La catedral en el
purgatorio
Lars von Trier se toma su tiempo
para producir una obra, no porque no tenga ideas que considere dignas de
convertir en imágenes, sino porque cada una de ellas requiere un trabajo
tortuoso de concepción que va madurando de acuerdo con los estados de ánimo de
alguien con una personalidad tan compleja.
Con “The house that Jack built” queda claro que la máxima obsesión del
autor es encontrar respuestas para los
misterios que supone una obra de arte, aunque la primera impresión que pueda
dejar este filme es displicente. El horror producido por la mayoría de las
imágenes parece digno del Festival de Sitges.
“La casa de Jack”, en español, es
la historia de un asesino en serie que tiene un Transtorno Obsesivo Compulsivo,
del cual es consciente por las notas al margen que él mismo se encarga de promocionar
en la pantalla de modo burlesco, como si el director estuviera declarando las características
que definen su personalidad. La obra se desenvuelve a través de 5 capítulos o “incidencias”
tal como las prefiere llamar el artista,
sucedidos a lo largo de 12 años, sin conceder importancia al orden de aquellos,
según declara la voz en off, tan cara
al cineasta y que aquí se convierte en una especie de autoconciencia que
cuestiona los juicios del asesino. Jack es un asesino convencido de que entre
el arte y el asesinato hay una relación
directa que tiene como propósito, entre otros, encontrar la belleza del mundo.
Para ello, el director utiliza varios símiles que son forzados por la ansiedad
de explicar convincentemente un punto de
vista iconoclasta, que en sí mismo tiene el fin de desmitificar a los íconos. El
primero de ellos es el de las catedrales góticas, construidas como un triunfo
del ingenio humano contra las fuerzas de la naturaleza (en una parte del filme vemos
la última imagen de su película “Melancolía” en donde un planeta misterioso se
aproxima a la tierra), en esas
edificaciones misteriosas existe un halo de perfección que permiten moldear el mundo de acuerdo a un plan previamente planificado.
El segundo de ellos es el de la música, representada en este caso por el
pianista Glen Gould, quien se encierra en su vivienda mientras descubre los
secretos de una tonada sin establecer vínculos con el mundo exterior. Con
hermosas melodías de los grandes genios de la música clásica, von Trier, lleva
la cámara sobre el cuerpo venturoso del asesino que acaba de terminar su última
obra de arte, un asesinato confeccionado y llevado a cabo con la mayor de las
sutilezas. “El sofisticado”, como se hace llamar Jack, ha nacido para ser
asesino, es decir, para ser un artista consumado que busca la plenitud. En
varias escenas, el carácter psicorrígido de Jack es el motor de su manera de
conducirse; cuando termina el asesinato de la madre y de sus dos hijos, los adorna con el asesinato
de decenas de cuervos que se encargan de ofrecer equidistancias a su creación,
o cuando en el último de los asesinatos, una de las víctimas, le dice a Jack que
la bala con la cual los va a matar a él y a sus otros compañeros de cautiverio,
no es una bala de artillería, a lo cual, el asesino contrariado, regresa donde
su vendedor para obtener al fin la bala correcta. Si los medios no son los
apropiados, el acabado final no será preciso.
Por eso, en el arte, al igual que
en el asesinato, romper y volver a comenzar
es una necesidad si se quiere la satisfacción.
Tal vez ese exceso de odio contra
las mujeres por parte de Jack es un desahogo del mismo von Trier que se regodea
con la crueldad infligida en contra de una mujer rubia que no puede contestar convenientemente a preguntas que aquel le
formula “la culpa siempre es de los hombres?” afirma en tono de pregunta pero con
la convicción de que lo que va encontrar es lo mismo, una completa decepción.
Esa misoginia es recurrente en el director que ya la había manifestado en “Dancer
in the dark” con ese arsenal de bondad traslucido por la ingenua Björk con esa
película galardonada en Cannes.
Es imposible no pensar que Lars von
Trier está hablando de sí mismo en esta historia iconoclasta. Los asesinatos
son tal vez los productos perseguidos por un hombre obsesivo que hace de su
trabajo un medio para hallar la verdadera obra de arte. Por eso esta película
es una de las que mejor retrata el mundo creativo del artista que no se siente
satisfecho con la obra. Su misoginia,
sus incongruencias, sus fijaciones desmedidas, su perfeccionismo, la necesidad
de hallar un poco de calma con los resultados de su trabajo. La casa que
construye Jack es un pretexto para destruirse, para que aquello que construye y
que destruye sucesivamente, profundice su necesidad de conocerse, es decir, de autodestruirse.
Esa voz de la conciencia, proferida por el maestro de la actuación llamado
Bruno Ganz, lleva al asesino-artista hasta los círculos del purgatorio, pero
todo ha de ser inútil porque nunca habrá expiación. La vida de Jack,
interpretado por un magnífico Matt Dillon, es un largo suplicio que la necesidad
de hallar la obra perfecta prende fuego cotidianamente.
En “La casa de Jack”, el horror
que puede causar la cascada de imágenes macabras, es el anzuelo de un genio
que quizá se divierte con el escándalo
que el público encuentra con cada una de sus obras. Lo cierto es que Lars von
Trier es un artista independiente que hace lo que quiere Su originalidad
mantiene vivo al cine y nos hace olvidar un poco de tanta propuesta calcada que
aporta poco al avance del cine como arte.

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