Dolor y Gloria de un viejo cineasta
Con más de veinte películas en su carrera cinematográfica, Pedro Almodóvar,
que ya ronda los setenta años, nos trae una obra, la más autobiográfica de
todas, que desanda sus pasos con una tranquilidad expresiva y unos visos de su
enorme sensibilidad como director. Las razones por las cuales el artista
manchego se mira en el espejo, transitan por los rincones escondidos de su
vida, hasta encontrar un modo de expresar parte de sus fobias, de sus
obsesiones, de sus afectos más entrañables, con la serenidad que un hombre de
su edad ha obtenido, luego de mostrar a los espectadores la exultación de su
enorme creatividad.
El título ya es un indicio de los
meandros por los cuales se ha erigido como un cineasta de estilo personal, en
donde sus personajes son modelos de su propia vida; ellos buscan lo que
Almodóvar ya encontró, pero no ha podido expiar con la suficiente tranquilidad
para disfrutar de una paz que le ha sido esquiva. Almodóvar es un artista
confesional; expone en sus obras todas aquellas cosas que conforman la sociedad
en la que vive, a regañadientes, aunque sin la menor de las satisfacciones. En
“Dolor y Gloria” ese director de nombre Salvador y de apellido Mallo, se
refleja la vida privada de alguien que ha llegado a un punto de la vida en el
cual las personas molestan; de su pasado sobreviven los recuerdos como pesos
inaguantables que se desfogan por los poros de un cuerpo enfermo, que se
balancea entre el dolor de espalda y la herida mortal que habita su alma. De su
amenaza de muerte ante los embates de un tumor esofágico, la fortuna le brinda
una segunda oportunidad. Ese acercamiento a la muerte se observa en las
constantes visitas al doctor, que se ha convertido en un amigo más, por la
costumbre, y no por la afinidad natural.
Hay momentos de generosidad inusual que el director construye para que su
personaje, un director emblemático de España, los exprese. Las lecturas de un
escrito informe, por fuera de cualquier género, descubre las ideas que han
sobrevivido latentemente, hasta que la decisión de decirlas, las hace fluir. La
primera de esas ideas se la lleva el recuerdo de su madre, una mujer entregada
a la familia como una condición insuperable. La inteligencia práctica, la de la
ropa lavada en la quebrada, o la de embellecer las paredes de una cueva, o la
de superar la intemperie, por sus condiciones económicas deplorables, son un
aliciente para criar a su hijo casi sola, mientras su esposo apenas consigue lo
necesario para sobrevivir, por eso el hombre de la casa es una mera curiosidad
porque la figura de esa mujer setentera, setentera marginal, lo encandila todo.
De la belleza enérgica de juventud, la madre de Salvador ha pasado, en la
narración fílmica, a un estado de profunda tristeza, en la que su hijo ocupa el
lugar principal de su corazón. Hay recriminaciones mutuas que duelen, hay
confesiones inesperadas aunque sospechadas en el fondo del alma. El trato
delicado de Salvador a su madre es la retribución por los sacrificios de sus
años mozos por brindarle la mejor de las posibilidades a una familia pobre que
debe recurrir a la curia para lograr un futuro académico que por otros medios
no podría concretar. A los sacerdotes rondan ciertos resentimientos que
Almodóvar expresa en cada escena donde aparecen. Tanta severidad es un
descubrimiento de si mismo por la exigencia y por el enclaustramiento. La
segunda, corresponde a su trabajo encubridor de miedos que permiten ocultarlo
detrás de las tramas que tejió como cineasta o como hombre que cultivó ciertas
amistades, aquellas que le brindan uno de sus actores anteriores o la magnífica
compañera que funge como representante o la huidiza y monológica amiga,
interpretada por Cecilia Roth. Su trabajo se lo ha consumido hasta ponerlo a
vivir en una mar de divagaciones que aplazaron ciertas citas o compromisos con
quienes decidieron quererlo, incluso aquellos espectadores que lo reclaman
desde la lejana Islandia. La decoración de su apartamento, es una disposición
visual de sí con la elegancia de quien tiene el ojo afilado para escoger
colores y formas en cuadros bien puestos; sus libros son compañeros en una
soledad autoimpuesta cuando las personas que vienen se despiden rápido, con las
manos en la empuñadura del pomo de la puerta para acelerar una salida o una
despedida. Por eso Salvador Mallo rechaza una noche de intimidad con un antiguo
amante bisexual que ha decidido contar ese pasado a uno de sus hijos y con un
apasionado beso sella un ciclo que había quedado abierto.
Porque Almodóvar ha comenzado a cerrar ciclos. Sus películas han sido
ensayos sugerentes de su confesa homosexualidad, de su conocimiento encomiable
del universo femenino y ahora, de su propio yo. Un hombre que ha consumido sus
días en una onda creativa que con las imágenes de sus películas abrió su
corazón al mundo.
El artista español reitera su estilo fílmico haciéndole un lugarcito a sus
personajes sin que nada ni nadie pueda robarles un ápice de protagonismo. Los
primeros planos en los que aparecen, tienen algo nuevo para contar, existe
siempre un nuevo detalle que los desnudan. Su cine es un cine de personajes
donde las situaciones bailan al ritmo de las vidas privadas. Ningún individuo
es invisibilizado, todos tienen voz en las películas de este gran director que
ya comienza a despedirse.

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