“Hacksaw Ridge”, los
principios de un obstinado de guerra.
De Mel Gibson
Las películas de Mel Gibson
siempre generan grandes expectativas, sobretodo en aquellos amantes del cine
que ven en él a un autor. Los que sienten en su cine un
capítulo más de una manera de hacer filmes, con las grandes productoras y los
grandes nombres del mercado mundial, reconocen
a un hombre polémico que exagera de la mostración de sangre para impactar
en el público ligero. Pero, quienes se han adentrado un poco más en los
detalles de este tipo de trabajos audiovisuales, han encontrado una cantidad de
escenas de pormenores estéticos que valen la pena analizar. La importancia del
director radica fundamentalmente en el grueso del contenido general que
encierran sus mensajes. Los personajes de sus películas son individuos que deben
luchar contra las circunstancias más adversas posibles. Con el tiempo, la
escoba de la posteridad habrá reivindicado los nombres que fungen como etiquetas
sobre las cuales descansan las esperanzas de muchas personas. Esa fue la
esquela sentimental dejada por “La pasión de Cristo” en miles de personas que
han forjado sus códigos éticos en la figura de un redentor vejado por el
imperio romano. Sobre su cuesta pesa la cruz de representar, en contra del
poder más fuerte, esa gleba de pecados que habrían de salvar a la humanidad entera. Otro tanto habrá que
decir de su “Corazón valiente” en la figura de William Wallace”, otro redentor.
O de su visión personal de los Mayas en su “Apocalipto”. Son cuatro películas
el conjunto de la obra de Gibson pero suficientemente sólida para hablar de él
como un autor que, junto a otros grandes directores estadounidenses como
Terrence Mallick, han ideado un estilo propio.
Con esta obra del año 2016, se
cuenta la historia de un soldado gringo que participó en la Segunda Guerra
Mundial, específicamente como un héroe de la batalla de Okinawa contra los
japoneses. Su nombre es, Desmond Doss, porque el hombre aún vive como un ilustre
veterano de guerra en la tierra de las guerras celebradas lejos de su propia
geografía. Este muchacho tuvo la
particularidad de defender un ejército todopoderoso que tiene el arsenal más
grande del planeta, sin la virtud de disparar un fusil, entre soldados llenos
de furia y resentimiento por las circunstancias que un conflicto como aquel
infundió en los muchachos de aquellos años. Aciagos momentos atenuados por la
actitud pacifista de un miembro de la comunidad cristiana adventista del
séptimo día que se negó, en contra de sus propios compañeros de tropa, a tocar
con sus manos un objeto bélico. Todos los personajes de la obra actúan para
el. El mérito de la película descansa en la construcción paulatina de la trama
que, entre un vértigo escénico es “adornado” por un desencadenamiento de escenas de guerra. Pero,
éstas no funcionan como un foco de acción para darle publicidad a la película
sino como un desenlace natural de una historia ya labrada. El centro de la obra es el soldado pacifista.
Su mundo, sus orígenes, su familia; ese trauma marcado por sus relaciones
filiales con un padre alcohólico, también héroe de guerra, va llevando la obra
hasta su último reconocimiento como un hombre de principios. Un objetor de
conciencia en la medianía de siglo, en el país más belicista del globo, no
genera muchas posibilidades de popularidad. Pero esa es la importancia del
filme: la defensa y la exposición de un hombre que defiende sus fundamentos
éticos en contra de las adversidades que el medio le impone. Fundamentos que tienen un fuerte sentido
religioso.
A Desmond Doss habrá que resaltarlo
por esa defensa encarnizada, pero también habrá que enfatizar que un hombre,
defendiendo soldados armados que matan a
otras personas, no lo alejan de esa actitud agresiva que tienen los ejércitos,
sobre todo la de un ejército invasor como el de los Estados Unidos.
Además de esa declaración de
principios inmersa en la película, Mel Gibson, sigue exponiendo ese “realismo”
de la violencia a través de las enormes
dosis de sangre que se ven en las imágenes. Ese esfuerzo por llevar a la
pantalla otros lados de la acción violenta no aporta a la comprensión de la
violencia, sino que amplía la zanja que
suscita el dolor del asesinato. Incrementa el morbo generado por el
horror que produce la sangre. Se puede
decir que es una exploración estética que busca la proliferación de esos
sentimientos sadomasoquistas de las personas pero que, en el público joven,
tiene unos contenidos superlativos. La
apuesta estética de la película está al servicio de un énfasis ético, con
imágenes compuestas de altas dosis de violencia. En las películas bélicas no todas las imágenes
que la componen, son relevantes. A veces, el uso desmedido de éstas, sólo tiene
tintes publicitarios. No creo que este sea el caso de esta obra. Tal vez el
estilo de Gibson no pueda prescindir de aquellas, especialmente si se considera
el hecho de que estamos frente a un director que ha hecho de su trabajo un
ejercicio de histrionismo bélico. Sus papeles como actor, no se pueden desprender
de los gags y de las obras menos
creativas de Hollywood por su alto contenido de lugares comunes en los filmes
de acción.
La Cuarta película del director
de doble nacionalidad que ya tiene sesenta años, es la obra de un hombre que
quizás se cansó de la fama como actor. Como en los años maduros, tal vez a él
le esté dando la crisis producida por quien ha visto su trabajo como una
seguidilla de obras de mala calidad pagadas por el comercio fílmico y que,
ahora, está haciendo lo que quiere.

Comentarios
Publicar un comentario