Ophelia, la sutil mordida de los traidores.



Es difícil pensar  que una obra tan famosa pueda expresarse desde una perspectiva distinta, pero se hace más difícil  pensar que “Hamlet”, pueda mostrarse como si en ella se agregara algo nuevo. Ese es el caso de la obra fílmica de la directora australiana Claire McCarthy cuyo nombre resalta a una de las figuras más veladas de esa magnífica obra del escritor inglés William Shakespeare: “Ophelia”. Esta es la dama codiciada por  el príncipe de Noruega, a quien tantas palabras maledicentes  dedicó tal vez como una venganza contra su tío Claudius. Esta  versión audiovisual  enriquece a todos los personajes porque mantiene el vigor existencial de cada uno de ellos y exalta las figuras femeninas como el caso de la bruja que se convierte en un eje central de la historia, cuyo papel es interpretado por la actriz Naomi Watts quien también interpreta a la madre de Hamlet, esposa de un hombre despiadado que se ha erigido como el monarca de los daneses. Veamos un poco las motivaciones de los personajes centrales de esta película.
En primer lugar, encontramos la figura de Claudius, un hombre ambicioso que solo busca el poder como su principal objetivo, por encima de los intereses de sus seres queridos como su  esposa que recientemente ha enviudado del monarca. Claudius es interpretado por Clive Owen, cuya actuación pasa desapercibida ante el brillo que le imprime al personaje Daisy Ridley, una actriz británica famosa por participar en la nueva trilogía de “Star Wars”. El ahora nuevo monarca parece realmente amar a su mujer, pero su ego lo ha cegado tanto que  la trama que urde contra su hijastro tiene cabos sueltos que los mismos personajes se encargarán de desenmascarar al final de esta tragedia shakespereana. En segundo lugar, la reina Gertrude, cede su lealtad a la continuidad del reino, pero en el fondo sus devaneos con Claudius es una clara traición sentimental que prontamente su hijo Hamlet, advierte. El resentimiento de éste hacia su madre es justificado porque por derecho, el príncipe debe acceder al trono y su madre de manera cómplice impide esta sucesión. Su doble cara de reina y madre es representada por la contraparte malvada que es la bruja abandonada a su suerte por el despotismo de Claudius. La bruja es catalizadora del mal en cuanto ofrece los servicios de conocimiento de instrumentación para urdir las distintas tramas de la obra. El veneno que la bruja prepara y da  a quienes se lo solicitan  es simplemente un  acelerador de las emociones esbozadas por los personajes. En tercer lugar, Hamlet es un joven entusiasta que es atrapado por las circunstancias detrás de las cuales se encuentran sus seres más queridos; su desdén por Ophelia es una manera de vengarse de su madre, quien lo ha traicionado por el desvío de su amor hacia su padrastro. Hamlet reclama su derecho a la corona al darse cuenta del asesinato de su padre por parte de Claudius. El príncipe es un amante sincero  que siente herido su amor propio y por ello decide transformar sus afectos en odios permanentes.  Como siempre, Shakespeare supedita las actuaciones de los individuos a una fuerza universal cuya forma es la tragedia. El ser humano es una pieza más de la trama universal encaminada a cumplir los dictámenes del destino. Por último, Ophelia, es una joven que se balancea entre dos mundos, el del bien y el del mal. Su aparente conspiración contra el príncipe es el esfuerzo de Claudius por objetivar el mal. Ella es una especie de sacrificio ofrendado por un rey en contra de un hombre inocente. La locura supuesta de Hamlet es el juicio de la lucidez contra el rostro invisible materializada en el robo del trono.
Algunas imágenes de “Ophelia” están cargadas de una sublime belleza y los personajes se compaginan adecuadamente con las situaciones construidas por la representación cinematográfica. El barroquismo de las escenas en donde aparece la bruja señaliza el mal como un asunto de carácter estético; esa escenificación dramática contribuye en este caso, tal como las manifestaciones  de la naturaleza, a incorporar dosis de maldad. Aunque la música de la película desentona, la obra de la directora australiana logra una unidad convincente. Los escenarios naturales exudan frío como una metáfora de la desolación que habita en las almas de los personajes de Hamlet.
La película está representada por un excelente reparto que combina actores experimentados y nuevas figuras que ya se han forjado un nombre en el campo cinematográfico. Las interpretaciones de Clive Owen y de Naomi Watts logran expresar la esencia de los personajes y lo que es más importante, son personajes de Shakespeare. Especialmente Watts en su doble interpretación, concentra la figura victimizada por las derivas del destino cuyos personajes masculinos envuelven en sus ambiciones de poder a sus acompañantes.
Esta versión de la obra de Shakespeare, le brinda un toque de frescura a una historia que sigue siendo actual. Su intemporalidad radica en la universalidad de los sentimientos que se expresan en situaciones íntimamente ligadas con el poder. El sexo, el amor y el poder son partes esenciales de la naturaleza humana porque son producto de la vida individual y colectiva del hombre y con los cuales nos identificamos.
“Ophelia” es Shakespeare. Su intención es nivelar el papel de las mujeres en Hamlet pero cuidándose de expedir dosis extras de feminismo.

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