Viaje y silencio

 
                                              De Pawel Pawlikowski

“Vivir,  naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre”(Camus:18). Por eso Ida, la joven novicia, decide reemprender el viaje interior que había iniciado desde siempre, desde que los acontecimientos se olvidaron de comunicarlos a la memoria. Ella sabe que en las palabras de aquel muchacho, su primer amante, se haya la síntesis de la existencia humana. Responder a la pregunta ¿qué? y encontrar una respuesta, obliga la siguiente ¿…Y luego qué? Pero no hay respuesta que agote la eterna búsqueda por encontrar razones suficientes, satisfacciones duraderas ante la inmensidad de la incertidumbre que genera ese viaje permanente que constituye la vida.

Ese viaje interior se activa con la búsqueda de su pasado. Por boca de la madre superiora, Ida se entera de la existencia de su tía materna, una mujer independiente, de carácter fuerte pero al margen de rigores morales. Su nombre es Wanda Gruz, jueza y antigua fiscal  que actúa en nombre del estado comunista y en contra de “los enemigos del pueblo”.  Cuando Ida y Wanda se cruzan empieza un contraste de actitudes, un cruce de caminos separados por las circunstancias en medio de las atrocidades de la guerra. Ida es silencio, Wanda es diálogo permanente; Ida tiene inquietudes en el alma que se adivinan como una posible exploración, Wanda ya ha vivido demasiado y ha perdido el asombro; Ida ha encontrado en su espiritualidad una buena razón para vivir, Wanda abunda en razones para no seguir viviendo. “Yo soy puta y tu una santita”, dice Wanda, luego de  una noche  de copas.
         Agatha Trzebuchowska

Por eso el viaje exterior es esa búsqueda compartida de dos mujeres unidas por las desagracias que las diferencias políticas  ocasionaron en una Polonia acostumbrada a invasiones permanentes. Las huellas del Régimen soviético pasaron como un huracán en un país de fríos permanentes y de rostros opacados por la tristeza debido a  la inferioridad  ante un monstruo de mil cabezas que se encargó, durante los años cincuenta, de asesinar a miles de opositores. Pero la guerra también envolvió a esa  nación por razones étnicas. Miles de judíos fueron encerrados, torturados, asesinados y sepultados como individuos anónimos. Dos de ellos, los padres de Ida fueron  víctimas extraviadas por el río del tiempo. Ida finalmente encuentra un cruce, un punto de inflexión a su viaje: el reconocimiento de que aquellos huesos desenterrados por el asesino de sus padres finalmente corresponden a una parte inédita de su  propia vida, quizás la única cierta, aquella que le revela la muerte como una certeza. Salir al mundo y encontrar en él que el viaje exterior no aporta mucho para el espíritu del hombre, permite entender que ese mundo se encuentra inundado por las mismas aguas que humedecen los sentimientos hasta convertirlos en una sustancia humana común.

En “Ida”, los espacios pesan demasiado. Los primeros planos se inundan de luces y sombras con el fin de que los espectadores develen en ellos un clima exterior transparentado como un vertimiento de tormentas interiores en  rostros acompasados por el frio de afuera. Los enfoques colocan a Ida y a Wanda en la parte inferior del cuadro, con lo cual, hay espacio suficiente para los objetos que se muestran desenfocados al fondo. El director Pawel Pawlikowski parece decirnos que las personas y los objetos son simplemente fusiones con el espacio. Entre la indiferencia de las cosas habitamos los hombres con nuestras penurias, con nuestras obsesiones, con preguntas y deseos no satisfechos en un flujo constante que  no quitan ni aportan a la inmensa nada que constituye la existencia. Pero precisamente por eso vale la pena vivir. Porque ya estamos vivos. Ida, en su corta vida entiende claramente esta paradoja.

Ese descubrimiento de Pawlikowski, con esta magnífica y hermosa actriz natural, Agatha Trzebuchowska, le da todas las posibilidades de expresar, en un rostro fresco, esa historia conmovedora. Y la contraparte, una  actriz profesional de teatro y televisión, Agatha  Kulesza, expresa el compromiso puro con sus propias creencias, no las de La iglesia católica sino aquellas que son afines consigo misma. Mientras Ida se funde con la religiosidad en Dios, Wanda se funde con su falta de fe. El suicidio de Wanda es el triunfo del nihilismo. El peso de la existencia, esa consumación inútil que le da pábulo a toda duda, hacen de Wanda un modelo supremo de la imposibilidad de creer en algo.
 
            Agatha Kulesza

Pawlikowski nos lleva a identificarnos con esa feminidad desveladora. La vemos en el baño de las novicias mojando su cuerpo con un tazón, momentos antes de tomar sus votos. La vemos también en el descubrimiento del cuerpo de Ida, quitando su manto mientras se observa en el espejo, para luego entregarse, en una especie de “carnaval privado”, a la vida espiritual.  Y la vemos sobre todo cuando Ida entrega su virginidad al joven músico de jazz que toca las melodías de Coltrane con tanta pasión.  Entre Ida y Wanda, surge esa solidaridad ejemplarizante que solo puede despertarse entre dos mujeres, no importa el abismo generacional y existencial que exista entre ellas.

“Ida” ha sido escogida como la mejor película europea del último año. Su virtuosismo la eleva al sitial de honor de las obras fílmicas que permanecerán en la memoria de los cinéfilos mientras el cine siga siendo arte.

 

Camus A. (1995) “El mito de Sísifo”. Altaya: Barcelona.

 

 

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