Las bestias sin
patria
La trascendencia audiovisual no puede medirse exclusivamente
por la impresión de imágenes fuertes. El impacto que producen ciertos planos en
los ojos de los espectadores, a veces viene determinado por los niveles de sangre
que arrojan ciertas películas. Muchos filmes de guerra descuidan la
construcción de una buena trama para sustentarse en la explicitud de
acontecimientos que desnudan la crudeza del comportamiento humano. Pero, aunque,
algunos autores promueven aquello de un modo deliberado, la construcción de una
historia, sigue reproduciendo lo esencial del arte, que no es otra cosa que la
expresión de sentimientos pensamientos, actitudes humanas que desnudan lo
esencial de la condición del hombre.
“Las bestias sin patria”, del año
2015, es una obra del director estadounidense Cary Jogi Fukunaga, un hombre de
38 años que tiene en su haber películas reconocidas por el gran público y a
veces por la crítica como “Jane Eyre” y “Sin nombre”. Además, es el director de
la famosa serie de televisión “True detective”. Como historia parece tener un
contexto, no especificado por país o fecha algunos, pero queda claro que los
eventos mostrados en ella, pueden tener lugar en casi cualquier país africano,
región donde los conflictos políticos abundan. Lo más interesante de la obra es
la fuerte caracterización de los
personajes no sólo por la expresión gestual, los acentos lingüísticos y toda la
proxemia visual que hacen de algunos planos trabajos loables de un artista que
domina a cabalidad su oficio, sino también por el ahondamiento psicológico que
deja perfectamente claro los matices que producen en el individuo las huellas
de la guerra; el contexto, no puede obviarse como si solo estuviéramos delante
de un retrato caracterológico sin esencia sociológica.
El perfil de los personajes es un
claro retrato dialéctico de dos individuos encontrados por las circunstancias
sociales. Parece que el destino fuera superior a las proyecciones debidamente
racionalizadas. No importa lo que se trabaje o los empeños de las personas, lo
único que al final determina los
resultados estaría en aquello que se encuentra escrito como un sino. Un niño,
atrapado en un país africano, queda huérfano. Desde ese momento tiene que
afrontar los desafueros de la guerra, cuando es reclutado por un ejército de
mercenarios, comandado por un soldado, que utiliza aspectos místicos con el fin
de convencer a sus subordinados sobre la
causa defendida. Los métodos de entrenamiento, parecen rituales sagrados que
lavan el cerebro de las personas, pero al final, el poder y las ansias de
poseer más, terminan por convertirse en el único propósito del jefe.
Lo que se puede inferir es que la
dominación personalista, aquella en la que el poder recae en una sola persona,
sólo tiene como propósito la satisfacción egoísta, que dejan de lado el bienestar común. Como una carta de
principios funciona por la explicitud del mensaje, pero quizá, se desaprovecha
la oportunidad de afilar mucho más el contenido audiovisual. En el fondo la
película carga con cierto colorido moralizante que menosprecia las habilidades
inferenciales del público. Como un cuadro que intenta mostrar los elementos
característicos de cualquier guerra, funciona correctamente, pero como una
verdadera metáfora sobre ella incurre en una serie de desaciertos. En primer
lugar, la película excede ciertos niveles de explicitud como cuando el niño
protagonista debe matar con un machete a uno de los supuestos asesinos de su padre. O la violación perpetrada por el
caudillo-militar al jovencito, luego de
haberlo cooptado ideológicamente. En
segundo lugar, lo que se ha venido sugiriendo temáticamente termina por convertirse en un anuncio de los acontecimientos posteriores. En ese
sentido se pierde la sorpresa de esa historia que va agarrando al espectador a
través de una serie de impactos audiovisuales que deslumbran la vista.
Finalmente, la última parte constituye un clisé por la liberación que se
infiere por parte del niño cuando llega al mar y se lava con el agua que
quitará de su cuerpo la amargura de las experiencias que le ha tocado soportar
en mundo de adultos.
La mirada de los niños aparece
como una manía más, no importa que
aquella realidad se vuelva recurrente en muchos de los contextos desestabilizados
por los conflictos sociales alrededor del mundo. Una historia de esa naturaleza
tranquilamente retrataría una situación sociopolítica como la que en estos momentos
experimenta Colombia. Aquí se advierten las posibilidades ecuménicas del arte
pues es capaz de mostrarnos un mundo que parece repetirse en cualquier lugar y
en cualquier tiempo. El conflicto humano extiende sus tentáculos más
destructivos en contextos especialmente propensos a la exacerbación de las
malas pasiones. La muerte como un fin inevitable tiene sus fuentes en los
excesos del poder. Y la muerte se torna paradójica cuando se aloja en las carnes puras de un pequeño que
aprende los vicios de los adultos por los límites de la cultura.
La película es una adaptación de
la novela “Las bestias sin patria” del escritor nigeriano Uzodinma Iweala. En
ella, el conflicto descrito toma como contexto a Liberia, un país ubicado al
oeste del África. Como obra estética, el filme acierta en los aspectos de orden
técnico como la fotografía, la dirección de arte y la dirección de actores,
pero se difumina por la recurrencia de los acontecimientos que tratan sobre un
tema muy actual. Como reflexión sobre los conflictos humanos no aporta
elementos que traigan novedad a esa clase de fenómenos sociales. “Las bestias
sin patria”, es una producción con todos los vicios del cine más comercial sin
dejar nada en la imaginación del público.

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