La estigmatización de una ciudad

De Dennis Villeneuve
 
De los directores norteamericanos quizá el más prometedor de todos es el canadiense Dennis Villeneuve. Su compatriota, el siempre ingenioso David Cronemberg hace tiempo que colmó las expectativas, con  sus películas polémicas, con cosas que suenan descabelladas pero que terminan siendo obras maestras, filmes de culto tan necesarias por estos días en los que el cine se hace en serie como si  fueran mercancías elaboradas por una planta de producción industrial. Villeneuve es un hombre de 48 años al que le gustan las narraciones clásicas, la utilización de coloraciones sombrías para sus obras y  dotado con un gran talento para construir universos psicológicos llenos de complejidades en sus personajes. Además dota de posibilidades creativas a los planos secuencias con marcados travellings que contrastan adecuadamente con planos aéreos que permiten situar espacialmente al espectador. Su película “Enemy”, basada en la novela el “Hombre duplicado” de  José Saramago, es una demostración de cómo se trabaja la dirección de actores y la dirección de arte, en obras tan difíciles de realizar por las derivas anímicas de los personajes.

Su más reciente trabajo traspasa la enfatización psicológica para centrarse en un problema de orden social que aflige al mundo entero pero que se asienta fundamentalmente en México. El narcotráfico, un descendiente de mil cabezas que ha generado miles de muertos por el control del negocio, se trata esta vez, con un tinte personalista, lejos de los aparatosos filmes en que la sangre se convierte en la protagonista principal. “Sicario”, se asienta en  “Ciudad Juárez”, una de las joyas de la corona latinoamericana cuando se habla de historia patria. Su nombre es un homenaje al líder mexicano Benito Juárez. Aquella ciudad de  un millón trecientos mil habitantes fue cuna de la revolución mexicana que tanto quiso Pancho Villa en sus correrías por el “Río Bravo” cuando el problema de la inmigración no era tan importante como ahora. Lastimosamente se ha hecho célebre recientemente por las ensoñaciones de los emigrantes que pasan por allí en su camino a los Estados Unidos y por la saña de los narcotraficantes que se tranzaron en una lucha fratricida por ganar el poder en la frontera.

El filme de Villeneuve es un cuadro de la violencia entre los miembros de los carteles que controlan el negocio. Su interés no es engrosar el número de películas que cuentan los muertos por doquier sino mostrar el nivel de odio que el fenómeno puede dejar en el alma de una persona, sobre todo si a él se le suman los intereses de agencias internacionales de lucha contra ese problema, para quienes los parámetros éticos no tienen ningún límite.  El personaje interpretado por el actor portorriqueño Benicio del Toro exuda un resentimiento que alimenta toda la intensidad dramática de la obra. Su papel de mercenario desde las primeras escenas le imprime un halo de misterio que al final parece descansar por su vendetta que ocurre en las más altas esferas del crimen. Los representantes del orden, en cabeza de la CIA pueden recurrir a los métodos menos ortodoxos para  ganarle la guerra  a uno de los peores flagelos éticos que aquejan la humanidad entera. Un mercenario más o un mercenario menos no importa si juega un papel importante en esa confrontación que implica a mucha gente inocente por los tentáculos  de la mafia sobre las mismas instituciones policiales.

Los compañeros de reparto de del Toro son Emily Blunt y Josh Brolin. La primera es una actriz británica que ya tiene un recorrido importante en el cine de Hollywood. Su gestualidad es notoria especialmente en las escenas que debe compartir con el intérprete portorriqueño. No cabe duda de que es una mujer dotada para los papeles de orden dramático que compagina bien con las escenas de acción. El papel de agente refuerza el tinte ético de la película debido a las muestras de profesionalismo que hacen de su personalidad una mujer huraña, solitaria y totalmente convencida de las bondades del orden en la defensa de valores institucionales que deben combatirse. Villeneuve sabe  combinar correctamente las apariciones de ella  a la que alterna dramáticamente con del Toro, cuya capacidad actoral es una de las más portentosas del cine actual. Y eso es decir demasiado. Que una actriz pueda competir con el talento de Benicio del Toro resulta notable, mucho más cuando a éste los papeles como el que interpreta en esta película le quedan perfectos. El segundo, uno de los actores que ha venido construyendo una carrera sólida dentro del mundo cinematográfico debido a sus colaboraciones con directores importantes como los hermanos Coen, Gus Van Sant y Woody Allen, se muestra deslucido en el papel de hombre desinhibido, que usa sandalias y que, no obstante, es capaz de llevar a cabo su deber sin ningún tipo de taras, excepto la que el orden le brinda. Ni sus métodos ni sus principios parecen ortodoxos, pero se las ingenia para cumplir con sus propósitos.

“Sicario” es uno de los buenos thriller de acción que desnuda uno de los problemas más dañinos de la sociedad contemporánea. A Latinoamérica todavía se la vé como una fábrica del mal, por cuya tierra corre sangre inocente que habrá de parar la intervención de los organismos  especializados en combatir ese flagelo. Villeneuve construye una buena película de entretenimiento que no logra adentrarse en los entresijos del fenómeno social que no sólo el mundo de la mafia parece haber monopolizado sino haber ganado también la lucha contra las fuerzas del orden.

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