Luis Alberto Álvarez Córdoba, un maestro
En la presencia de un payaso-Ingmar Bergman
Páginas de cine, no es sólo
un libro de crítica cinematográfica. Publicado en dos volúmenes entre los años
1988 y 1992, también es la obra de un pensador, de un verdadero cultor de lo
que significa mirar las distintas aristas que un contexto social tan complejo
como el colombiano nos presenta. Su autor, una combinación algo extraña de
sacerdote claretiano e incendiario de la palabra nos muestra un retrato algo
duro de nuestra realidad, pero sin ocultar esa profunda nostalgia que inspiraba
en él, la elaborada cinematografía realizada en otras latitudes que le hacía envidiar el cine de los maestros
y que de vez en cuando permitía que se le escaparan frases cargadas de
insatisfecha aspiración fílmica.
El libro de Luis Alberto Álvarez,
editado por la Universidad de Antioquia, contiene reflexiones largamente
incubadas en su poderosa capacidad analítica. En él, los comentarios más
certeros podían tener tintes absolutamente peyorativos, como también, ser
portadores de una sensibilidad admirativa de los directores que más
consideraciones favorables le inspiraron: Bergman, Wenders, de Sica, Visconti,
Antonioni, Glauber Rocha, Fellini, Rossellini, Tarkovski, Hitchcock, Víctor
Gaviria, entre otros pocos.
Las críticas del autor son el
producto de una larga serie de ensayos, escritos todos durante veinte años de
ejercicio en el periódico el Colombiano
de la ciudad de Medellín. Pero como se mencionó antes, tal conjunto de ideas venía
elaborándose desde su infancia, luego de convertirse en un asiduo espectador de
las películas exhibidas en aquella ciudad. Asimismo, otra fuente de inspiración
está constituida por sus trabajos llevados a
cabo en la comunidad religiosa de la que hacía parte, aquella que le permitió relacionarse de un modo u otro con
algunos de sus directores favoritos, como Fellini, Passolini y Blasetti.
Además, Luis Alberto Álvarez fundó varios cineclubes que intentaron guiar el
gusto estético de una gran cantidad de jóvenes, todos intelectuales en
formación y venidos de distintas ocupaciones, queriendo con ello, seguir
madurando el juicio crítico que en él siempre gozó de total libertad.
Finalmente, desde la ciudad de Manizales a principios de los años setentas,
tuvo la idea de fundar una publicación especializada, algo que finalmente se
concretó en lo que sería Kinetoskopio,
la única revista de crítica cinematográfica en Colombia, y cuya publicación
todavía se mantiene.
Desde su aparición, Páginas de cine ha sido un libro bien
recibido. Sus comentarios han dejado la huella de los hondos pensamientos que
nos mostraron una manera de concebir el mundo. No sólo recrea universos particulares de geografías
lejanas, describiendo prácticas culturales que podían observarse en las imágenes
cinematográficas, sino que realizaba un completo recuento de los autores de las
películas, siempre ajustando la cuchilla para afinar la barbera, bien sea para
desnudar las creaciones de discreta calidad, bien sea para llenar de halagos
precisos las obras que merecieron la admiración del autor. Y es que los adjetivos
certeros, las frases bien hilvanadas y contundentes, casi como sentencias,
llenaron las líneas que descorrían por sus párrafos, enseñando la manera
detallada pero a la vez universal de encontrar el camino apropiado en el
difícil trabajo del crítico. En esa medida, se deslizan por las frases del
libro, películas de creadores bastante desconocidos, que por ello mismo, se
convirtieron en personajes menos extraños para los amantes del cine, aquellos
quienes ampliaron su catálogo fílmico, precisamente por los comentarios
ilustrativos del sacerdote antioqueño.
Rodrigo D no futuro-Víctor Gaviria
Allí estuvo fungiendo como un auténtico crítico de arte.
Su predilección por el cine, quizás el hijo bastardo de la imagen que se vale
de la tecnología, hicieron de su oficio algo de difícil realización en un país
donde las productoras se arrogan el derecho de exhibir sólo las películas
comerciales, inhibiendo de paso la posibilidad de acceder a propuestas de
menor flujo comercial. También, la actitud
siempre despierta, en sus constantes llamados de atención sobre las intenciones
maniqueas del cine de Hollywood, que para él se configuraban en un modo de ser
y no como simple consulado de una región geográfica, devinieron en un esfuerzo
continuado por la expansión de la conciencia artística en quienes leyeron sus
fabulosos ensayos.
Adivinamos en las líneas de tal
libro, un trabajo constante de investigación, desde la que la obsesión por los
detalles que las películas le suscitaron, hicieron del análisis todo un ejercicio
artístico. No solo la belleza de sus metáforas sino su actitud vigilante frente
a nuevas propuestas que, por ser novedosas, fueron erigidas por algunos de sus comentaristas
en aparentes obras maestras, cuando en el fondo, el crítico Álvarez se imponía
al snob que sentaba cátedra sobre películas de mala calidad. Encontramos que su
talante de crítico, como orientador de criterio, desmitificó, más de una vez, a
esas “bestias sagradas del cine”, como
los Spielberg o los George Lucas, erigidos en dioses por el gran público, pero
que no satisficieron la actitud siempre fiscalizadora de aquel que había
tomado el oficio de ver cine como su vida entera.
En Luis Alberto Álvarez, quizás,
perdimos el último asomo de un verdadero crítico, preparado para encontrar el
camino que nos guiara hacia la configuración de una nación, en la función casi titánica
de originar un criterio estético decente, una posibilidad real de construir parámetros
serios de lo que puede ser la conformación de un cine de buena calidad. Entre
el crítico y el productor cinematográfico, lamentablemente existe un abismo de
dimensiones oceánicas… Y es esa precisamente la principal dificultad por la que no hemos desarrollado un cine que
corresponda con nuestra verdadera esencia, aquella en la que algún día podremos
reflejamos y por la cual vale la pena seguir trabajando.


Comentarios
Publicar un comentario