El capitán Amundsen
De Espen Sandberg
En una época de exploraciones concebidas para descubrir la inmensidad de la
tierra y además para consolidar los imperios, varios hombres destacaron por su
tenacidad, por su curiosidad y por su necesidad de demostrarse a sí mismos que
podían vencer las dificultades de la naturaleza. Quizás el más raro de ellos,
de nacionalidad noruega, y de nombre Roald Amundsen, emprendió una de las
empresas más arriesgadas, capaces de robarle territorio a lo desconocido. El
arribo a los polos siempre fue una obsesión de los ingleses, luego de haber
llegado al nacimiento del río Nilo a mediados del siglo XIX, con dos o tres
hombres temerarios como Richard Francis Burton y su némesis John Hanning Speke.
Arriba lo intentaron los estadounidenses Robert Peary y Frederick Cook, pero de
sus logros siempre surgieron dudas que el tiempo no ha podido aclarar del todo.
Abajo, el mítico explorador inglés Robert Falcon Scott que desapareció en el
desierto helado cuando la Antártida se convirtió en una de las obsesiones más
grandes de cualquier hombre de acción que veía en el paisaje su más grande
rival, pudo adelantarse al explorador noruego, pero la muerte lo encontró
primero a él en su viaje de regreso, luego de haber pisado el mismo punto que
daba término al objetivo trazado de llegar a ese punto meridional más extremo
del planeta tierra.
La personalidad de Amundsen era controversial, sus palabras no alcanzaban
siquiera para llenar unos cuantos párrafos de alguna nota periodística; su
parquedad era una de sus mayores falencias ante los medios, pero cuando ese
hombre blanco se introducía en los más inhóspitos lugares, se transformaba como
uno de los más avezados capitanes de todos los tiempos. Frente al gobierno inglés le faltaron
argumentos para lidiar contra los argumentos imperialistas de los pesos pesados
de las sociedades científicas de los británicos, que sentaron cátedra en
materia geográfica, casi sin ningún rival académico. Por eso cuando un noruego
se les adelanta en el propósito de descubrir el último lugar no explorado aún,
el ego de aquellas vacas sagradas se resiente.
En 1909 se lleva a cabo la primera exploración sería hacia el Polo Norte,
pero ninguno de los exploradores mencionados pudo completar el objetivo. Cuando
Amundsen decide ir hacia el extremo septentrional del mundo, Peary ya se había
adelantado y en una decisión arriesgada, cambia el futuro de este hombre que
había soñado con llegar al polo antes que nadie: vira hacia el sur y emprende
su odisea hacia las aguas más heladas del planeta. El sur lo esperaba con más anhelo.
De su niñez recuerda las hazañas de un gran noruego: Fridtjof Nansen quien
avanzó más al norte sobre el mar del mismo nombre, además de haberse convertido
en consejero real en unos años donde los exploradores eran figuras públicas de
alto renombre.
Si bien, la película de nombre “Amundsen”, narra las peripecias de un
hombre que no podía vivir en medio de las ciudades europeas que ya se
convertían en grandes metrópolis. Aunque la serie de eventos que el director
Espen Sandberg pretende abarcar es muy extensa, el punto fuerte de la obra
fílmica radica en escudriñar los caracteres marcados de la personalidad de ese
héroe nórdico que estuvo varias veces a punto de morir en el polo sur. El autor
de esta película ya había incursionado en una obra sobre otro explorador
icónico de noruega llamado Thor Heyerdahl y que había impreso en “Kon-Tiki”,
demostrando su patrón narrativo de adentrarse en empresas medio dementes ante
los embates de la naturaleza. Amundsen era fundamentalmente apasionado,
meticuloso, detallista hasta con los artilugios más mínimos que pudieran dar al
traste con sus objetivos. Una prueba de ello fue haber zarpado en un barco
prestado que tenía la aerodinámica y los materiales adecuados para sortear las
dificultades del paisaje polar, así como haber llevado perros esquimales en
lugar de equinos pequeños que no podían soportar las mismas condiciones de los
caninos y que tal vez, se erigió en el principal motivo por el cual Scott no
pudo completar la expedición.
La obra narrativa quiere explorar también la personalidad de Amundsen pero
desde un punto de vista exterior. Sus peripecias son contadas por su hermano
mientras la compañera del explorador escucha sin poder creer del todo lo que
aquel cuñado le dice. Las recriminaciones abundan, pero aquella mujer le hace
ver a ese hombre amargado que Roald pudo ser el gran hombre que fue sin su
ayuda. El dinero, pese a haber provenido de ese hermano denodado, la valentía y
el riesgo son dos principios que no sobran precisamente en este mundo.
El corazón de Amundsen ardía de pasión con las personas. Sus amoríos con
mujeres casadas eran famosos. Adoptó dos niños inuits y los matriculó en
la escuela, pero cuando se fue a viajar los entregó sin ningún prejuicio a un
desconocido. El amor y la pasión de su vida siempre se los entregó a la tierra.
Fue como un antropólogo defensor de los pueblos que conoció en sus viajes, a
los esquimales los ensalzó frente a la arrogancia británica esgrimida en los
círculos de académicos.
No bastó haber sido recibido como un héroe nacional en su natal noruega,
necesitaba adentrarse otra vez en otro reto. Acepta surcar los cielos del Polo Norte
en un pequeño avión, primero, y luego, en un dirigible de nacionalidad italiana
al mando del capitán Umberto Nobile. Ante el extravío de éste, el corazón de
Amundsen vuelve a quemarse como el fuego y emprende un viaje para intentar
rescatarlo.
La película es un noble intento de poca virtud artística, que reivindica
los logros de un gran explorador.

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