El peral silvestre, una obra sobre un desadaptado.

De Nuri Bilge Ceylan

Tan bello como su nombre, este drama delicado matiza puntos de vista, redime personajes y reconcilia la imagen audiovisual con el encanto de la literatura dentro de los límites de la vida. “El peral silvestre” tiene trazos refinados, acordes de una belleza sutil como si de una obra de arte se tratara. En realidad ese nombre, que describe la película con precisión, es una obra sobre la inadaptación ¿Qué rareza comporta un fruto doméstico en un lugar agreste, donde los chacales cantan a su alrededor? El director parece decirnos que los seres humanos somos extraños en nuestro propio hábitat. Para ello utiliza diálogos de personajes que tienen voz y que sólo es escuchada cuando se les juzga o cuando un poco de interés los extrae del mundo de ostracismo en el cual se encuentran, puede ser en un cerro desértico o en la rivera de un riachuelo acribillado por la nieve.
Nuri Bilge Ceylan continúa con sus indagaciones sobre temas recurrentes en sus películas que, además, ya se encuentran en la entraña de los grandes críticos que convergen en festivales cinematográficos de prestigio mundial. Diserta, primero,  sobre la religión acompasada por fuertes simbolismos que ensalzan esta obra  como un verdadero clásico del pensamiento audiovisual. Tres jóvenes caminan por senderos empedrados y faldudos de una villa, con las casas como telón de fondo en una verdadera maratón que ayuda a  matizar los diálogos profundos sobre Dios y sobre la decisión o el automatismo de la creencia en un ser supremo. El joven citadino que se ha graduado en la urbe regresa a casa donde los espacios y las personas profundizan su desolación, encuentra que sus vecinos también tienen algo que decir que no aparece en ningún libro si no que se ha labrado en las experiencias que el dolor y las impresiones cotidianas han marcado en ellos. “No es justo juzgar las cosas que sirven de soporte y de refugio a las personas frente a los vacíos que comporta la vida”, concluye el joven Imán. La derrota, segundo, acarrea un imperativo del cual es imposible desprenderse: profundizar sus efusiones para que la vida tenga algún sentido. Sinán, interpretado por Aidin Dogu Demirkol, se da cuenta que el pozo que su padre ha venido cavando  en los últimos años, y que no contiene agua, es el símbolo no sólo de su muerte sino de su posibilidad de encontrar un motivo para seguir viviendo. El director, hace del sueño un ícono de claridad porque construye momentos memorables que vencen la respiración de los espectadores para enfocar sus atenciones en la combinación necesaria de reflexión y acontecimiento. Sinán aparece colgado de una soga en el último sueño del padre, como una sugerencia de final, pero la esperanza es devuelta por la fuera de  la realidad. La identidad de las personas, tercero, se configura a espaldas de aquellas, puede encontrarse en los seres más cercanos sin que nos demos cuenta a pesar de las desavenencias que parecen alejarlas unas de  otras.  Sinán, es un joven veinteañero que ha ignorado tal vez conscientemente, que su padre es el ser más cercano a todos sus afectos, que la agresividad generada durante toda su vida hacia esa figura distante, es producto del miedo que le produce el hecho de admitir un parecido tan grande  con él. El libro que ha escrito Sinán es una confesión de pensamientos y vivencias que nadie más ha leído, sólo ese hombre desadaptado que cuida al final de su vida de ovejas y de perros en un rincón abandonado, donde el odio hacia la presencia de los hombres ha tenido por suerte un hermoso consuelo.
“El peral silvestre” es la historia de un hombre que sabe que el fracaso es una construcción social, pero también, un sino inapelable del cual a veces es imposible desmarcarse. El costo de cuestionar la vida que le ha tocado vivir  a Sinán, es una existencia llena de premuras económicas enrostradas por la inapetencia velada y por el desprecio que suscitan las prácticas de consumo que enlodan lo sublime con el excesivo consumismo. Los encuentros y los desencuentros de Sinán con su padre, de Sinán con su pragmática y remordida madre, de Sinán con el escritor local que admira y de Sinán con el mundo que lucha contra él por los temores que generan en él los juicios de los otros, marcan el ritmo de esta bella sinfonía  visual.  Estos compases se engalanan con  road movies parciales que a veces son cortados por el viento como preámbulo de un beso o como la huida del perro que Sinán decide vender para financiar el libro que nadie  valora, que nadie compra.
Luego de “Wintersleep”, Nuri Bilge Ceylan, nos trae una obra inabarcable, con unas marcas de identidad claras para un artista cuyas inquietudes se expresan en cada uno de los personajes, adornados por imágenes cargadas de belleza, como se esperaría de cualquier artista. En su obra se aprecian algunos dejos de Sidney Lumet por la densidad de sus diálogos y del maestro sueco Ingmar Bergman por esa mezcla de filosofía y literatura que siempre interpelan. “El peral silvestre” es una muestra fehaciente de que las historias locales son universales también si se habla con criterio de la condición humana.  Las verdades se pueden discutir, los juicios contundentes emitidos desde un centro cultural horadan aún más los extremos y las diferenciaciones marginadoras, óbice de cualquier comprensión razonable sobre la esencia de lo que significa ser hombre.

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