Madre, te amo, pero
debo matarte
"Yo soy madre", de Grant Sputore
En el cine de ciencia
ficción a veces nos encontramos con
joyitas que enriquecen el género y
aportan profundas reflexiones sobre la condición humana. “Yo soy madre” del
director australiano Grant Sputore, conocido por sus trabajos publicitarios en
su país natal, es una de esas obras. Los productores de la película son los
mismos que se encargaron de “El pingüino emperador”, aquel documental que les
rindió tan buenos resultados.
La historia es la de una niña que
es criada por su madre androide hasta que un día aparece una mujer de mediana
edad en la puerta de la estación donde aquella vive con su madre. La jovencita
decide ayudarla a curar sus heridas pero
la robot se opone a cualquier contacto con el mundo exterior que apenas se está
recuperando de una debacle nuclear. Las dudas entre los tres personajes gobiernan ahora sus vidas. El futuro de la
humanidad depende de ello.
Hay un problema ético central que
permea a toda la obra. ¿Se debe sacrificar la vida de una mayoría de personas
en beneficio de unas cuantas? ¿No vale la pena hacer ese sacrificio si sabemos
que esa mayoría está compuesta por una gran cantidad de individuos indeseables
que pueden poner en riesgo el futuro de la especie? ¿No es preferible salvar a
una minoría de personas sabiendo que los resultados a corto plazo son positivos
a optar por salvar a una mayoría de individuos que pueden traer consecuencias
favorables a largo plazo? Tal vez, la
dictadura de la mayoría no configura la verdadera democracia. Quizá el criterio especializado, consciente y
bien discernido, puede acarrear mejores consecuencias para asegurar el
bienestar de la humanidad.
La obra logra despertar en el espectador
una serie de vínculos emocionales por cada uno de los personajes. La madre
robot (interpretada por la actriz australiana Mary Rose Byrne) parece, en
perspectiva estar haciendo lo correcto, sus decisiones son el fruto de un buen
criterio, concebido con cabeza fría, propia de una máquina que no aparenta
tener implicaciones emocionales con nadie. Sin embargo, en el proyecto que está
llevando a cabo se encuentran grandes dosis de amor por una especie que no es
la suya, que por el contrario le ha declarado la guerra. En todo el sentido de
la palabra hablamos de una buena madre.
La niña (interpretada por la actriz danesa de 21 años, Clara
Rugaard-Larsen), por su parte, ha evolucionado con todas las características
que constituyen a su especie. La conmiseración y el resentimiento se unen a la
decepción; en esas tres emociones, el director apuntala el carácter de aquella
niña, cuya expectativa de vida reside en las esperanzas que tiene la maquina
sobre el futuro de la humanidad. El objetivo de ésta es crear un buen ser
humano que sea representativo de una nueva generación de hombres y mujeres
mejor dotada física y emocionalmente para asegurar el futuro de la humanidad.
En una de las escenas, la madre androide le pregunta, en una de sus lecciones,
si vale la pena sacrificar a un ser bueno para salvar a cuatro humanos
éticamente incorrectos que maten, roben y posean comportamientos reprochables.
Las respuestas de la niña son la evaluación del proyecto. Y la mujer que
aparece como intrusa (interpretada por Hillary Swank) es, según se deduce de
las pistas que algunas imágenes aportan, un experimento fallido, que por alguna
circunstancia logra escapar de la estación.
Su imagen, su personalidad, sus enormes dosis de desconfianza impulsan
los instintos de supervivencia como un rasgo más del carácter propiamente
humano. En esa trilogía se introduce un
personaje no nacido que fungiría como hermano de la niña, su condición
embrionaria es el inicio de un lanzamiento hacia la “nueva raza” de seres
humanos que habrán de poblar el mundo, que está siendo reverdecido por la
recuperación del paisaje para hacerlo habitable otra vez.
La desobediencia de la niña es la
mordedura de la fruta prohibida que contamina el paraíso con el pecado
original, en este recomienzo de la humanidad.
La obra fílmica contiene todos
los elementos esenciales de la ciencia ficción. Una atmósfera sofocante por la
escasez de recursos, en este caso de humanos. Unas condiciones físicas
deterioradas por alguna debacle natural. Una tensión psicológica entre los
personajes que llevan el hilo de la trama
a lo largo de toda la película. Un conjunto de dilemas éticos que generan
una cantidad de interrogantes acerca de la naturaleza del hombre. El género es
un medio para exponer las actuaciones humanas ante condiciones extremas de
vida, en las que los hombres deben tomar decisiones trascendentales en la
defensa de la sobrevivencia. Esa
ambientación apocalíptica debe ir acompañada de una buena ejecución de efectos
especiales, algo que “Yo soy madre” desarrolla en sus justas proporciones. La
fortaleza de esta obra cinematográfica de ciencia ficción reside en una trama
fuerte por encima de la preeminencia tecnológica. No existen escenas que puedan
desecharse, cada una de ellas es imprescindible en el desarrollo general de la
obra. Los puntos de inflexión se van construyendo paulatinamente hasta
exponerlos justamente. En la estación gobierna el orden, afuera hay un caos que
desordena el plan maestro de la androide.
“Yo soy madre” es una película que no puede
evitar que el espectador se solidarice con la robot. No puede uno blindarse
contra los sentimientos que generan el sacrificio de alguien que da la vida por
un proyecto filantrópico, mucho más si quien muere no pertenece a la especie
que salva. Es ella quien se convierte en una vigía de la humanidad. Su proyecto
es un acto de amor por una especie ajena.
Las decisiones racionales pueden no ser muy populares, pero con toda
seguridad, si tienen buenas intenciones, pueden convertirse en la mejor
salida para sortear situaciones
adversas.

Comentarios
Publicar un comentario