Viaje y silencio
“Vivir, naturalmente, nunca es fácil. Uno sigue
haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas razones, la primera de
las cuales es la costumbre”(Camus:18). Por eso Ida, la joven novicia, decide
reemprender el viaje interior que había iniciado desde siempre, desde que los
acontecimientos se olvidaron de comunicarlos a la memoria. Ella sabe que en las
palabras de aquel muchacho, su primer amante, se haya la síntesis de la existencia
humana. Responder a la pregunta ¿qué? y encontrar una respuesta, obliga la
siguiente ¿…Y luego qué? Pero no hay respuesta que agote la eterna búsqueda por
encontrar razones suficientes, satisfacciones duraderas ante la inmensidad de
la incertidumbre que genera ese viaje permanente que constituye la vida.
Ese viaje interior se activa con
la búsqueda de su pasado. Por boca de la madre superiora, Ida se entera de la
existencia de su tía materna, una mujer independiente, de carácter fuerte pero
al margen de rigores morales. Su nombre es Wanda Gruz, jueza y antigua fiscal que actúa en nombre del estado comunista y en
contra de “los enemigos del pueblo”. Cuando Ida y Wanda se cruzan empieza un
contraste de actitudes, un cruce de caminos separados por las circunstancias en
medio de las atrocidades de la guerra. Ida es silencio, Wanda es diálogo
permanente; Ida tiene inquietudes en el alma que se adivinan como una posible
exploración, Wanda ya ha vivido demasiado y ha perdido el asombro; Ida ha
encontrado en su espiritualidad una buena razón para vivir, Wanda abunda en
razones para no seguir viviendo. “Yo soy puta y tu una santita”, dice Wanda,
luego de una noche de copas.
Por eso el viaje exterior es esa
búsqueda compartida de dos mujeres unidas por las desagracias que las
diferencias políticas ocasionaron en una
Polonia acostumbrada a invasiones permanentes. Las huellas del Régimen
soviético pasaron como un huracán en un país de fríos permanentes y de rostros
opacados por la tristeza debido a la
inferioridad ante un monstruo de mil
cabezas que se encargó, durante los años cincuenta, de asesinar a miles de
opositores. Pero la guerra también envolvió a esa nación por razones étnicas. Miles de judíos
fueron encerrados, torturados, asesinados y sepultados como individuos
anónimos. Dos de ellos, los padres de Ida fueron víctimas extraviadas por el río del tiempo.
Ida finalmente encuentra un cruce, un punto de inflexión a su viaje: el
reconocimiento de que aquellos huesos desenterrados por el asesino de sus padres
finalmente corresponden a una parte inédita de su propia vida, quizás la única cierta, aquella
que le revela la muerte como una certeza. Salir al mundo y encontrar en él que
el viaje exterior no aporta mucho para el espíritu del hombre, permite entender
que ese mundo se encuentra inundado por las mismas aguas que humedecen los
sentimientos hasta convertirlos en una sustancia humana común.
En “Ida”, los espacios pesan
demasiado. Los primeros planos se inundan de luces y sombras con el fin de que
los espectadores develen en ellos un clima exterior transparentado como un
vertimiento de tormentas interiores en rostros
acompasados por el frio de afuera. Los enfoques colocan a Ida y a Wanda en la
parte inferior del cuadro, con lo cual, hay espacio suficiente para los objetos
que se muestran desenfocados al fondo. El director Pawel Pawlikowski parece
decirnos que las personas y los objetos son simplemente fusiones con el espacio.
Entre la indiferencia de las cosas habitamos los hombres con nuestras penurias,
con nuestras obsesiones, con preguntas y deseos no satisfechos en un flujo constante
que no quitan ni aportan a la inmensa
nada que constituye la existencia. Pero precisamente por eso vale la pena
vivir. Porque ya estamos vivos. Ida, en su corta vida entiende claramente esta
paradoja.
Ese descubrimiento de Pawlikowski,
con esta magnífica y hermosa actriz natural, Agatha Trzebuchowska, le da todas
las posibilidades de expresar, en un rostro fresco, esa historia conmovedora. Y
la contraparte, una actriz profesional
de teatro y televisión, Agatha Kulesza,
expresa el compromiso puro con sus propias creencias, no las de La iglesia
católica sino aquellas que son afines consigo misma. Mientras Ida se funde con
la religiosidad en Dios, Wanda se funde con su falta de fe. El suicidio de
Wanda es el triunfo del nihilismo. El peso de la existencia, esa consumación
inútil que le da pábulo a toda duda, hacen de Wanda un modelo supremo de la
imposibilidad de creer en algo.
Pawlikowski nos lleva a
identificarnos con esa feminidad desveladora. La vemos en el baño de las
novicias mojando su cuerpo con un tazón, momentos antes de tomar sus votos. La
vemos también en el descubrimiento del cuerpo de Ida, quitando su manto
mientras se observa en el espejo, para luego entregarse, en una especie de “carnaval
privado”, a la vida espiritual. Y la
vemos sobre todo cuando Ida entrega su virginidad al joven músico de jazz que
toca las melodías de Coltrane con tanta pasión. Entre Ida y Wanda, surge esa solidaridad
ejemplarizante que solo puede despertarse entre dos mujeres, no importa el
abismo generacional y existencial que exista entre ellas.
“Ida” ha sido escogida como la
mejor película europea del último año. Su virtuosismo la eleva al sitial de
honor de las obras fílmicas que permanecerán en la memoria de los cinéfilos
mientras el cine siga siendo arte.
Camus A. (1995) “El mito de
Sísifo”. Altaya: Barcelona.



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