La sorna del
sinsentido
Un título tan largo es llamativo
para cualquier espectador acostumbrado a los nombres ostentosos de las
películas más publicitadas en la cinematografía actual. ¿Quién es el autor de
algo como eso que parece más una tomadura de pelo que una obra estética seria?
“Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia”. Roy
Andersson. Este director sueco ya cuenta con cuatro largometrajes, algo que
parece poco para sus setenta y dos años de vida. La verdad es que su trabajo
tiene la marca de un autor que es dueño de una filmografía extensa, con un
estilo plenamente consolidado en la escena mundial. Junto con este filme y en orden cronológico, Giliap, Una historia de amor sueca y Canciones desde el segundo piso constituyen el grueso de su obra, hasta el momento.
Andersson es un director sueco en todo el
sentido de la palabra. De sus predecesores uno encuentra ecos bergmanianos
especialmente en las comedias negras como “El ojo del diablo” por ejemplo. Una
de las características de este tipo de películas está dada por el humor negro,
la burla sistemática de la condición humana y la reflexión a veces velada de
sentimientos y formas de vida suecos que son cuestionados por el director
nacido en Uppsala.
El cine se ha convertido en un campo de luchas
por obtener el predominio estético. Sobre todo cuando aparece un director que
impone una manera de construir obras fílmicas que se erigen en el modo
aceptado. Por ejemplo, los grandes innovadores como Griffith o Welles
imprimieron unos parámetros estilísticos innovadores por el movimiento y la
técnica que fueron una inspiración evidente para los nuevos realizadores. Con
el excesivo movimiento, el vértigo desplegado en el montaje, las nuevas películas
de los frenéticos años cincuenta y sesenta, aquéllos sojuzgaron el cine de ese momento
para conducirlo por nuevos cauces. De esos años posteriores nacen directores y
propuestas diversas muchas de las cuales sólo enfatizaron lo que los maestros fundadores
de la estética cinematográfica ya habían
presentado en el panorama fílmico mundial. Como reacción al dinamismo del
movimiento físico que impregnan las películas de hoy, la industria cinematográfica,
propiciada especialmente por Hollywood, tal vez hoy en día asistimos a la aparición
de una serie de artistas de lo audiovisual que ha decidido rebelarse contra ese
ecumenismo fílmico que domina el espectáculo en la actualidad. Como bandera empuñan la posibilidad de hallar
el consecuencialismo de la acción como una manera de recuperar el sentido
completo de la realidad en sus manifestaciones fenomenológicas, tan vituperada
y manipulada por el bisturí en las salas de ediciones donde van a parar las
malas películas.
De los planos cortos y producidos en serie como
si fuesen armados por encargo, los nuevos directores buscan capturar el
movimiento por el tiempo de los planos que alcanzan duraciones a veces
exasperantes para los espíritus impacientes y moldeados por el ritmo de la vida
moderna. En esa línea fílmica
encontramos directores importantes como Béla Tarr, cuyo cine, de claro corte filosófico,
se convierte en una prueba de perdurabilidad no apta para el público más novel.
En nuestro medio, autores como el argentino Lisandro Alonso es el ejemplo
prototípico de un rebelde que hace del cine una posibilidad de explorar otras
alternativas estéticas.
Con “Una paloma…” Andersson logra esculpir un
cuadro hecho de sorna para un público universal cuyas coordenadas se ubican en
los fríos países nórdicos. Es Suecia el escenario de un conjunto de situaciones
disparatadas, en donde se mezclan pinturas
en coloración opaca de acontecimientos
históricos del siglo XII con la realidad presente. Las escenas son algo menos
que la recreación de situaciones ridículas en las que individuos entran en un
mundo surrealista pero filmado a un kilómetro por hora. De estos tipos inútiles
excepto por su creatividad y su impúdica actitud al ridículo se desprenden
caricaturas que le arrebatan la delantera a la muerte por el toque de suerte
que reciben en ciertos momentos de sus
vidas. Esos hombres que parecen más bien
unos payasos tristongos venden productos para el entretenimiento que a nadie
logran arrancar una sonrisa. Del patetismo que despiertan se advierte un panorama frío, cercano a una atmósfera
enfermiza y melancólica que le dan ese
toque de comedia helada en donde se reflexiona sobre la vida.
Ese mundo apocado es la excusa para que el
director sueco nos ofrezca un panorama desaliñado por travesuras de las cuales
no se puede extraer ninguna sonrisa. Estos individuos que venden lo incomparable
actúan como personajes de caricaturas en las que nada tiene sentido, ni
siquiera la burla. Andersson obtiene con ello El León de Venecia con esta
pareja atípica que logra salvarse de la muerte para seguir habitando una
realidad sórdida, en la que resuenan sonidos estridentes de un pequeño
divertimento que expulsa un sonido descolorido y que contrasta con una música
que le hace un juego perfecto al marco general del filme.
En claro retrato de una crueldad sublimizada por
el encanto de los planos, Andersson nos regala una obra bien lograda, en la que
demuestra su intencionalidad burlesca y a la vez trascendental, un desencantado
de la condición humana que se trasluce en situaciones y personajes carentes de
sentido alguno. El frío del norte se hace imagen por la comedia absurda que
teje momentos estelares que aspiran a la nada. Con ello devela la tontería como una posibilidad
existencial que combate la violencia de la
lógica que lo institucional imprime en las manifestaciones estéticas actuales.

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