No te preocupes, seré piadoso contigo
De Galder Gaztelu.Urrutia
No es inusual que sigamos apreciando estrenos cuyo tema es el de la lucha
de clases, sin que se quiera mostrar un mensaje explícito del problema, sino velándolo
mediante géneros o mediante historias que suelen dialogar con la ciencia
ficción, por ejemplo, o el terror en otros casos, o quizás una mezcla de ambos,
para captar la atención de un público no acostumbrado a los discursos
políticos. Con “Parásito”, la reciente ganadora de la Palma de Oro en Cannes y
del Premio Óscar a mejor película internacional, el humor es el componente
extra pero a la vez obnubilante de la obra que se quiere contar como una simple
invención de un buen director y de unos buenos guionistas, sin embargo, su
director, Bong Joon-Ho, lanza una aguda crítica social que no escapa a ciertas
reflexiones sobre la condición humana en general. Y no es que la política y el
hecho de ser hombre no sean lo mismo, sino que, con fines particularizantes,
uno de los conceptos casi siempre prima sobre el otro. Con su “Snowpiercer”,
ese director coreano encuentra su némesis cinematográfica, al mismo tiempo,
pero sin los premios que se llevó aquel. De una ciudad vasca proviene el
director que hizo posible semejante similitud: Galder Gaztelu-Urrutia. Con esa
obra llamada escuetamente “El hoyo”, el director vasco, nos trae una historia
distópica sin referentes cronológicos precisos, aunque esté cargada de una
cantidad de mensajes a veces explícitos que impresionan los sentidos de los
espectadores por el exceso de sangre, menos sutil, pero no menos llamativo y,
por la crítica social que realiza contra las clases más poderosas
económicamente.
Un hombre se despierta en un recinto de piedra y medianamente iluminado,
mientras pregunta a un anciano al otro lado de la habitación que es separada
por un hueco de forma cuadrada, por los motivos de su estadía en aquel lugar. Un
cubo de piedra sube y baja entre niveles con sobras de comida, dependiendo del
nivel en que se encuentre cada pareja de personas. Esa es la historia que
cuenta el director español en esta obra fílmica. Por lo que se infiere, surgen actitudes
reprochables de la condición humana que hunden en un agujero profundo la
bondad. Pero, aunque dichos comportamientos permanezcan latentes en los
hombres, no pasan desapercibidos ante nuestro estado original que es el de
necesitar al otro, convivir con los demás para asegurarnos colectivamente la
supervivencia. ¿Pero qué pasaría si, los otros se convirtieran en obstáculos
para conseguir aquello que nos permita lograr nuestra sobrevivencia física? Esa
es la pregunta de fondo que se va respondiendo con escenas explícitas sobre el
egoísmo del hombre. Sin embargo, la retahíla de aversiones instauradas por el
director como una apuesta por la maldad inherente a la especie, no alcanza la
bipolaridad cromática, sino que deja titilando la lucecita de la esperanza con
algunos comportamientos que algunos personajes tienen. Una mujer, con perro un
salchicha aboga por la igualdad en las raciones alimenticias, ya bastante
desgastadas después de bajar por los niveles, pero su empresa filantrópica
termina sepultada por la rapiña; una joven mujer que asciende y desciende sobre
el cubo, termina matando a los agresores que se abalanzan por la comida sobrante; Goreng y Baharat, dos
hombres de buen corazón deciden repartir los alimentos de manera equitativa y,
para ello, utilizan las armas en una actitud que es tildada por otros
personajes como comunista; una jovencita que habita el sótano de la
construcción termina por convertirse en el símbolo de los hombres ante la
maldad de unos seres que cruzaron la frontera de “humanidad” que se supone
navega en las frías aguas del ser humano.
“El hoyo” es una película que debe mucho a las buenas actuaciones de sus
intérpretes. El veterano actor vasco, Zorion Igueleor, se lleva la atención a
lo largo de la película por su estilo reposado y realista de la situación. Su
actitud retorcida no es más que el sentido práctico que la experiencia le ha hacho
desarrollar. Sus exigencias gestuales y su proxemia ayudan a construir una
atmósfera voraz con visos terroríficos como si de “Saw” o “El cubo”
estuviéramos hablando. Este actor es una conciencia grandilocuente que mantiene
latente la necesidad de pecar, pero también la necesidad de reparar las
faltas. Asimismo, el protagonista del
filme, Iván Massagué, administra bien las dosis contrapuestas o mezcladas de
inocencia y perversión. Su necesidad de supervivencia va facilitando el
comportamiento preciso ante su corazón manchado por las urgencias fisiológicas.
Su voz es el asombro por el mal. Y ese mismo sustrato de bondad hace que obre
de acuerdo a la situación, torciéndola para que todos los implicados tengan lo
necesario para sobrevivir. Es un bastión transformador del mundo como una
réplica de la desigualdad, en que los ricos esclavizan a los pobres. Por su
parte Emilio Buale, agrega esa dosis necesaria de fuerza física acompañada por
el deseo de equilibrio social; sus gestos, ademanes, su empeño en repensar la
situación social, compiten con la bondad que Goreng trae consigo. Su color de
piel es un agregado más a la desigualdad cultural de los hombres entre sí.
Finalmente, esa tremenda actriz llamada Antonia San juan, articula el
sacrificio como condición para que otros surjan con el desbarajuste que
significa la crueldad humana.
Visualmente “El hoyo no admite críticas negativas. Su cuidadosa puesta en
escena es el premio a un gran guion. Esta nueva distopía cinematográfica
permite seguir hablando de las inequidades que pululan en nuestra sociedad
contemporánea. Su exhibición estética se ha vuelto algo natural.

Comentarios
Publicar un comentario