Me han robado la memoria
El número de películas sobre la Segunda República es innumerable, muchas de
ellas parecen repetir los datos que la mayoría de la gente conoce. De
franquistas y republicanos hemos visto varias versiones sobre los mismos
hechos, pero esa prolijidad no es un problema si una de esas obras ofrece una
mirada distinta de situaciones que suelen olvidarse por los recelos de la
memoria, en cuya trayectoria siempre se atraviesan acontecimientos cotidianos
que van sepultándola hasta echarle tierra definitivamente como si los hombres y
las mujeres que murieron por causa de semejantes ignominias, nunca hubieran
existido. El corazón del problema radica en la construcción de una realidad
amañada, completamente inclinada hacia uno de los lados haciendo creer a la
opinión pública en la edificación de un estado remozado en donde las heridas ya
cicatrizaron.
Tres directores españoles, Jon Garraño, Aitor Arregi y José Mary Goenaga
nos entregan esta genial obra cinematográfica enfocada en un personaje, de esos
hombres de carne y hueso que padeció las balas y los golpes de la guardia
franquista, en medio de un caos político, donde los muertos y los desaparecidos
se contaron por montón, sin que la misma España se diera cuenta de su propia
odisea. “La trinchera infinita” es la historia de un individuo que logró
escapárseles a los militares fascistas y debió ocultarse durante treinta años
en su propia casa, en una reclusión de unos cuantos metros cuadrados, bajo el
único cuidado de su mujer y a veces de su hijo, quien va creciendo con cierto
resentimiento por la condición de su padre. A este hombre, cuya experiencia fue
similar a la de cientos de españoles que se escondieron en cuanto lugar
encontraron para resguardarse de la dictadura, le llegó la oscuridad mientras se comprometía con los rojos. A ellos se les llamó topos,
seres que se escondieron a la vista de todos sin poder ver a nadie.
El mundo fue pasando encima de ellos, mientras sus familias envejecían sin su
compañía, porque estar ahí no es lo mismo que estar cerca. En esa vida muerta a
la que se expusieron, la principal de las tragedias fue la de sus esposas e
hijos quienes sabían dónde se escondían, pero no sabían donde se encontraban
sus almas.
La película es un vértigo de hechos pese a que las dos horas veintisiete
minutos de duración parecen catapultarla a una obra más de las tantas películas
largas que no dicen nada. Para mantener
ese ritmo constante, dos actores se llevan el peso de la obra, con dos
magníficas actuaciones. Por un lado, la actriz ya largamente asentada en la
televisión española Belén Cuesta y por el otro lado, un actor que ya es una institución
en el campo fílmico de ese país, Antonio de la Torre, un hombre que tiene
múltiples nominaciones en los Premios Goya. El sostenimiento de las numerosas
escenas que transcurren en esa pequeña habitación improvisada exige lo mejor
del protagonista que multiplica las gesticulaciones, las miradas, los
silencios, como si de lo más natural estuviéramos hablando los espectadores. La
mezcla de colores privilegia esas pequeñas oscuridades que destacan los ojos
del intérprete, como la principal de las herramientas voyeuristas que desfogan
la curiosidad de ese hombre que lentamente va llenándose de un miedo
descontrolado, a veces, demasiado, para las reales amenazas que pendularon en
esa España franquista. Una de las secuencias más estremecedoras es la
intromisión de un hombre ya anciano en la casa de Higidio Blanco, un
“reconocido criminal de guerra” como lo llama aquel individuo vengativo que busca
por todos los rincones de la habitación hasta que encuentra una pared hueca,
hasta que uno de los amigos de la casa impide el desenmascaramiento del
fugitivo: después de treinta años nadie puede estar vivo, o quizás los mismos
guardias han decidido aminorar su labor.
Uno de los puntos fuertes es que el paso de los años puede ser el principal
juez de la realidad. Aquel va cambiando un estado de cosas sin que las personas
apenas se den cuenta. El violador de la esposa de Higidio ha muerto entre los
brazos de ambos, ella aterrada por la escena y su esposo apretando el cuello de
ese hombre que subyace en el suelo de esa habitación impregnada de un olor
insoportable, hasta que los días y las noches atenúan los efectos físicos y el
crimen cometido en eses espacio aparentemente tan común. A ese hombre que se lo
comían los años, el cambio en los sentimientos de los seres cercanos, esposa e
hijo, se le acrecentaron, el cambio de percepciones se acompasó con la desidia
de aquellos que llevaban como un puñal en la espalda, “la cobardía” de aquél.
Los hombres que pasaron por la vida de ella fueron una repetición de la
tragedia de una separación en vida estando su esposo vivo y a pocos metros de
su sitio. El hijo, por su parte, se convirtió en una leve conciencia de la
falta de fortaleza para sobreponerse a esa situación vergonzosa. En cada uno de
los capítulos de la película hay palabras que definen un momento, pero al
contrario de parecer una ruptura con la unidad de la obra, se erige en un
envolvente torbellino de ideas que se muestran en cada una de las escenas.
Cuando Higidio sale de su reclusión encuentra un mundo tan ajeno para él
como tan normal para los otros. La vida es un marasmo de sensaciones propias
que pueden ser tan ajenas para los otros, aunque desde afuera no susciten mayor
atención

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