El renacido
Cada vez más se forjan directores
en el difícil arte de la cinematografía que compaginan adecuadamente la calidad
estética con la gran industria. Alejandro González Iñárritu, es un mexicano que
ha logrado ganarse un lugar en el burocrático
mundo de Hollywood, a fuerza de trabajo constante, sin deslucir su
talento como artista que pudo, desde sus primeros obras en su país natal,
llamar la atención de las productoras estadounidenses que ya lo consideran uno
de los suyos. El mundo lo conoció por su laureada “Amores perros”, cuando
todavía se encontraba trabajando con Guillermo Arriaga, uno de los mejores
guionistas latinoamericanos, al que también se le deben historias como “Babel”
y “21 gramos”. El año anterior se ganó el premio Óscar al mejor director por su
obra “Birdman”, una obra valiosa pero de historia manida. González Iñárritu,
suele utilizar los planos-secuencia de largas duraciones que buscan ser
memorables por la dificultad que tienen. Temáticamente arrastra una obsesión
con la inevitabilidad del azar en todas las acciones humanas pero que en algún
momento se pueden vencer por la voluntad
y la fuerza que cada individuo desarrolla en el ágil paso de los
acontecimientos vitales. “Nada es lo suficientemente poderoso como para que la
convicción de los hombres no permita sobreponerse a la adversidad”, parece
decirnos en cada una de sus películas. Siempre hay algo inexplicable y de
templanza sobrenatural que rodea la existencia de los individuos y por cuya
fuerza gravitan intenciones casi desconocidas pero de orden negativo, soslayando así la felicidad de las personas. En el universo indescifrable de sus
personajes, habitan monstruos que surgen como reacción ante la dureza de las
vivencias. Pero esa diversidad de rasgos psicológicos que los definen, también
pueden proyectar cualidades de sublimes actitudes por los que las demás
personas los identifican. Esa dualidad psicológica opera magníficamente con la transposición
intratemporal de sus filmes, característica in
situ de la obra misma. Por su composición, las películas del director
mexicano son difíciles de entender.
Con su “Revenant”, González
Iñárritu, continúa la línea fílmica de “Birdman”, pero aportando una
exuberancia estética propiciada por los paisajes de la historia. La prolijidad
de la fotografía, elaborada por Emmanuel Lubezki, nos muestra a una Missouri
salvaje, llena de ese encanto primigenio que descubrieron los conquistadores de
esas tierras misteriosas y agrestes, con la maestría de los planos casi al
nivel del suelo. El portento de esas montañas y de esos ríos, son desvelados
admirablemente como una clase fotográfica en movimiento que recrea la vista del
espectador. Hay una contraparte soportada en los primeros planos de los personajes,
quienes logran transmitir ese torrente de emociones construido por la trama.
Con estos dos actores bien posicionados en el intersticio que va del cine de autor al
cine de masas, encontramos a un Leonardo DiCaprio y a un Tom Hardy, bien
plantados en sus papeles. Cada uno de ellos interpreta su rol con el talento
del actor que asume su trabajo con el máximo profesionalismo. DiCaprio,
desligado un poco de Scorsese ha legado los consejos del maestro newyorkino
para revertirlos en esta sobresaliente actuación. De los papeles anteriores se
desmarca por su caracterización silenciosa, inmensa proliferación de gestos y
señales que su proxemia sugiere y que invoca de su talento para lanzarlos a la
pantalla con equilibrio. Seguramente ese postergado Óscar está cerca. Hardy, por su lado, repite un
papel importante, después de su “Mad
Max. Furia en el camino”, película que
recibió en general buenos comentarios y que reifica mucho más la aureola
de olimpo fílmico con el que Hollywood se arroga ese esperanto cinematográfico
tan celebrado por el gran público.
Una obra como “Revenant” propone
temas universales como la sobre posición del hombre frente a las fuerzas de la
naturaleza, la lealtad que se supone debe existir entre amigos y compañeros de
lucha y la obsesión dañina pero formativa que puede tener el anhelo de venganza
cuando se está dispuesto a replantear el camino como una actitud
consuetudinaria de personas, que por la suma de circunstancias anómalas, se
toma una pausa para decidir sobre una reacción que, a la postre, puede
determinar el rumbo total de la vida de un hombre. El paisaje edénico del norte
estadounidense, invita a su transformación y en dicho proceso los hombres construyen
las relaciones, con mayor o menor grado de fortaleza. No obstante esa dificultad, el comportamiento
no puede ser ajeno a las convenciones éticas que permiten la convivencia entre
hombres.
Desde el primer plano secuencia,
el director mexicano muestra el tono general de la película. El lento transitar
de los cazadores, se muestra desde
distintas angulaciones en la medida que los hombres avanzan por un pantano
pedregoso. La lucha con los nativos estadounidenses, es una más de las amenazas
de este grupo de cazadores que desnudan su personalidad. Los odios, las
animadversiones y los afectos, van develándose paulatinamente. En lo sucesivo, el filme despliega un
conjunto de escenas de difícil realización.
De una película de época, inspirada en la novela del mismo nombre y
escrita por Michael Punke que recrea las primeras décadas del siglo XIX, encontramos
atisbos valiosos de la historia de ese país norteño. La colonización de gran
parte del territorio vivió un proceso de masacres de “blancos” contra
“afrodescendientes”, de “blancos” contra “nativos indígenas” y de “blancos” contra
“blancos”. Los innumerables casos de homicidios, robos y, en general,
desafueros jurídicos, fueron el precio que tuvieron que pagar los habitantes de
ese país, con el fin de domeñar semejante topografía.

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