El ruiseñor enjaulado

De Rupert Everett
Los últimos años de la vida de
Óscar Wilde estuvieron marcadas por el sufrimiento físico y emocional, no sólo
porque la fama que tuvo durante algunos años en Gran Bretaña, se esfumó por
cuenta de la moral insular, sino porque las personas que más amó le dieron la
espalda, uno de los cuales, su querido “Bosie” lo traicionó hasta llevarlo a la
cárcel de “Reading”. Su esposa,
Constance LLoyd, pese al afecto que
profesó por él hasta la hora de la muerte de ella, le retiró el apoyo económico
no obstante su condición monetaria
pudiente.
Pero también recibió un apoyo
irrestricto por parte de sus mejores amigos. Robbie Ross, su albacea literario,
se encargó de hacer sugerencias a las obras del autor en vida y, luego de ella, recopiló la producción
desperdigada para ordenarla y después realizar las gestiones para publicarla.
Algunos incluso lo relacionan emocionalmente con el escritor, tal vez uno de
sus amantes más cercanos aunque no el más querido por el autor que fue
condenado por el delito de sodomía, cuando el marqués de Queensberry, padre de
Alfred Douglas lo denunció penalmente, con lo cual, el prestigio del autor se
vino al piso; sus obras fueron olvidadas por sus contemporáneos y fueron
sometidas al escarnio público por quienes alguna vez alabaron a Wilde como el hombre más encantador de
Inglaterra.
La película “El príncipe feliz”
del director británico de 59 años, Rupert Everett, es un recuento de esos
momentos aciagos del escritor más
popular de su época. Esta obra centra su
atención en los últimos meses del genio, cuando sus pocos amigos acompañaron los padecimientos
de Wilde, con su ayuda y su presencia físicas en el exilio voluntario en
Nápoles, Italia. Al lado de Ross, Douglas y su amigo más incondicional de
todos, Reggie, el autor rememora parte de sus experiencias en clave de
descenso, desde los momentos más felices de su vida. La película, protagonizada
por Everett, un actor que se ha deslizado por un camino lleno de altibajos, es
una obra desigual. Tiene momentos valiosos como las escenas en las que Wilde narra parte de su “Príncipe feliz”, el
cuento que le da título al filme, pero en general, luce deshilvanada. El ritmo
se trunca varias veces por un énfasis de
nostalgia farragosa que no permite al espectador situarse en el marco de la
historia. Las actuaciones lucen fantasmagóricas, como si no existieran actores,
sino sólo presencias que acompañan el tiempo y no la situación. Tanto Emily
Watson como Colin Firth, desperdician su talento en personajes a los cuales se les hubiera podido explotar mejor,
y sus interpretaciones no logran potenciar la grandeza de un personaje tan
importante para Wilde. Este artista es de esos individuos que siempre facilitan
el trabajo creativo de un director cinematográfico. Por ejemplo, en las escenas
donde el autor tiene la oportunidad de hablar, se aprecia un toque de frialdad
que no era propio de un hombre trascendentalmente alegre como el escritor. En
la aparente banalidad del jolgorio y la fiesta, las palabras lo eran todo, las
palabras enaltecían cualquier acto púbico donde se encontrara.
“Bosie”, interpretado por el
actor británico Colin Morgan, es un personaje complejo por su personalidad
conflictiva. En vida, incluso logró difamar a Winston Churchill porque, según
él, supuestamente éste había conspirado para asesinar a Lord Kitchener, Secretario de Estado
británico para la guerra. Difamación por
la cual Douglas terminó preso. “Bosie”
había conocido a Wilde en 1891, año que sería el encuentro de dos
figuras controvertidas para la Inglaterra pacata que incluso condenó por homosexualidad a Alan Turing. Años después
el científico fue absuelto, algo que no se otorgó a Oscar Wilde, por sus
presuntas relaciones sexuales con menores de 14 años. Como amante del escritor,
el joven aristócrata trajo momentos de suprema alegría, profundas parrafadas
inspiradoras que fueron consignadas en el poema “De profundis”, pero también
las más violentas de las reacciones de ambos, por sus reclamos mutuos, muchos
de los cuales fueron causados por problemas
económicos(a Bosie su familia le había cortado su mesada habitual y,
Constance, la esposa de Wilde, no le dejó nada en herencia). El carácter del
joven fue motivo de comentarios malintencionados en la vida pública de
Inglaterra, su homosexualidad no disimulada causó alboroto en los círculos
intelectuales donde el artista se había
ganado un lugar de honor. Como poeta había logrado cautivar el corazón de Wilde;
más que la grandeza de su obra, su
atracción se debió a la sensibilidad y al carácter pendenciero de un joven que
en el artista representaba los más firmes ideales de belleza.
De su esposa, sólo se muestran en
la película, algunos rasgos melancólicos y algunos detalles de su salud física,
excepto por el amor que siempre guardó a su esposo, a quien le fueron
restringidos los derechos de paternidad de sus dos hijos. Wilde, en general,
era un amante de la elegancia, cuya dosificación del amor estaba bien
repartida. Constance, por las presiones sociales, luego de la condena pública
de su esposo, se alejó de él, pero el
dolor de verse separada de él y este de sus hijos, se convirtió en el peor de
sus males. Wilde siempre quiso regresar al lado de su familia, pero las
circunstancias propiciadas por una sociedad conservadora como la inglesa, se lo
impidieron.
“El príncipe feliz”, es una obra
que se asoma someramente al inolvidable Oscar Wilde pero que no hace un
homenaje siquiera a la potencia de un actor tan prolijo como él. Rupert Everett, seguirá siendo el actor de
“Crónica de una muerte anunciada” de Francesco Rossi, pero su carrera como
director es una luminiscencia que en unos pocos meses, se habrá apagado para siempre
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