Los pupilos de Geronte



La balada de Narayama-Shohei Imamura


Dos películas, pudieran ilustrar uno de los problemas más importantes del mundo moderno, aunque descuidado o difuminado por la vergüenza que nos genera el olvido manifiesto a esa población: Los ancianos. La balada de Narayama (1983) y Sang Woo y su abuela (2002), son, ambas, una declaración de amor a ciertos viejos, de contextos lejanos que tienen como fondo común, además del etario, esa sensación de que la continuidad del tiempo no se detiene, para llevarnos a todos, niños, jóvenes y ancianos al encuentro con el infinito.
La primera de estas obras, es un cuadro de costumbres que suena bastante original, rival de las obras realizadas por Yatzunary Ozu, un cineasta paradigmático de ese momento, aquel que mostraba un modo de vida, un tanto paradisiaco, donde las comunidades japonesas gozaban de un conjunto armónico de situaciones, contrapuesto al que propone Shöhei Imamura en la hermosa película que nos entrega.
La pretensión de la segunda, dirigida por Lee Jeong-Hyang, pasa por el registro y la crítica de hábitos marcadamente arraigados en contextos de singular configuración. Gira sobre las relaciones filiales que se tejen entre padres e hijos y entre estos y su nietos, como una ruptura  conformada por el maltrato, la amnesia de una sociedad milenaria, pero que, en la lentitud de la consuetudinario, confina desmedidamente a quienes ya no rinden  de la misma manera en las actividades destinadas  a los jóvenes, a un ostracismo riguroso.
Y es que la historia de la ancianidad es una demostración de que los viejos han tenido una mejor valoración a través del tiempo.
Pese a que Platón consideró  la belleza como uno de los principios de más alto alcance metafísico, el trato recibido por los viejos, fue un motivo de respeto, sobre todo por los espartanos que instituyeron la Gerusía para honrar la sabiduría de aquellos. Otras culturas como la judío-cristiana, asumieron una sociedad instituida por las leyes divinas provenientes de Yahve y en ese proceso, los ancestros bebieron las enseñanzas de Abraham y Moisés, patriarcas fundadores de las leyes hebreas,  que tuvieron un lugar importante en la génesis de la historia occidental. El areópago, compuesto por arcontes, desde el siglo V a.C, destacaba la importancia de esta institución en las decisiones judiciales, como nos recuerda la película de Roberto Rossellini, El juicios a Sócrates, condenado a la ingesta de cicuta por pervertir a la juventud ateniense, entre otras cosas. En la República romana, el papel que adquieren los ancianos, habla de la sabiduría como el criterio central en el diseño de argumentaciones jurisdiccionales que les hicieron una fuerte oposición, en ciertos casos a los césares romanos. Luego de la Edad Media, su estatus mejora, debido a que la Iglesia católica prohíbe la endogamia en procura de sobreponerse después de las grandes epidemias de los siglos XIV, que habían desmembrado la tercera parte de la población europea en menos de cinco años.
Es posible que las generalizaciones suenen  poco rigurosas. Quizás, el contexto colombiano, sea un caso poco adecuado para analizar el problema, pero no es menos cierto que, como una consecuencia de la modernidad, en  donde la productividad asociada al sentido racional de la vida, son los centros rectores desde donde se juzga la posición de las personas en la sociedad, los ancianos, palabra sustancialmente polisémica, han caído en consideraciones peyorativas, tanto por las referencias verbales dirigidas a ellos como por las acciones que los marginan de condiciones realmente dignas, como una consecuencia de su mayor experiencia.
Por todo lo anterior, obras cinematográficas, regaladas por artistas, expositores de una sensibilidad, difícilmente comprendida por nosotros, hombres ya impregnados de un “aire“ pragmático  y racionalista, son un bello canto a la apertura de la conciencia, misión pendiente como una reivindicación del maltrato a quienes ya se han marchitado como consecuencia del paso del tiempo. Ese es el plus de los filmes que se convierten en motivo de análisis de las presentes líneas.
La balada de Narayama, título ya digno de admiración, versa sobre los modos de vida de poblaciones rurales en el siglo XIX, en villas apartadas de los centros urbanos japoneses. Una anciana, a punto de cumplir sesenta y nueve años, hace notar su  efemérides setenta, con la pretensión, noble y sutil de levantar el menor ruido sobre aquel acontecimiento. La comunidad rige su vida por un sistema moral que no admite los puntos medios, ni complacencias con ladrones, ni piedades con el irrespeto al pater familia, menos con la desobediencia  a los patriarcas de las distintas  dinastías. El hijo mayor, adorador incondicional de su anciana madre deberá llevarla a cuestas por el monte Narayama, lugar de imponencia suprema y mítica elevación en toda la región, con el único fin de abandonarla en la soledad de la nieve constante, en donde morirá según los designios de la misma naturaleza.


                                                         La balada de Narayama

En las imágenes, es claro que no son sólo motivos legendarios y religiosos, los que permiten que la práctica se lleve a cabo. Los ancianos mueren por causas económicas, ocasionadas por la escasez de alimentos, en lugares donde las cosechas no son prolíficas y donde las familias deben compartir lo que  obtienen para paliar la miseria de zonas rurales, que no son propiamente fértiles y por el contrario abundan en condiciones propicias para las hambrunas generalizadas. Las mujeres, por tanto, se  erigen como parte fundamental  de la vida en comunidad. Ellas comparten su cuerpo con los miembros de las otras familias, en algunos casos como un deseo de su esposo que para poder sanar sus faltas, requiere de ciertas expiaciones.
Las leyes son muy duras. La procreación parece reservada a unos cuantos. Escogen los mayores primero, dejando a los hermanos menores sin la posibilidad de engendrar descendientes. Los casos de zoofilia no  son otra cosa, que la suerte del más débil o del menos afortunado en materia sexual. Quien se atreva a apoderarse de las posesiones de los otros, irremediablemente será sometido  a los castigos más atroces, tal como se observa  cuando los habitantes de una villa, inhuman viva a una familia entera que se roba unos higos, debido a las condiciones de miseria que pululan en la región.
La moral, ese conjunto de preceptos, legados de generación en generación y que se interiorizan inconscientemente, obra con todo el peso de la justicia social. El medio contribuye, de diversos modos a acrecentar la fuerza que contienen. El papel de los ancianos no pasa por ser un simple objeto de colección. Sus actuaciones rigen en todos los campos de la vida colectiva. Desde las ordenes, transmitidas a sus hijos por vía materna o paterna, pasando por el control de las actividades cotidianas que regulan la vida doméstica, hasta la auto marginación como un acto de responsabilidad para quienes vienen en cola, es decir, para niños y jóvenes que puedan asegurarse la reproducción de la casta.
La importancia de los individuos, en sus roles particulares, tiene connotaciones históricas. Es, como se aprecia en esta película, una construcción que depende del conjunto de valores asociado a un momento de la vida de un pueblo. Los ancianos, son una fuente necesaria de control de procederes,  a largo plazo, los garantes del sostenimiento de las estructuras sociales. Por eso, no es posible derribar un edificio tan grande, construido durante tanto tiempo por aquello que ha legado la moral. La balada de Narayama, nos recuerda esa función: la moral es el refugio de la sociedad cuyo cuidado es atributo de los viejos.
 Por otro lado Sang Woo y su abuela conmueve de principio a fin. No sólo por el contenido general de la historia, sino por el encanto de una anciana que nos hace recuperar un poco la esperanza en la existencia  de la bondad humana. Esa mujer que no habla con palabras pero se comunica con el lenguaje de la fraternidad, exulta el encanto del viejo tranquilo, es un ejemplo de paciencia, frente a los desafueros de su pequeño nieto  y a la indiferencia continuada de su hija, que sólo acude  a ella para pedirle un “simple” favor, el cuidado por una semana de un niño malcriado, acostumbrado a satisfacer los deseos caprichosos de una primera infancia rodeada de consentimientos urbanos.

                                                 Sang Woo y su abuela-Lee Jeong-Hyang

Por otro lado, la película de nacionalidad coreana, está protagonizada por la actriz no profesional y septuagenaria Kim Eul-Boon y Seung-Ho Yu, el niño, que por momentos, produce sentimientos de furia. Es el segundo film de esta directora, de un total de tres, obviamente desconocidas por el estrecho horizonte de nuestros distribuidores cinematográficos que no ven rentables producciones de esta naturaleza, a pesar de que asistimos a un film que gusta, me atrevería  a decir, a  todo tipo de público.
Son varios los temas que propone Sang Woo y su abuela: El contraste entre el campo y la ciudad; la distancia generacional entre personas de un mismo contexto, pero separados por modos de vida que vibran a un ritmo distinto; y la comunicación gestual y no gestual como una reivindicación de la amplitud que entraña el lenguaje humano.
Comportamientos construidos con base en mecanismos de socialización primaria como la familia, o las influencias que tienen los medios de comunicación y las mercancías audiovisuales que consumen en mayor medida los jóvenes, generan un universo globalizado, cuyo único referente parece provenir de los centros urbanos. En tanto, los hábitos y referentes rurales no son tenidos en buena estima por la sociedad, confinándolos a meras piezas de colección. Esa es la dicotomía no resuelta, sino exacerbada por la trayectoria individual de un niño que ve en aquellos hábitos un resquicio insufrible, al que no quiere obedecer.  Se puede  ver  aquello, cuando Sang Woo pide un pollo apanado a su abuela, algo que ella  pregunta apelando a una imagen  que le muestra  su nieto. Luego consigue una gallina viva, la pela y se la prepara cocida en una olla para dársela luego a su joven pilluelo. Pero éste rechaza el platillo que su anciana abuela le ofrece con la mayor de las humildades posibles.
El campo es, un lugar de paso, un remanso para lo importante, para lo trascendental del tiempo y los negocios que transcurren en lugares adornados por edificios imponentes, por personas ocupadas debido a sus obligaciones cotidianas en el objetivo de conseguir dinero.
Quizás, como un llamado de atención, la película destaca la perdida de respeto hacia los viejos. El niño se pasa todas las convenciones morales que destacaban la distancia que se debe tener hacia quienes anteceden generacionalmente a los más jóvenes. Son los otros, los otros ancianos, quienes rinden un tributo a las personas amables, a los viejos que van de lugar en lugar ganándose aquello que les permita la sobrevivencia. La realidad, nos dice la película, es deudora de la costumbre. Lo cierto es que los niños en este contexto (coreano), no están reproduciendo el merecido respeto hacia los ancianos, que en otrora  tenía un alto nivel de importancia.
La comunicación, proceso natural a cualquier especie viva, es un complejo sistema de intercambio, en el que las personas envían mensajes para que otros los recepcionen de un modo particular. La abuela derrocha una gran cantidad de recursos que requiere grandes dosis de creatividad. Con la paciencia cultivada  a fuerza de escuchar y propiciada por la imposibilidad de hablar, la anciana adivina los deseos del pequeño, insistiendo en satisfacerlos, sin pedir nada a cambio, simplemente por el amor  que le profesa. La sensación que produce la película genera un profundo afecto por la abuela y un sosegado desprecio por el jovenzuelo, salido tal vez de las mismas aguas del río Estigia. Con todo y eso, el final devuelve un poco la esperanza por la mella en la actitud del joven nieto que le hace saber a su abuela, por medio de un bello dibujo, que la experiencia con ella no fue del todo vana. El amor filial puede transformar cualquier resquicio de indiferencia. Esa conclusión definiría el tinte general de esta película.
Juntas, ambas propuestas audiovisuales recuperan, a su modo, la atención que debemos dirigir hacia los viejos o… adultos mayores, aunque tal eufemismo pueda borrar la belleza de aquella palabra.



                                                                Sang Woo y su abuela


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