Una mujer camina a casa sola en la
noche
Las películas de género han estatuido unos códigos que
constituyen el secreto de su éxito. El público las reconoce porque puede leer,
sin cuestionamientos, un sistema lógico al que los personajes se ajustan y al
que las situaciones conducen indefectiblemente. La costumbre se vuelve
tradición y por eso el cine ha logrado mantener cautivo al espectador que busca
encontrar lo mismo en las obras fílmicas que vé. El Western, por ejemplo,
etiquetó a ciertos actores dentro el género y los convirtió en personajes
célebres, fuera de los cuales, difícilmente tuvieron algún éxito. También,
dentro de la ley del Oeste, los vaqueros defendieron principios caros a la
sociedad estadounidense como “el bien”, “la ley” y “la amistad. En la cantina
se bebe whisky y no leche; el Sheriff no mata por capricho sino por la defensa
de las instituciones en las que cree y por las cuales arriesga su vida. El
héroe no tiene raíces porque aquello que defiende es superior a sus intereses personales. “El cowboy” es el
prototipo del hombre con temple que ha vencido al miedo por un mandato de la
responsabilidad.
Una película como Johny guitar es quizá el clásico del
Western que más nítidamente se contrapone a los estereotipos del género. Una
mujer se encuentra detrás de la mafia; es ella quien tiene el poder de manejar
a los personajes antagónicos en contra del héroe. Más recientemente, “Brokeback
mountain” desestructuró el género porque el estándar del hombre rudo que no le
teme a nada se viene al piso. Que dos homosexuales representen a los vaqueros
estadounidenses demuestra, en manos de Ang Lee, que las nuevas generaciones de
espectadores ya no se asustan por el cambio.
Con la última obra del director estadounidense Jim Jarmusch,
las películas de vampiros tomaron un aire nuevo. “Sólo los amantes sobreviven”
estilizó a los personajes; los intelectualizó y los sumió en estados
emocionales dignos de una novela de Camus. Jarmusch también había modificado el
género de gangster con su anterior
“Perro fantasma”, una obra fílmica que
dotó al personaje principal de sentimientos filantrópicos.
Ahora, la directora de nacionalidad estadounidense, Any Lily
Amirpour, llega con “Una mujer camina a
casa sola en la noche”. En ella, el amor se alza por encima de todo. En los
personajes principales nace la semilla de una nueva atracción que les brinda
sus existencias díscolas. La obra tiene una buena cantidad de escenas en las
que los personajes aparecen caricaturizados, enfrascados en situaciones que, por
lo absurdas, se equiparan al extremo con comportamientos humanos. La seriedad y
la trascendencia de la vida se difuminan por una especie de temor a los otros.
Los vampiros de esta película parecen burlarse de todos como una consecuencia
necesaria del miedo que despierta la
relación con el mundo. Salir en la noche hace de estos seres “ridículos” como
sombras que no inspiran miedo sino extrañeza. La película tranquilamente puede
pasar por una obra de incomprensión de jóvenes que no han podido adaptarse a la sociedad. Por eso se atreven a retar el
orden establecido pese al miedo que tienen acumulado por dentro. Es como si la
fuerza contenida que les produce el temor fuera directamente proporcional al
odio que se libera al exterior cuando esos vampiros estilizados salen de
cacería. Lo que buscan realmente no es una presa para alimentar el hambre
física sino una serie de sensaciones que puedan aliviar ese pesimismo que se trastoca
en un nihilismo inconfesado.
La gran protagonista de la película es la noche. No como una
simple ambientación de trámite sino como la exteriorización de sentimientos de
seres atípicos, que no pueden andar por el mundo como cualquier persona. Los
vampiros, entre sus congéneres son seres violentados por la existencia; es
cierto que su sobrenaturalidad los hace distintos, pero, si hubieran sido
humanos seguramente habrían contrastado por sus comportamientos. Esa parquedad,
tan característica de Jarmusch, apenas se alcanza a percibir por la palabra
justa, incluso si aquella palabra no tiene ningún sentido para una situación
cualquiera, dota aún más de un aire decadente
a los personajes.
También se perciben ecos de la obra de David Lynch. Cuando
los vampiros deciden actuar más incoherentemente, las situaciones se tornan una
serie de acontecimientos irracionales, con personajes que simplemente obedecen
dictámenes del universo existencial del que no tienen dominio alguno. En las
miradas, en los gestos y en toda la proxemia, esos vampiros rompen los movimientos
corporales localizables para erigirse en una desubicación cardinal qu desorientan al público. A veces parece que
asistimos con esta obra, a una película que se recompone de distintos géneros. Hay una acentuación, quizá excesiva, por la
exaltación del humor; dichos actores elevan sus interpretaciones hasta límites
que rayan con la comedia. En todo caso, lo que surge de eso, es una especie de
parodia que, deliberadamente, quiere desestructurar el género. La directora,
consigue con ello, elaborar una obra propia, con los tintes que la erigen en
una artista con un estilo propio, en donde las influencias de grandes
directores se aprecian claramente.
“Una mujer camina a casa sola en la noche”, brinda una mirada
de una sociedad, al parecer muy seria, donde hombres y mujeres caminando por
algún país árabe, también pueden actuar distinto. El género no solamente es
para países occidentales, sino que también puede albergarse en otras
sociedades. Ese pontificado cinematográfico que los géneros introdujeron en la
creación audiovisual, también operan para otras culturas.

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