“La La Land” , una pieza de marketing

De Damien Chazelle


A Damien Chazelle lo vimos el año anterior con ese filme hostigante llamado “Whiplash”. La película es el resultado de ideas almacenadas, de trabajos postergados y de inseguridades personales que se reflejan en una obra, hecha posteriormente, luego de haberse proyectado como un cortometraje. Del director, ya se avecina una promoción desbordada de un nuevo talento cinematográfico que se vuelve un producto comercial funcional  a la industria de Hollywood. Esa ha sido la misma suerte de hombres como  Wes Anderson, otro director extra publicitado que se ha forjado un nombre como buen cineasta, en cuyas obras se vé una escrupulosidad técnica que parece extravagante. O Mortem Tyldum, un hombre que  maneja correctamente el oficio de  la dirección fílmica y que cumple con las expectativas necesarias de las grandes productoras fílmicas mundiales.
Realmente Chazelle es un hombre muy joven. Tiene 31 años y dos películas que lo han venido catapultando a los festivales comerciales como un director de honores prodigados por quienes otorgan los premios.  Ahora viene con una obra arriesgada: “La La Land”, un semi musical que combina el drama con la comedia pero que termina convertido en una obra nostálgica de todo aquello que se pudo hacer pero no se hizo o se hizo a un precio muy alto. El amor, tal vez, no tiene mucho que ver con la felicidad.  Esto ya lo vimos, con mejor calidad, en “Café Society”, de Woody Allen.
“La La Land”  intenta reivindicar el musical clásico de Hollywood, pero de su intento sólo quedan fragmentos, pues no alcanza la completud de las obras por las cuales, se hizo famoso Gene Kelly en “Bailando bajo la lluvia”, o los protagonizados por el genial Fred Astaire. Desde la primera secuencia, los dos intérpretes se encuentran; ese tono iniciático marcará el resto de la película. Esa combinación de obras muy recientes en donde dos personas se encuentran por alguna circunstancia que parece modelar el azar, para juntarlas definitivamente en algún momento, y los contenidos generales del musical clásico, quizás es lo único novedoso que aporta la película. Entre una selva de carros por las autopistas estadounidenses se abren paso bailarines que cantan una historia que pronto va a comenzar. El sueño de un joven músico que quiere fundar un club de jazz tradicional y los intentos repetitivos de una muchacha por convertirse en estrella de cine, forjan esta historia. Él, un hombre de pocos recursos económicos pero con deseos de perseguir un sueño, pronto encontrará que el sentido realista de la familia de su nueva novia obstaculizarán esos deseos de independencia musical. Ella, una mujer que valora ese romanticismo de la juventud y que hace, incluso reproches a su pareja por abandonar su sueño, termina por entregarse  a una vida cómoda. Por azar también, ambos se acercan un día. El, dueño de un club de jazz clásico, reconstrucción dolorosa de haber dejado a la fama volar y dedicarse en los suburbios de la ciudad a consentir a su música favorita. Ella, afamada luminaria de cine, y casada con un promisorio hombre de negocios.
Las distintas direcciones de la película funcionan bien. Técnicamente no tiene problemas. Este musical moderno, hace gala de un vestuario bien trabajado, sin efectismos precisamente por la sobriedad de los personajes que parecen transitar por cualquier avenida del mundo, rumiando sus sueños y enfrentados a la maquinaria del espectáculo. La dirección de cámaras es impecable, de los movimientos casi acrobáticos de ésta, se destaca una buena planificación en el manejo de los tiempos y de los espacios como una apuesta por la imagen, son un ejemplo de cómo se van moldeando caras jóvenes en el oficio de la interpretación. Ryan Gosling, es un actor que ha venido interpretando aquellos papeles de todo tipo, desde los menos  profundos hasta los más banales.  Su fisonomía, es un sucedáneo de  reajustes  de look para los distintos trabajos que ha realizado. Emma Stone, es una actriz carismática que le vienen bien los papeles dramáticos pero también este tipo de interpretaciones.  Las actuaciones de los dos protagonistas, sin ser deficientes logran  construir personajes creíbles aunque planos. Este homenaje a Hollywood, está encaminado a revitalizar la importancia de la tradición cinematográfica dentro de la industria. La reiteración de este tipo de contenidos es un mensaje de recuperación del pasado como una forma de mantener vigente al negocio.
La crítica que uno puede proponer  a una obra como ésta es que la historia no contiene nada nuevo, que es soportada por actores que apenas saben el oficio y que ahora son convertidos en estrellas cinematográficas por  obra y gracia de la publicidad, que muestra las vidas de personajes humildes que aspiran a la fama, pero que no despliegan un ápice de humanidad. Parecen caricaturas que  se mueven al ritmo de la industria como piezas complacientes del espectáculo con el fin de vender sueños que calmarían los deseos de la gente de alcanzar reconocimiento. Esto no es nada lejano a lo que ofrecen los “Reality Shows” colombianos, que entre otras cosas son los peor logrados de América.

En la próxima ceremonia esta película seguramente tendrá varios premios. Sobre todo los técnicos. Pero en términos de guion y de interpretaciones  no ofrece virtudes especiales como para erigirla en una gran obra. Este año, no parece haber una gran película, pero si muchas propuestas que satisfacen los deseos de ver historias que recrean las historias del cine clásico, sin alcanzar la profundidad y la calidad de éste. 

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