La serpiente de tres
cabezas
Los cantos de la memoria se
extinguen fácilmente. Algunos personajes se van durmiendo lentamente después de
haber sido celebrados por un grueso de la población. Stanislaw Szukalski es uno
de esos hombres, es uno de eso raros especímenes que las tendencias políticas y
el movimiento de la cultura obnubilan o arrojan a luz para brillar eternamente.
Nació en un pueblecito de Polonia
en las postrimerías del siglo XIX cuando su tierra natal estaba huérfana de
grandeza. Hijo de un hombre que tuvo que emigrar a tierras estadounidenses para
ganarse la vida como obrero de fábrica como solían hacerlo miles de europeos
que veían en América la única posibilidad de ganarse la vida. Su amor por aquel
hombre no terminó nunca y esa
reverencial admiración ni siquiera culminó el día que cargó a su padre hasta la
morgue local por las calles de los Ángeles, luego de que un automóvil lo atropellara
y de cuya experiencia, según él, quedara ese increíble conocimiento de anatomía
que se reflejaba detalladamente en esas esculturas humanas. Szukalski decía que
era un genio admirable, que a Miguel Ángel se lo ponía en un bolsillo y a Rodin en el otro mientras él miraba hacia el sol, con lo cual
seguía conservando esa necesidad de autoensalarse para compensar un poco su
estrepitoso olvido. De sus pueriles años en Polonia, le quedaron esas jornadas
extensas de hambre descarnada que lo hicieron fuerte frente a los otros, para
los cuales exhibía grandes dosis de
exasperación. Era un hombre sin
reglas como queda demostrado en la expulsión que le propinaron los directivos y
profesores de la academia para la cual optó entre un sinnúmero de aspirantes
y a la que ingresó sin problemas dadas
sus extraordinarias capacidades artísticas bien valoradas
desde que fueron publicados sus libros con miles de bocetos y dibujos que
dieron la posibilidad a los lectores de arte de conocer su trabajo.
En el periodo de entreguerras fue
considerado y se autoproclamó como un nacionalista que exudaba patrioterismo en
sus verborraicos discursos, hasta el punto de que los presidentes de la década
del 20 del siglo XX lo llamaron a Cracovia con el fin de exaltar ese
subestimado recurso de grandeza pasada. Además de las docenas de obras que le
fueron encargadas, Szukalski emprende dos proyectos monumentales como el
“Boleslaw el bravo” y la obra de un minero en relieve que medía tres pisos,
cuyos trabajos tenían como fin recobrar el patrioterismo ansiado. Por esos días
en América ignoraban los sutiles escarceos del artista con el fascismo que
campeaba en Europa, expresados en su poema “Krak”, especialmente de sus vecinos
germanos, hecho que luego le habría de generar el desprecio de muchos de sus
amigos. Pero las intenciones de levantamiento polaco se vinieron abajo con las
agresiones nazis por todo el continente,
de la cual Polonia fue una de sus principales víctimas. Unos años antes
de la animadversión generada por la población a estos líderes germanos, Joschka
Fischer, un notable dirigente nazi contacta al artista polaco con el fin de
mostrar al pueblo alemán el poderío de la cultura germana. La obra que
Szukalski entrega a los alemanes no
satisface sus deseos, por considerarse que podría generar el efecto contrario,
pese a que Fischer ya había girado el cheque al escultor polaco.
Muchos de los grupúsculos
fascistas que desfilan actualmente por las calles europeas con sus mensajes de
superioridad racial, han utilizado la imagen de Szukalski para fomentar
aquella ideología.
Stanislaw Szukalski, en sus años
de madurez, desarrollo una teoría genética humana, en la cual hablaba de la
maldad del hombre. Para él, unos monos arcaicos se habrían apareado con algunas
mujeres y de esa unión nacieron personajes como Hitler, los comunistas, los
fascistas y toda serie de hombres perjudiciales para la raza humana. Creó una
nueva disciplina del conocimiento llamada “Zermatismo”. Quiso unificar los
símbolos lingüísticos en una protolengua a la cual denominó el “Protong”, en la
que culminaría ese intento de refundar la civilización desde que creara en sus
años escolares, un alfabeto propio. Recortó cuanta imagen encontrara en
revistas y periódicos con el fin de encontrar rasgos comunes que pudieran
explicar la naturaleza humana, pero sus elucubraciones intelectuales estaban
cargadas de un exceso de imaginación que sus contemporáneos consideraron una
locura.
Este redescubrimiento fue
posibles gracias a la curiosidad de un coleccionista de arte surrealista
llamado Glenn Bray, quien vio en un libro publicado en 1923, las imágenes
sugestivas de un artistita para él desconocido. Bray no sabía dónde quedaba
Polonia, pero sabía que este polaco habría de cambiarle la vida. Desde ese
momento coleccionó todo el arte que pudo de este excéntrico personajes que había regresado a
América luego de la guerra que hubo de destruir la mayoría de su obra. Bray, luego
de compartir muchos ratos con Szukalski,
graba miles de horas de video con su amigo, un octogenario que le
pareció el artista vivo más importante de su época.
En el documental de Netflix, producido por Leonardo DiCaprio y
dirigido por Irek Dobrowolski, denominado “Struggle: life and lost art of
Szukalski, se aprecian a sus amigos estadounidenses que se ocuparon de los
últimos años del artista, quien muere solo, luego de la desaparición de su
amada esposa.
Las cenizas de Stanislaw
Szukalski y de su segunda esposa fueron esparcidas en la isla de Pascua. Bray y
sus amigos viajan con el director del documental hasta esta isla del pacífico
donde el escultor decía que había nacido la raza humana. Lo cierto es que las
imágenes que nos muestra esta película constituye una estentórea reivindicación
de un gran artista.

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