Tangerines
De Zaza Urushadze
Cuando todo está cubierto de
odio, cuando la guerra invade todas y cada una de las cosas que tocan las
personas, incluso los lugares más íntimos, cuando se respira odio hasta en los
campos más límpidos, los más pequeños gestos de afecto suelen convertirse en la
única salvación para los que ya han
perdido toda esperanza. “Mandarinas” es el sabor de la bondad en medio de un
infierno, habitado éste por soldados que desprenden fuego de sus bocas. Nadie
espera sabiduría ni cariño en campos enturbiados por las balas de los ejércitos
en combate. Pero la razón y la
solidaridad conviven aún en territorio
georgianio, un pedazo de tierra
akhadziano disputado por chechenos y georgianos.
“Mandarinas” es la sexta película del director georgiano Zaza
Urushadze. Su cine no ha sido muy difundido mundialmente, excepto por dos
largometrajes como “The guardian” y “Three houses” que muestran los excesos de
la guerra pero sin ocultar la influencia que tiene en cada uno de los sujetos
que la padecen. Ahora la Academia de Artes y ciencias cinematográficas de los
Estados Unidos decide premiarle con una nominación a mejor película en idioma
no inglés, categoría en la que compite junto a películas como “Leviathan”, “Relatos salvajes”, “Timbuktu” y la probable
ganadora, “Ida”. Usualmente, esta categoría premia películas de muy buena
calidad, algo que en muchas ocasiones no ocurre con las otras categorías.
Seguramente realizar una película
sobre la guerra causa dificultades, especialmente por lo reciente de ellas y
porque los implicados siguen enfrascados en disputas diplomáticos que, al
aparecer, no tiene posibilidades cercanas de solución. En el filme hay una
violencia psicológica que permea toda la trama. Un hombre maduro encuentra a
dos soldados de bandos diferentes, un soldado georgiano y un mercenario
checheno que recalan en la casa del hombre que los acoge. Éste los cuida, los cura y les hace prometer
que, mientras estén en aquel hogar, no se van a matar. Ambos soldados intentan cumplir con aquella
promesa. En ese campo no hay muchos recursos para alimentarlos. Finalmente se
genera un poco de afecto entre ellos, pero el desenlace no es muy alentador.
“Mandarinas” es un premio injusto
para hombres que se matan sistemáticamente. El sabor agridulce de esa fruta se
adivina en una historia pletórica de humanidad. Tanto el bien como los
desprendimientos extremos del odio se encarnan en los soldados. En la película
parece haber un tono moralizante que se refleja en Ivo, un padre de un hijo
muerto en la guerra, hecho éste que se revela en el momento justo. También se
encuentra en la relación establecida entre Ahmed y Niko, soldados de los ejércitos enfrentados.
Ellos rumian motivos infundidos por la
rivalidad de la guerra con el fin de exterminar a los enemigos. Sólo con un
poco de particularización, las diferencias se pueden reconciliar. En el contacto cara a cara se comprende que
detrás de los uniformes también existen individuos de carne y hueso que son
arrastrados a la violencia por diferencias políticas que ni siquiera entienden
o que tal vez no son suficientes para desencadenar un hecho social como ésos.
Pero Ivo es el garante de la
palabra dada. El lugar para la intimidad es el lugar apropiado para que dos
hombres de honor respeten lo prometido. Pero incluso el checheno decide cumplir
con lo acordado. Por el contrario, en el
exterior siempre hay espacio para el asesinato. Entre el adentro y el afuera
los comportamientos son discriminados como productos necesarios de la voluntad
humana. La guerra es un gesto que puede o no llevarse a cabo. Hay una objeción de conciencia que
desata los grados de libertad de las personas. El mercenario también respeta
las normas implícitas y explícitas puestas en medio de la conflagración. A él
el dinero no le importa demasiado. El soldado georgiano alberga una
sensibilidad especial por la música. Ambos hombres se cruzan en un espacio
viciado pero precisamente el encuentro en un lugar acogedor puede zanjar algo de las diferencias. Tal vez sólo hace
falta la mediación para terminar la guerra. Quizás un poco de razón pueda parar
aquellas ansias de eliminar al enemigo. Ivo representa al hombre sabio que, por
las experiencias acaecidas por la violencia de la guerra, puede desarmar las
almas de hombres acostumbrados a disparar automáticamente en contra de los
opositores. El poder del diálogo tiene repercusiones que son difícilmente
pronosticables pero la potencia
terapéutica que contiene, disminuye la furia introyectada en cada uno de los
combatientes.
Actualmente, el cine se ha
convertido en la mejor de las posibilidades para visibilizar acontecimientos
históricos que la historia no ha registrado
todavía y que se parcializa por los intereses políticos que los
envuelven. Guerras de las cuales no hemos tenido suficiente publicidad son
mostradas en los cuerpos de los personajes que las encarnan en la
pantalla. “Mandarinas”, se convierte en
una obra de arte en movimiento que pone
en la palestra el mundo de los conflictos territoriales en países que no son
publicitados por los mass-media. La escenificación de la guerra ofrece
personajes arquetípicos que son inolvidables como aquel viejo de nombre Ivo, un
hombre que devuelve la esperanza en donde ya parece perdido todo. Por la
calidad de esta obra, seguramente será una película que se consagrará como una
de las joyas fílmicas de los últimos años. Habrá que seguirla viendo,
especialmente cuando la violencia de la guerra parece no ofrecer alternativas
de vida en paz.


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