¿Sueñan los
durmientes con estrellas?
De Morten Tyldum
Luego de su “Código enigma”, el director inglés Morten
Tyldum viene con una película de ciencia ficción llamada “Pasajeros”, un drama
que habla del azar, de Dios, del amor y de la inmortalidad. Las
interpretaciones vienen a cargo de dos
estrellas cinematográficas de la actualidad: Jennifer Lawrence y Chris
Pratt.
Las expectativas generadas por
esta obra se sustentan en esa larga serie de películas que pretenden ofrecer
excusas para la reflexión o alternativas de explicación sobre ciertas
incertidumbres humanas que se encuentran en el centro de las preocupaciones de miles de generaciones que han visto
insatisfechas la curiosidad y las ansias de tener respuestas ante las inquietudes que suscita la existencia. La
ciencia ficción es una de las posibilidades de exploración de los hombres y las
mujeres que ven en la violación de esos límites físicos impuestos por las
fronteras terrestres a los deseos de salir de una ruptura con especie de
cápsula en la que se encuentran. Dos buenos filmes como “Interestellar” y
“Rescate en Marte”, recuperan ese sueño, a veces silenciado por el tiempo, de
hallar paliativos ante la desesperación que genera la inmensidad del universo.
Ellos recuperan esos relatos de náufragos atrapados en medio de una naturaleza
desolada, que parece más una amenaza que una posibilidad. De las sin salidas en
las que se vé inmerso Robinson Crusoe, estos individuos investidos con trajes
espaciales, retoman viejas formas de sobrevivencia, se sobreponen a la
adversidad y sacan a relucir ese
sentimiento de obstinación tan humano y que forma parte de esa sustancialidad
por la cual los hombres hemos logrado cierta identidad a lo largo de la historia.
“Pasajeros” cuenta la historia de
un hombre y una mujer que son despertados de un largo sueño que debería durar
120 años, en los cuales un grupo de 5000 personas se dirige a un nuevo hogar en los confines del espacio. De
esta vigilia abrupta se desprenden varios dilemas que conforman las
exposiciones éticas de la película. En primer lugar, el hombre, mecánico de
profesión, despierta de un sueño que ha sostenido por más de 29 años, sin conocer las causas de ese hecho pero
sorprendido por una elección que a él le parece azarosa. Luego de un año,
aferrado a la idea de encontrar la forma para regresar al estado de sueño en
que se encontraba, decide despertar a una mujer, bonita e inteligente,
aparentemente llena de cualidades atractivas para él. ¿Qué derecho tiene él de
interrumpir el sueño de alguien solamente para cumplir con sus deseos egoístas
de encontrar compañía en esa nave solitaria en medio del universo? La felicidad
o el alivio del dolor individuales, en este caso pasan por violentar la
libertad de alguien que ha tomado una decisión fundamental. El cambio de vida
que supone olvidar el pasado para sumergirse en una nueva experiencia que
atraviesa todos los límites de la
felicidad para adentrarse en algo insospechado, en algo que habrá de añadir
zozobra o paliar los antiguos sufrimientos, parece estar blindado a cualquier interferencia. Ese miedo a lo
desconocido yace entre los límites de una decisión trascendental para una
persona que rebasa las seguridades que la ciencia le puede ofrecer. Pero aquí
ese dilema ético parece estar resuelto por la autorregulación vital que la
existencia demanda. Si en esa falla que presenta el sistema de la nave, estos
dos individuos no hubieran despertado, la seguridad de 5000 personas se hubiera
venido al traste. ¿Dios?¿La fortuna?¿Una inteligencia universal protectora? Lo
cierto es, que ante la duda de los hechos, los juicios positivos o negativos
sobre el rumbo individual y colectivo de la vida, siempre suscitarán distintas
especulaciones. Aferrarse al amparo de un ser superior, ha sido una actitud
recurrente que ha dado para la creación y la conservación de miles de
religiones. Ese depósito de nuestras
vidas en los brazos de Dios, tiene inserta la duda de un tiempo anterior del
que es imposible calcular sus circunstancias. Quizás los hombres estamos acá en
la tierra porque, en un tiempo, del cual no se ha tenido experiencia personal,
hubo algo o alguien que cuidó de nosotros sin habérselo pedido.
Nada surge por azar. O acaso, la
materia se ha venido convirtiendo en una fábrica de conciencia inteligente que
tiene como último fin la organización autoconsciente que sería capaz de generar
las condiciones suficientes para proteger aquello que se circunscribe en las márgenes de su propia existencia. La
suerte tendría conciencia. La fortuna tan sólo es una autoconciencia organizada
que guía cualquiera función que las estructuras proyectan. Por eso los dos
pasajeros reciben al capitán de la nave para que les entregue su código de
manejo. Sin éste, la pareja no hubiera sobrevivido a la falla del sistema. El amor que surge entre el hombre y la mujer,
sería un afecto necesario que tendría como objetivo estrechar vínculos que
permitieran salvar a los pasajeros de aquella estructura viajera.
El autor de la película insinúa
que los sentimientos son hechos necesarios pero funcionales a la conservación
de la vida. Esos misterios que tienen las relaciones humanas son estratagemas
que la evolución biológica ha construido a lo largo del tiempo como una
garantía de seguridad. No obstante, la ecuación también se puede leer al revés. Los largos y complejos
procesos de evolución biológica son garantes de un cúmulo de sentimientos que
han perdurado desde tiempos inmemoriales. La humanidad sería la intérprete de
esos desvaríos emocionales que se desprenden de una gran autoconciencia
emocional.

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