le lleva a esbozar un gran orgullo que finalmente le
conducirán a un estruendoso fracaso. Su mundo interior, de menos posesiones y
menos dinero, por el contrario, es enriquecido con una serie de lecciones
aprendidas que el director resume en algunas frases: “Cuando uno se encuentra,
Dios sobra” o “la suerte es la guardiana de la pobreza, el orgullo cae
primero”.
La película lleva un ritmo parejo, estructurante de un cúmulo de escenas que
muestra la exacerbación de emociones expuestas desde diferentes ángulos, con
esa intención del director de indagar varios puntos de vista, expresiones,
gestos, palabras que se concatenan convenientemente con los escenarios bien
decorados de una ciudad preciosa. Las escenas en interiores exploran las
esquinas, las perspectivas, los cambios de ángulo, resaltando esas excelentes
actuaciones de los intérpretes de esta gran película, basada en un libro que
lleva por nombre “El viaje de Pedro el afortunado” del venerado escritor sueco August Strindberg. El camino de este muchacho ambicioso logra
generar en el espectador sentimientos encontrados desde la conmiseración por su situación monetaria
hasta el odio más radical hacia un
hombre que decide romper el compromiso de matrimonio con una buena mujer. Desde
la tristeza por la desaparición de hombres y mujeres apegados a cierta
idiosincrasia moldeada por la religión hasta la rabia por sus reacciones
cargadas de inmadurez frente a personas que
en algún momento le tendieron la mano.
Una de las grandes fortalezas de la película radica en que cada uno de
los actos de Peter, son temporales, que en la flexibilidad de un hombre obran
las circunstancias; no hay lugar para condenas eternas, sólo comprensión ante
el viaje que emprende un individuo, su redención y la calma como un viacrucis
tan doloroso que parece costarle su propia felicidad. A veces el costo para un hombre de darse
cuenta que las verdades se encuentran inmersas en el interior desde el
principio de su vida es demasiado alto; las condiciones exteriores demoran un
poco esa obtención de la sabiduría más grande posible: la que nos lleva al conocimiento autentico de nuestro
verdadero ser.
La escogencia del actor danés Esben Smed fue un gran acierto
por cuanto, logra construir un personaje cinematográfico que rinde tributo a la imagen; los primeros planos
de su rostro, enfocan el dolor en toda
su dimensión, sin pies de páginas que pudieran armar una obra melodramática, especialmente si tenemos
en cuenta una historia llena de tantos giros dramáticos. La caracterización del
personaje a lo largo de una serie de tiempo tan larga como la que describe la
obra, le hace honor a la personalidad de Peter, quien muestra
acertadamente su ascenso y su caída de
modo justo. Los demás actores logran crear una atmósfera propicia para que
Peter vuele en ese marasmo de obstáculos y de triunfos, de derrotas postergadas
por el destino y de victorias fortuitas por la violencia de la felicidad que
lentamente va poniendo a las personas en su lugar. Peter logra su triunfo
personal en el reconocimiento de su caída predeterminada por la vida. La religión parece cobrarle una deuda
contraída por sus padres que deviene en una vida miserable, que al final retoma
su curso.
Con esta película, confirmamos que Bille August es uno de los
últimos directores clásicos en actividad. Su talento, sigue construyendo obras
reconfortantes que tienen el poder de recabar los hilos escondidos del alma
humana. Con “Pedro el afortunado”
asistimos al nacimiento de otra obra que se encumbra en el pedestal de la
posteridad.

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