Volver a Tarkovski

De Aditya Vikram Sangupta

Un director que medianamente se parezca a otro director tan difícil es casi imposible. Ese parecido es un evento maravilloso para la historia del cine, es decir para la historia del arte cinematográfico. El primero de ellos es un joven director que apenas cuenta con 35 años. El segundo de ellos ya se ha ido a la posteridad y su nombre hiela la piel como si estuviese vivo en medio de una tormenta que nos acoge y asimismo nos protege por su benevolencia: Tarkovski. Ese nobel director nació en un país fílmico como la India. Ya cuenta en su escasa filmografía con dos títulos: “Asha Jaoar Majhe”,  y “Jonaki”. Esta obra  es una colección de pinturas armonizadas por la unidad pictórica que el director logra poner en movimiento sin romper la continuidad estética. La dirección de arte, la dirección de sonido, la dirección de actores y la iluminación están perfectamente compaginados como si de un gran cuadro matriz se desprendieran pequeñas composiciones sobre la vida de una mujer octogenaria que destila recuerdos y los mezcla con la realidad presente, de modo que es difícil distinguir entre el sueño y la vigilia, entre el mundo onírico y la violencia de lo fáctico real.
De sus escenas, “Jonaki” destaca por  la armonía entre la coloración de cada uno de los espacios pintados con un tinte gris oscuro o verde oscuro, dependiendo de la hora del día en que el sueño se adentre en la realidad para vivificar las experiencias de esta abuela que busca a su esposo entre imágenes surrealistas. La paciencia del tiempo lo condena a la inacción del movimiento, como si la sucesión de las horas se hubiera estancado para siempre en el recuerdo. Cada plano es una pintura que define el movimiento por las posiciones de los personajes, o por el escaso movimiento de los objetos que componen cuadros inverosímiles. Un hombre de mediana edad espera la consumación de un delgado hilo incandescente que se encuentra incrustado en su frente y que amenaza explotar en cualquier momento. Aquí la sugerencia se impone al movimiento y éste se adivina en la tensión psicológica infundida en el espectador por la espera de los personajes. Algo habrá de manifestarse, sin que la deducción fácil del público pueda descifrarlo. Y no es que el director Adytia Vikram Sengupta se haya empeñado en hacer de un recuerdo un verdadero reto para quienes se atreven a ver esta película críptica, su intención es la de plasmar sentimientos, dolores empotrados en los recuerdos de cómo su abuela se quedó viviendo en la memoria de  aquel muchacho cuando este más la necesitaba. Sengupta quiere ofrecerle al silencio un espacio de honor en la obra porque los diálogos son la prolongación de la imagen que la corrobora, con ese acento suave de los bengalíes. El silencio como preparación para el diálogo no cabe en esta película, más bien el silencio es una preparación para otro silencio más profundo que se hace ruidoso con el paso del tiempo porque lo que expresa la historia es un conjunto de acontecimientos sobre la tragedia de la soledad, del miedo y de la nostalgia de haber perdido algo del alma que jamás tiene la posibilidad de volver a uno.  Por eso los diálogos son fácilmente prescindibles como esperanza de información especial. Los personajes como estatuas afianzan la necesidad de la pose, el perfecto sincronismo entre la posición y el tiempo muerto.
En ese trajín de intenciones estéticas se pueden destacar las preciosas ondulaciones del sonido que introyectan una sensación de humedad en el espacio; las gotas de agua, así como sucede en las películas de Tarkovski, caen al suelo en ondas que dejan ecos ahogados por el vacío de los lugares.  Como efecto estéticamente concebido por el autor en la obra, funciona. No es un detalle menor el hecho de que el agua se encuentre en la mente y en la realidad de los personajes, desde este punto de vista hay una sincronización entre el trabajo del director y las reacciones de los espectadores que se sienten ahogados por la inmanencia de la humedad que lava las heridas de los personajes que aparecen en la película.
La película tal como la califica Sengupta es una obra cargada de sueño, es un reposo permanente que incita al descanso enfebrecido. El peso de los recuerdos absorben la tranquilidad de aquella mujer que se encuentra con situaciones y con personas del pasado que habitan su mundo presente y lo vuelven una mezcla indetectable de fenómenos infectados de tristeza. La vejez de la anciana es la vejez de Lolita Chaterjee, una estupenda actriz que caza perfectamente con el personaje de la película. Lamentablemente abandonó la vida el año pasado, como si ese manifiesto estético que constituye “Jonaki”, pudiera hacer recordarla para siempre.
Con esta obra se recupera la paciencia en el cine. Aunque no es el único director que va por este camino, recordemos al artista tailandés llamado Apichatpong Weerasethakul,  es dueño de un estilo clásico pero  a la vez muy actual. El mundo de los recuerdos, el de la memoria como trama de la realidad actual, la confusión de experiencias que trascienden el sueño o al contrario, la trama de realidades que se han hecho sueño por la hondura de los sentimientos, es recurrente en las obras de Sengupta.
Tarkovski realmente ha dejado pupilos en tiempos inverosímiles cuajados por el vértigo del movimiento físico. Ese universo existencial de los personajes que nos abruma, coexiste con nosotros y nos habla al oído para decirnos que el arte es el flujo de la vida que se vuelve sueño.

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