Sobreponerse a la tierra
Brooklyn es la fuerza centrífuga
que nos lleva sobre lo mismo, desde que nuestras raíces decidieron apoderarse
de nosotros como una especie de destino del cual parece imposible escapar. Es
la tierra que no está en el lugar en que habitamos por las circunstancias
jalonadas por aspectos atinentes a la necesidad de lidiar con eso que algunos
llaman supervivencia. Y es la última película del director irlandés John
Crowley, hombre dedicado especialmente al teatro y que ha pasado por el cine
con una buena propuesta audiovisual. Como buen irlandés, sus temas recalan
siempre en lo mismo: el arraigo.
Ahora “Brooklyn”, es una obra
importante que seguramente se ganará varios premios y con ello se seguirá
hablando de Irlanda y de los irlandeses. Éstos, por sus circunstancias
históricas tuvieron la mala suerte de contar con los ingleses como sus vecinos.
Gran parte de la historia de este pueblo ha estado indisolublemente asociada a
Inglaterra que, como suele hacer, expande sus fronteras sin consideraciones con
nadie. La película es una historia sencilla pero dolorosa, personificada
magníficamente por la hermosa Saoirce Ronan a la que habíamos visto en
películas de poca monta como “Desde mi cielo”, dirigida por el sobrevalorado
director neozelandés Peter Jackson. Saoirce es mucho más que un rostro dulce.
Sus interpretaciones van creciendo para sobreponerse a su cara angelical hasta
construir personajes llenos de un carácter arrollador capaz de vencer
circunstancias adversas. Su determinación se muestra en la toma de decisiones
importante como una suma de actos que la van imponiendo sobre los problemas. En
“Brooklyn” interpreta a Ellis Lacey, una joven irlandesa con una familia
compuesta por mujeres que debe abandonar su casa para buscar mejores
condiciones de vida en los Estados Unidos. Ella es una más de las miles de
personas irlandesas que se adentran en lo desconocido persiguiendo sueños
que la política internacional anuncian
como una posibilidad de encontrar fortuna en la “tierra de la libertad”.
Ellis vive una experiencia nueva
como el candor de alguien que no entiende muy bien cuáles son las causas que la
llevan a irse de su hogar. Por eso el extrañamiento es el principal de los
motivos que caracterizan a este personaje encantador que va venciendo los obstáculos
impuestos por lo novedoso. Desde que sale de su Irlanda natal encuentra cosas
que la van forjando, pequeños detalles como la mujer que la acompaña en el
barco y le da toda una lección de vida con sus consejos. Su arribo a los
Estados Unidos no parece tan dificultoso por la solidaridad y el apoyo que las
personas le brindan. Ellis es una joven en Brooklyn que ha llegado a una casa
para guarecerse, que tiene un trabajo que un padre católico le gestiona. Ellis
tiene una ingenuidad natural catalizada por
ese extrañamiento casi infantil que la envuelve pero que va superando
por un temperamento que lentamente va aflorando. El director construye una
trama creciente, con un personaje que se va volviendo grande, que sabe que a
la par de las oportunidades que se le
van brindando debe afinar su carácter como un mecanismo de supervivencia.
El punto de giro fundamental del
filme recae en el regreso de Ellis a su
terruño. El componente dramático se exacerba ante la dialéctica que impone un
mundo nuevo develado en sus experiencias dolorosas pero enriquecedoras que le
permitieron madurar o la reapropiación de todo el entorno que la abraza como
una de las suyas, una joven madura en una tierra soñada que ahora le sonríe.
Con esto la historia parece decirnos que la tierra no es suficiente para
sacarnos de las circunstancias que construimos, que los afectos son más fuertes
que el poderoso imán de nuestros primeros años en un lugar que nos ha tocado en
suerte pero que sigue horadando nuestras vivencias. También se encuentra
implícita la idea de que en el fondo nadie es dueño de ninguna tierra, que las
personas somos quienes le damos vida a los sitios. El mundo es un lugar inmenso
pero no tanto como las regularidades del comportamiento humano que cabe para
cualquier geografía del planeta.
“Brooklyn” es una película con
una narración clásica, con ritmo parejo pero creciente que constituye un buen
ejemplo de una dirección de actores correcta, que bebe de la tradición inglesa.
La construcción psicológica de los personajes está bien manejada y que se
muestra adecuadamente por la coherencia de las acciones. Cada uno de los
personajes tiene motivos suficientes y explicables para obrar como lo hace. Todos ellos tienen un mundo propio, se
posicionan ante los otros con rasgos apropiadamente especificados. Uno de los
aciertos del director estriba en que dichos personajes fungen como
propiciadores de la vida de Ellis, orbitan a ritmos parejos sobre aquella mujer
extrañada pero versátil que en algún momento de sus vidas aparece sin
concesiones. La película no hace demasiados énfasis en las circunstancias que
implican un avance en la trama. Ellis espera pero concede por su espíritu
realista. Sabe que los estados de ánimo deben adaptarse a las circunstancias
exteriores, obviando con ello los anuncios melodramáticos que una historia como
éstas podría resaltar. Así mismo, cada
escena del filme se despliega con los tiempos justos en cada una de las
ambientaciones de la historia.
Tanto en claustros como en
exteriores, “Brooklyn” es una película que trasciende los lugares pero sólo
para que las personas se incrusten como sus verdaderos constructores, no como
simples adornos al arbitrio de geografías que deciden por ellas.

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