“Silencio”, la cura
de una obsesión
De Martin Scorsese
Todo autor persigue sus
obsesiones como un asunto de honestidad. Consigo mismo. Con nadie más que con
los propios problemas que son capaces de despertar los sentimientos más
íntimos, solo confesables en la obra.
Martin Scorsese tardó veinticinco años
para “deshacerse” de esa historia que había leído a finales de la década del ochenta y que lo
había dejado impactado, por lo cual, siempre pensó en traducirla al lenguaje
audiovisual. “Silencio” es una novela del escritor Shusaka Endo, ahora
objetivada de otro modo en otra obra de características personalísimas.
Como cinematografía, “Silencio”,
muestra ese conjunto de persecuciones espirituales que han seguido al director
estadounidense durante toda su vida. En películas como “La última tentación de
Cristo” y “Kundún”, para hablar de referencias directas, se ensalza esa
búsqueda permanente de un hombre por encontrar dentro de sí, las claves que le
permitan remover esa profunda espiritualidad que alberga. En la historia,
protagonizada por tres buenos actores: Andrew Garfield, Adam Driver y Liam Neeson, se cuentan las
enconadas guerras religiosas emprendidas, desproporcionalmente, por los
japoneses en contra de la cristiandad católica, durante el siglo XVII. Con una
serie de metáforas expuestas por las autoridades niponas, se defienden
principios religiosos para mantener una forma de encerramiento ideológico
frente al resto de los imperios occidentales.
Dichas autoridades sabían bien que un imperio se socava interiormente y
no por medio de acciones exteriores que fortalecen las creencias más acendradas
de los seres humanos. Scorsese muestra bien el dilema de los sacerdotes que se
atrevieron a pisar territorio japonés, cuando el budismo se había asentado en
todo el país. Las vejaciones lograron vencer la fortaleza de los religiosos que
vieron cómo sus feligreses pudieron soportar las presiones, incluso la
muerte, por parte de las inflexibles
autoridades políticas. Quienes se dejaron vencer por el dolor físico, quienes
pisaron la imagen de Cristo, fueron más
resistentes que los hombres investidos por la jerarquía católica. El director
se enfoca mucho más en los dolores del alma, en las torturas psicológicas de
los padres que se debaten internamente entre su fe y la inminencia de la muerte
infligida por los japoneses.
El
director no emite juicios, se encarga más bien de mostrar el dolor de unos
hombres que, en su servicio a la iglesia, sienten un imperativo interior que
les ha encomendado una fuerza superior. Entre el hombre, lleno de temores por
el dolor físico, y ese nicho infranqueable por fuerzas exteriores, no hay lugar
para dictados morales, porque el director entiende que la fe hace parte del dominio privado. Quienes se
entregaron al miedo y renegaron de la fe en público se convirtieron en simples
apóstatas a los ojos de autoridades
extranjeras que no pudieron exterminar la creencia de miles de conversos
perseguidos por el imperio. El intercambio de creencias, pensamientos y
prácticas culturales entre los japoneses y el resto del mundo se mantuvo como
una posibilidad de crecimiento económico, pero el predominio por el manejo de
las almas de sus ciudadanos, hicieron de los gobernantes un sinónimo de poder. Una forma de
controlar a miles de campesinos durante
el siglo XVII fue la acogida amable de aquellos emigrantes que decidieron
acogerse al budismo.
La película es una obra personal
que muestra el cuidado escrupuloso por una fotografía preciosista, manejada
magistralmente por Rodrigo Prieto. El
registro sistemático de las playas, con el agua del mar siempre chocando ese
territorio hostil, coadyuvan a elevar la intensidad dramática de los
personajes. Esa dicotomía exterioridad-interioridad, se funde en la metáfora de
las olas del mar como un conflicto interno, cuyo objetivo es la búsqueda del sí
mismo a través de la búsqueda de Dios. La dirección de cámaras, esta vez, no
tiene esos movimientos característicos de Scorsese, tan bien sincronizados en cada una de las
secuencias que filma. Ese carácter introspectivo de la obra, prioriza las
cámaras fijas, sin artificios, con la convicción de que el drama de los
personajes se superpone al exceso de manipulación que el movimiento ofrece, en
algunos casos. Asimismo, si bien, las actuaciones, en general, se hayan bien
elaboradas, los papeles resultan un tanto desequilibrados. Por un lado, Andrew
Garfield, es capaz de llegar a momentos
de gran conmoción, por sus extravíos interiores. Su personaje se debate entre
la fortaleza de su fe y sus momentos de debilidad por el sufrimiento de las
personas que confiaron sus almas a él.
Por otro lado, Adam Driver, un actor de
carácter fuerte, no parece encontrar un lugar muy claro dentro del filme. Se
muestra como una especie de mártir que sacrificó su vida por obedecer sus
dictados interiores, pero en sus apariciones ante la pantalla, no logra
terminar de configurar su identidad como personaje. Finalmente, el papel del
actor irlandés Liam Neeson, convence. En su menor número de minutos en la
pantalla logra elaborar diálogos sólidos, con fuertes convicciones como
personaje. Logra hacer comprender al
espectador que ese sentido pragmático también hace parte del alma humana,
independientemente del rol que juegue en el mundo.
“Silencio” es una pieza
imprescindible de Scorsese, está tan llena de él que no parece tener los
códigos característicos de su cine, ese por el cual es uno de los mejores
directores del mundo.

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