SENDEROS DE CINE
Piso 13-Josef Rusnak
El camino que le ha tocado
transitar al cine en su aspiración por
convertirse en obra de arte ha sido bastante farragoso. Sus obstáculos, sin dudas, se le han
impuesto desde su mismo nacimiento y quizás la primera razón para ello
es que su madre natural es hija de la
artificialidad: la tecnología. Los mismos estetas, cuando, construyen las
categorías conceptuales sobre lo sensible, se refieren fundamentalmente a
las denominadas artes clásicas. Se
preguntan: ¿cómo este engendro, mitad tecnología y mitad humano, se atreve a
reclamar un lugar en el palco de las bellas artes desde su condición de cyborg
representado?
Pero, admitiendo que el cine ya
se ganó el lugar que tanto le ha costado adjudicarse, habría que preguntar por
su deber ser, o más exactamente por si esta creación juega un papel importante
en las actividades propias de la existencia humana.
En primer lugar, el compromiso
que tiene no es otro que aquel que su misma sustancia le otorga. Su existencia,
su función, solo pueden estar determinadas por
los compromisos que a ella se
deban, es decir, la obra cinematográfica para ser arte debe limitarse a servir
a sus propias necesidades, imponerse sus propios límites y ser bella de acuerdo
con los lineamientos que ella misma se trace. Asi, el cine parece tener vida per se y ya su autor no es culpable de
las consecuencias históricas que pueda
tener en el tiempo.
Después que venga lo que sea. No
obstante, por ser el reflejo o la representación de la imaginación humana, ella
contiene un mundo que sólo tiene piso de autoridad en la sustancia común que
nos identifica como seres humanos. La subjetividad, ese universo particular que
contiene los deseos y los sentimientos más íntimos y que somos capaces de
comunicar en obras, es un desprendimiento necesario de ella y en ello radica
que la obra de arte siga siendo una expresión
humana.
También, el cine es capaz de
mostrarnos, a nosotros, personas que habitamos en un contexto espacio-temporal,
esas condiciones que lo caracterizan, las que
son el fondo de costumbres, de
hábitos, de un conjunto de situaciones que albergan proyecciones e identificaciones
con una comunidad, con propósitos que llenan las aspiraciones elaboradas en
nuestra vida consuetudinaria. La obra cinematográfica es histórica porque es
una expresión del mundo, de lo que acontece en un territorio que sólo llenamos
de vida en la medida que sea significativo para los que allí habitamos.
Asimismo, el cine nos muestra una
serie de posibilidades que antes, estando allí, a nuestra vista, no veíamos, precisamente
porque en las historias, en los temas y en la manera de contárnosla, el
director, amplia la mirada, nos expande la conciencia al lanzarnos una de sus creaciones para que como espectadores
terminemos de construirla y la refiguremos en la nueva configuración que
realizamos en nuestras interpretaciones de ella. Nosotros completamos la obra.
Finalmente, encontramos que el
compromiso es autorreferencial, en cuanto la obra cinematográfica se configura,
para luego ser apreciada por un interlocutor que le da otros sentidos. Parece
como si estuviésemos en frente de algo que luego de verse, ya no va a tener las
connotaciones que su autor le había otorgado. Que la intencionalidad sea la de
ofrecer entretenimiento o la de contribuir a la formación de la gente, o que su
compromiso político esté expresamente manifiesto o que simplemente quiera
comunicar una imagen al margen de cualquier pretensión política o cultural, eso
es algo que realmente no es tan importante si la obra cinematográfica contiene unidad en sí, de tal modo que pueda llenar todos los
intersticios de sus expectativas.
El resplandor-Stanley Kubrick
El resplandor-Stanley Kubrick
Sin embargo, el entretenimiento
no es sinónimo de menosprecio. Un espectador es una mixtura que se va
construyendo en la medida que encuentre propuestas que le puedan mostrar la
diversidad de la vida. El consumo no es un acto automático. Es posible ir
formando gustos estéticos distintos, siempre y cuando pululen las buenas
ofertas.
El cine, es quizás, la fuente
audiovisual más completa con la que ha
contado la humanidad para el registro de
sus manifestaciones culturales desde su creación. En un primer momento solo fue
considerado como un espectáculo pasajero, pero con el tiempo su influencia le
fue dando un estatus para el que no se esperaba tanta acogida. Desde entonces,
los directores, los productores, los actores, las personas que construyen una
obra cinematográfica han perfeccionando su trabajo y han erigido un producto
que nos agudiza la percepción del mundo, que nos muestra, nos despierta sentimientos
que parecían dormidos, nos evocan sensaciones, nos llevan y nos traen por geografías lejanas, alteran
la vivencia del tiempo, descubre errores y vacíos para los que creíamos
estábamos curados y nos hacen creer aún que la belleza es un fin en sí mismo.
Por todo lo anterior, resulta un
compromiso para quienes amamos el cine, tanto para los encargados de su
producción como para nosotros espectadores, vigilar que sus cometidos se sigan
cumpliendo con la misma pasión que lo hicieron los maestros que edificaron ese
hermoso lugar que todavía tiene. Por eso, pensar que la industria
cinematográfica como fin absoluto, que no
atiende las posibilidades de que el cine siga expresando las más hondas
aspiraciones humanas, los más caros deseos de las personas y esa variada
conformación de la vida en toda su esplendor, le roba uno de los tesoros más
preciados al hombre; es decir, el hecho de seguir creciendo como seres de
autoconciencia, personas que nos vemos reflejadas en las obras y por ello,
podemos replantear los caminos que alguna vez emprendimos como testigos de nuestro
deseo de crecimiento como seres humanos.


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