Un carnaval de
blasfemias
De Craig Brewer
“Mi nombre es Dolemite” es un
homenaje a un hombre que dejó una profunda huella no sólo en el cine
afroamericano si no en el Rap, del
cual han quedado cantantes memorables que hoy día siguen sonando con la misma
intensidad en la industria estética norteamericana. Su protagonista es un actor
estadounidense que como muchos otros han decidido realizar la transición de los
papeles cómicos a los de línea “seria”, tales como Tom Hanks, Robin Williams,
Jim Carrey. Y es que Eddie Murphy, con su “Mr. Church” y ahora con este gran
personaje, viene a consolidar una clara
intención de vanagloriar a personajes
icónicos de la comunidad afroestadounidense que se han convertido en referentes
para ese pueblo discriminado como ninguno.
En esta interpretación Murphy
encarna a Rudy Ray Moore, un hombre del espectáculo que grabó numerosos álbumes
con letras versificadas pero con una gran cantidad de blasfemias que se
convirtieron en éxitos comerciales, pese a su circulación más bien marginal por
la negativa de las disqueras a publicar semejantes obras. Además por la realización de varias películas
con escenas disparatadas y en cuyo seno se incluían situaciones de cama que
convocaron la atención de la gente.
Moore siempre fue un hombre con aspiraciones de sobresalir en algo;
desde sus colaboraciones con varias iglesias cristianas en donde oficiaba como
predicador y a veces de cantante de
Rhitm and Blues, hasta su consolidación como un reconocido comediante de clubes
y bares de población afrodescendiente, en su etapa menos famosa, hasta sus
grabaciones para el audio y la pantalla donde sus encopetados sombreros y sus
extravagantes atuendos, lo convirtieron en toda una celebridad.
Con “Mi nombre es Dolemite” Ray
Moore adquiere una nueva connotación. El proceso por el cual llegó a
convertirse en un representante honorable del espectáculo afro. Sus esfuerzos
por sobresalir en esa difícil industria
y sus ganas de permanecer vigente surtieron efecto, pero las cosas que
tuvo que hacer merecen un capítulo aparte.
El soporte dramático se expone
convenientemente. Ray Moore, empieza como un muchacho con más ganas que talento
pero por una decisión infranqueable corrige sus debilidades hasta, con su
atenta mirada, consigue captar los gustos de la población negra a la que tiene
acceso. Los mismos empresarios de raza sólo se movían por el lenguaje del
dinero, pero la voluntad de aquel derriba esos muros económicos. En primer
lugar, Ray Moore se “unta” de pueblo porque decide irse para los suburbios y
grabar las narraciones de las historias que contaban los ancianos en las calles
de esos barrios marginales para
encontrar las claves de lo que la gente era en ese momento. En los “Stand up
comedy” siguió la línea de otros comediantes que fueron referentes para él como
el desaparecido Richard Pryor a quien le
rinde homenaje en varios de sus shows. En segundo lugar, la película desprende
un halo de conmiseración por los esfuerzos que tuvo que hacer ese cómico
estadunidense para sacar adelante la primera película: “Dolemite”. Al principio
no había nada; Ray Moore escogió un director que renuncia rápidamente ante la
falta de dinero para llevar a cabo el
proyecto; sin director convencen a una estrella de cine que interpretaba
papeles como segundón en películas famosas, para que dirija la obra; los
directores de arte, los directores de sonido y de iluminación no tenían idea de
su trabajo. Las peripecias inician con
la consecución de un local donde antes dormían los habitantes de calle, la luz
se la roban de un poste vecino, la comida la deben repartir en muchas raciones
para que alcance para todos. Y una vez
subsanadas las adversidades, las escenas se construyeron con enormes dosis de
humor y también con imperfecciones estéticas pero cargadas de situaciones
chistosas: las camas se caen, los desnudos se atavían con algunas prendas
hilarantes, el sexo es más un chiste que otras
cosa.
Con todo ese menjurje de ingredientes, Rudy Ray
Moore, construye una obra que se enmarca dentro de lo que se ha denominado blaxploitation, cuyo cine marginal fue
una protesta contra la cultura excluyente de ese país norteño durante la década
del sesenta y setenta del siglo anterior.
“Mi nombre es Dolemite” muestra a
unos actores comprometidos con la necesidad de resaltar la vida de ese hombre
icónico nadando contra la corriente en una industria estética monopolizada por
la gente blanca. Murphie logra encarnar la esencia de un soñador que siempre estuvo
obsesionado con la fama. Ese era su hábitat.
De la mente atenta de Ray Moore se destaca la persistencia por proyectar
en el mundo físico la materia intangible de los sueños de un hombre que nació
para el espectáculo. De Wesley Snipes como el director de la película sorprende
verlo en un papel serio, sin las exuberancias de esas escenas de artes
marciales que lo han identificado hasta hoy en su carrera cinematográfica.
Junto a esa dirección de actores podemos destacar la creación de los ambientes sesenteros y setenteros que
iban acompañados de una extravagancia de colores que aderezaban las pintas
llamativas de Ray Moore. La obra
fílmica, dirigida por el autor
estadounidense, Craig Brewer, es una historia de vida. Su valía recae sobre
todo en que deja enseñanzas de superación que han sido hechos para alcanzar
sueños a través de la voluntad de un hombre emprendedor. Como comedia
dramática, es una buena opción para dos horas de esparcimiento que eluden
sutilmente la calidad estética.

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