De Roma con amor de
Alfonso Cuarón
“Roma” es la obra mejor acabada
del director mexicano Alfonso Cuarón. Este artista luce bien con las películas
de menos pretensiones comerciales porque puede expresar de modo franco las
obsesiones que lo han perseguido durante toda su vida. Con “Y tu mamá también” inicia una carrera desigual,
tal vez un proceso forjado de contradicciones que le ha hecho darse cuenta de
sus fortalezas y debilidades. Con las
otras películas como “La princesita”, “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”
y “Gravity” vemos a un creador jugando con objetos prestados, cuyos juegos
causan la admiración de los otros, pero quizá no su propio regocijo.
Las obsesiones de Cuarón,
claramente se pueden apreciar en “Roma”. En primer lugar, el profundo amor que
tiene por su México, una tierra de personas mestizas que conforman un enorme
crisol de personalidades, con diferencias sociales marcadas que crean
desigualdades económicas que hacen de ese país una sociedad inequitativa en
todos los órdenes de la existencia cotidiana. Las clases altas todavía tratan a
sus empleados del servicio, que usualmente son indígenas, de modos
colonialistas como si ese periodo histórico no se hubiese extinguido ya. Ese es
el caso de Cleo, interpretada por la indígena mixteca Yalitza Aparicio, quien
vive su vida sin derecho a réplica, en una especie de atavismo generado miles
de generaciones atrás. Segundo, el panorama político ensombrece la tranquilidad
de las horas y los días de ciudades caóticas como ciudad de México, la capital
de un pueblo, acostumbrado a la protesta social, por las desigualdades
políticas y económicas acaecidas durante toda su vida. Los mítines y las
huelgas de grupos rebeldes turbaron al país durante la congestionada década de
los años 60, tensionada por grupos radicales que pedían un cambio y por
miembros de las fuerzas militares que desaparecían, a la vista de todos a los
beligerantes. En tercer lugar, el mundo de los niños que se encuentra ataviado
con el desinterés de los niños por los problemas de los adultos y viven su existencia
en un cuento en cuyo espacio se desenvuelven sus padres como otros personajes que delimitan sus
actuaciones pero no logran exterminar la fantasía. Así viven los hijos de la
patrona, esperando el afecto de sus padres, ajenos a las verdaderas causas de
las desavenencias de los adultos que prefieren ocultarlas para que aquellos continúen
la ficción infantil en la que viven. Finalmente, la obsesión que persigue a Cuarón en todas sus películas es una
curiosidad por saber dónde está la muerte, afuera, adentro, en él, en los
otros. A Cleo uno de los niños que cuida le dice “estoy muerto” mientras se
acuesta sobre un muro, a lo que ella contesta de la misma manera “estoy muerta”,
poniéndose al mismo nivel de aquel hombrecito sobrepasado por por aquel
tema trascendental.
En “Roma”, los planos permanecen
abiertos, pero siempre del lado de los personajes, ese aparente
distanciamiento tiene como propósito
describir de modo objetivo las cosas y las formas pero recalcando en los
espectadores que los personajes tienen sentimientos que valen la pena apreciar
desde una posición privilegiada pero sin
alejar la mirada ni el corazón de cada circunstancia que los envuelve.
El tono monocromático de la obra contribuye a envolver con un manto triste la
lectura general de la película. Algunas
escenas como la de la pirámide humana que construyen las mujeres adultas y los
niños, parece edificarse como un castillo de esperanza en medio de la desazón
que deja el abandono. La primera escena, muestra un reflejo en las baldosas
grisáceas, que luego de un momento de quietud, se aclara con el movimiento del
agua que deja, una joven sirvienta en
una casa de profesionales y sobre la cual se ve a un avión que vuela por el
cielo; ese plano secuencia largo marca el ritmo del tiempo, la vida sin tregua
que los acontecimientos establecen en el trajín de una mujer que aprendió a
obedecer por reflejo. También es común ver en las películas de Cuarón, grandes
manifestaciones que incitan el peligro en las calles como la marcha de
estudiantes y trabajadores perseguidos por la policía y refugiados por azar en
un almacén de coches para niños.
La desolación y la esperanza
conviven en sus filmes, la crudeza de las imágenes contrastan frecuentemente
con la solidaridad y un mejor futuro. El cariño de la patrona que decide
proteger a su sirvienta con el pequeño cuerpo de una niña que ha nacido muerta encumbra esta
obra en una posición de honor. El director sabe dosificar las imágenes para
generar sensaciones que despiertan los más profundos sentimientos de
conmiseración y ternura.
“Roma” es una película de un buen
artista que cuando expresa su verdadero ser, puede traernos obras admirables
que muestran un lado crudo de la vida pero al mismo tiempo, desnudan la vida
para vestirla de otro traje más amable. El realismo de esta obra es un homenaje,
al menos por su tema y por unas cuantas escenas, el realismo de directores italianos
que quisieron mostrar la vida de seres humanos sufrientes y cuyas posibilidades
de visibilización fue obstruida por el exceso de melosería que produjeron las
películas de Hollywood de la época. Con esta obra se demuestra que las buenas
historias tienen publico per se, que
el efectismo digital es solo una cereza del pastel que no agrega mucho a los
buenos guiones.
Seguramente, en la próxima
temporada de premios, “Roma” será una de las máximas ganadoras, con lo cual, la
fama de Alfonso Cuarón y de sus colegas mexicanos seguirá extendiéndose.

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