El vitalismo de dos leyendas de Hollywood.
De Ritesh Batra
Pasaron 38 años desde “Descalzos sobre el tejado”, una de
esas películas de tonos románticos que nos dieron los maravillosos años sesenta
del siglo anterior. Robert Redford y Jane Fonda, dos de los íconos
cinematográficos del cine de Hollywood, nos regalan dos actuaciones aceptables.
Ella, sensual y elegante; él, gallardo y apasionado. Ambos actores interpretan
dos papeles glamorosos que se traslucen en cada uno de los encuentros que
tienen, inclusive cuando los dos honorables ancianos se van a la cama, en
donde, pese a la dificultad que encierra un espacio como esos, logran
transmitir una energía envidiable, para dos personas que saben que el tiempo ya
les ha pasado factura, que son víctimas de la soledad malsana y por eso, se
atreven a desafiarla.
Los actores tuvieron su primera colaboración en 1966, en 'La
jauría humana' de Arthur Penn, pero su trabajo más recordado es el de 'Descalzos
por el parque'. Su último encuentro en cine había ocurrido en 1979, en 'El
jinete eléctrico' de Sydney Pollack. Ahora vienen bajo la dirección del autor indio
Ritesh Batra, con una adaptación fílmica de la novela homónima del Kent Haruf. De los cuatro
encuentros fílmicos siempre quedaron papeles importantes que hicieron enamorar
a muchas parejas. Tanto Redford como Fonda, como íconos cinematográficos se han
convertido en artistas especialistas en dramas románticos, con directores
capaces de explotar toda esa riqueza gestual de ambos, y dotados para la creación de intensidades
dialógicas que calan en el público y cuya recordación aún queda como un eco en
esta nueva película. Jane Fonda es una actriz que ha obtenido el reconocimiento
del público y de crítica con su larga trayectoria cinematográfica y a quien la
Academia de Artes y Ciencias estadounidenses ha otorgado dos premios Óscar como
mejor actriz de reparto. Su fama comienza con la película “Barbarella y es
confirmada con varios éxitos de taquilla como “El estanque dorado” y la ya
mencionada “Descalzos en el parque”. Su trabajo como activista política,
blogger y realizadora de videos de aeróbicos, la catalogan como uno de los
personajes más influyentes de la sociedad norteamericana. Robert Redford, un
hombre de 81 años, dos años más que Fonda, es un símbolo sexual que ha
compartido papeles con los actores más afamados
de los Estados Unidos; su trabajo como activista político, como artista
en su doble faceta como actor y director, se convierte en uno de los personajes
más representativos del mundo cinematográfico de Hollywood. Además, su trabajo
como director le ha granjeado el reconocimiento de la crítica con su películas,
con las cuales ha obtenido diversos premios, como el Óscar por su dirección en
la película estrenada en 1980, “Ordinary People”. Sus nuevos papeles son el
producto del trabajo desarrollado por Netflix, productora que se ha concentrado
en algunos proyectos “en contracorriente”.
“Ours souls at night” es una película atrevida. No es que
escape a anteriores propuestas en donde se intenta mostrar las relaciones
otoñales como una manera de poner en la palestra un tema que preferimos ignorar
por un simple olvido deliberado. Addie y Louis son ancianos solitarios que
deciden dormir juntos; sus vidas empiezan a cambiar después de la propuesta
lanzada por ella al vecino, cuya vida se ha vuelto monótona. Tanto la costumbre
como los prejuicios han hecho de estas existencias algo normalizado, sin
contratiempos. Deben afrontar, en primera instancia, sus propios prejuicios,
los de él especialmente; luego,
sobreponerse a los miedos que les infligen los otros, sus amigos, vecinos y
sobretodo, sus familiares, ante una decisión
de esas. Dormir juntos es un reto, esa actividad tan llana, puede
convertirse, a cierta edad en una práctica llena de dificultades. Hablar hasta
lograr conciliar el sueño, tener contacto físico, mirarse, reír, disimular esa
complacencia artificial para dos extraños, que lentamente empiezan a encontrar
cosas en común. Todo ese arsenal de actitudes cotidianas va construyendo una
convivencia que va alejando a esta pareja del desolado peso de la vejez. El
nuevo inquilino de la casa es el nieto de Addie, un niño que es dejado por su
padre en la casa de aquella debido a sus problemas financieros. Al niño se le
suma una perra adoptada por los ancianos con el fin de alegrar la vida del
pequeño, evidentemente acuciado por la soledad, al igual que su abuela y su
nuevo amigo, el considerado Louis. Estos tres personajes son una nueva familia
que encuentra en la comprensión mutua un alivio para su sufrimiento, esa herida
existencial que va dejando en uno la ausencia de un mundo familiar. El hijo de
Addie es el más reacio a aceptar esa relación; sus actitudes despectivas
obedecen a un machismo impulsado por la
sociedad, en este caso, la de un pueblo de Colorado. Sus gestos denotan un
excesivo celo con su madre, a la que nunca visita, y a la
que sólo pide favores cuando los necesita. Por su parte, la hija de Louis, es
una muchacha comprensiva, a quien su padre le brinda todo el afecto posible,
pese al pasado turbulento de éste. Igual el tiempo se convierte en el mejor de
los maestros posibles. Todo se va aplacando, las cosas terminan por recuperar
su nivel normal.
El amor entre ancianos es una realidad. Esta película es un
intento serio por mostrarnos lo que todos suponemos pero nadie dice
públicamente, porque quizá ese miedo que tenemos todos al envejecimiento hace
que queramos obviar ciertas cosas. Pero más que nada, un esfuerzo por mantener
el recuerdo de dos leyendas vivientes del cine comercial que tanto ha
contribuido a propagar la cultura contemporánea.

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