Héctor Abad Gómez

 Carta a una familia en la sombra

 
 

Que un documental sobre un activista social como El doctor Héctor Abad Gómez hubiera sido producido por el Canal Caracol genera ciertas prevenciones. Y no es para menos, pues han sido precisamente los medios de comunicación masivos quienes se han encargado de invisiblizar, en unos casos desviando la mirada del público a distintos tópicos, o mostrando de manera parcial o tergiversando algunas noticias, en otros, episodios de la vida nacional conducidos por líderes de izquierda que lamentablemente han quedado en el olvido.

Basada en “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, una obra literaria que se convirtió rápidamente  en un best-seller, lleva la marca de una joven que oyó noticias de su padre por la celebridad que el libro tenía impregnada, pero especialmente por las huellas filiales que se empotraron naturalmente en el recuerdo de su padre, de sus tías y de su abuela, y fueron reproducidas en la vida de Daniela Abad, directora de la película. Para ella, hablar de un hombre desconocido para su experiencia directa, era una forma de mostrar todas las historias de quienes la concibieron y la vieron crecer. Y es que su familia, típica célula de las dinastías antioqueñas, siguió siendo la misma, gracias al carisma de su abuelo que aún después de muerto siguió permeando las ideas y las acciones de su esposa e hijos, sin disminuir un solo momento el cariño que generó en todos y cada uno de ellos.

Algunos problemas de énfasis se pueden extraer del documental. En primer lugar, si bien se intenta reconstruir parte del trabajo emprendido por el abuelo, se prioriza excesivamente la reconstrucción de la atmósfera familiar, innegablemente un factor importante en la obra, pero no lo suficientemente desencadenante de todo el esfuerzo social y político desarrollado por el médico que  arriesgaba su vida cotidianamente en las apariciones públicas. Un ejemplo de unión se observa en los encuentros de los miembros de la familia Abad Faciolince, dada en parte por la cultura paisa que no ahorra esfuerzos en ese aspecto, pero seguramente los habitus que se reproducen allí son una consecuencia directa del amor paternal que Héctor Abad Gómez quiso infundir en sus hijos como una extensión del amor a los otros, cercanos o no. En segundo lugar, las advertencias de que a este hombre lo iban a matar por estar hablando demasiado, se hacen como una insinuación. Lo único que queda claro es que hablar de más es peligroso para un hombre de izquierda en Colombia. Lo que pasa es que esas palideces públicas lo que hacen es oscurecer aún más el meollo del problema en el que las circunstancias sociológicas que encierran las causas de un problema sociopolítico como el que permea nuestra sociedad, siguen apareciendo como una sombra en la distancia. No es que una obra íntima como la que nos presenta Daniela Abad no sea válida como registro audiovisual que roza con lo político por mera equivocación, sino que el centro de la vida pública de su abuelo fue específicamente la política, porque la indolencia de la clase dirigente se volvió un motivo más para exacerbar la iniquidad social y en eso el doctor Abad fue un precursor que advirtió el desequilibrio. En tercer y último lugar, hay un tufillo de cierre de la historia que parece sepultar definitivamente un episodio vergonzoso para la historia nacional y es que así como ocurrió el asesinato de Héctor Abad Gómez, ha muerto una cantidad enorme de líderes de izquierda que no ha tenido el renombre del médico antioqueño pero que ha dado su vida por las mismas razones y con el mismo nivel de compromiso por causas que no son reconocidas por las élites políticas nacionales y de la misma manera, por el resto de la población colombiana que se ha convertido en una extensión paralizante de ese  gas venenoso llamado olvido.

No obstante, el trabajo de Daniela Abad es un bello homenaje a su abuelo muerto que se murió un día por el trabajo social emprendido en favor de aquellas personas que siempre fueron invisibilizadas por la comunidad política. Los testimonios se recogen bien porque aparecen cuando ya hay una atmósfera que hace de la palabra una forma eficaz de comunicación. No hay predominio de ningún miembro de la familia sobre los otros, excepto por la abuela, una anciana que conserva la lucidez en cada una de sus declaraciones. Ese amor auténtico por su esposo, se siente en el tono de la voz y en las expresiones del gesto que cada miembro de la familia expresa ante la cámara. Los primeros planos logran los efectos emocionales adecuados para mostrarnos una obra personal, intima hasta la saciedad.  Es el amor el que habla. Un círculo que no admite extraños en las demostraciones de afecto. Esto se vé más palpablemente cuando se recogen las voces de amigos del abuelo, como la de Carlos Gaviria Díaz, un académico que se implicó en la vida pública como docente y como líder  que siguió fiel a sus principios liberales que no alcanzaron a pisar los callos suficientes para que “mereciera” un asesinato. La voz del ex magistrado recientemente fallecido se escucha en tono de melancolía, pero no alcanza a ser tan íntima para entremezclarse en la familia biológica que tuvo el doctor Abad. Pese a que para él la familia constituía un círculo roto al que podían entrar todos aquellos que tuvieran necesidad de una mano amiga.

En el documental queda claro que el trabajo de Héctor Abad Gómez fue una novedad para su familia, que nunca entendió y tal vez por eso no compartió de verdad ese esfuerzo denodado de un líder social tan importante para el país.

Comentarios

Entradas más populares de este blog