Robin Williams, un actor versátil
Es difícil hablar de alguien para quien la actuación se
convirtió en un modo de sacar a la luz dos caras tan disímiles de su
personalidad. Por un lado sus interpretaciones no poseen ningún mérito, no
tienen relevancia, excepto las que buscan escuetamente la ganancia económica.
Películas impúdicas como Flubber, Jumanji
y Una noche en el museo (en sus distintas entregas) tienen este sello. Del
otro extremo surgen interpretaciones bien construidas como Buenos días Vietnam, Hook, El rey pescador, Good, Will Huntiing ,
Despertares, Más allá de los sueños e Insomnia que, unas más que
otras, no se las imaginaría uno en manos
de otro personaje como Williams.
Curiosamente, quien viese el
rostro de este actor, encontraría la gestualidad de un payaso. Se requiere un
gran ejercicio de abstracción para pensar en Robin Williams como alguien con
las dotes suficientes para elaborar papeles dramáticos. Sin embargo, al ver sus
trabajos en las películas mencionadas en el segundo bloque se cambia
inmediatamente de parecer. Sus cualidades histriónicas sobresalen del resto de
actores que suelen llevar a cabo este
tipo de interpretaciones, pues en la comedia estadounidense el exceso de
actuación se convierte en la norma pero
quienes hacen uso de este recurso no dejan ese plus que sí observamos en
algunos de ellos. Williams lo dejaba.
Atrás quedaron las actuaciones de
grandes comediantes como Jerry Lewis, Gene Wilder, el desaparecido Richard Pryor,
que sucedieron a los hermanos Marx,
quizás los artistas más influyentes en este género. De ellos sobresalían,
además de sus cualidades actorales innatas, una suerte de candor sin caer jamás
en la ingenuidad. De sus trabajos siempre se podían extraer algunos mensajes
sobre la condición humana, papeles divertidos pero llenos de humanidad y una
ambigüedad inteligente desprovista de eso que ya no deja lugar alguno para el
velo. Por el contrario, los humoristas más famosos en el cine actual perdieron ese toque de ingenio no
solamente porque las historias decayeron en calidad sino porque ellos mismos se
adaptaron irremediablemente al tipo de humor que exige el público hoy. Los
actores de comedia perdieron la inocencia cuando salieron del Edén en el que
ciertos principios decayeron producto de la fluidez de las relaciones que
caracterizan a la sociedad de los años
que corren. Hombres como el canadiense Jim
Carrey, Adam Sandler y Ben Stiller son
súper estrellas demandadas por un público ligero al que más allá del gesto
obsceno y la palabra desabrida no les interesa las grandes reflexiones. Y no es
que la comedia tenga como propósito de
base la intención moralizante. La comedia puede tener como pretensión única el
mero divertimento. No obstante, la comedia cinematográfica, para ser valiosa,
requiere manejar adecuadamente los recursos que el cine le demanda, si no
quiere quedarse en un divertimento que traicione las esencias por las cuales el
cine sigue encauzándose como un medio que ha definido y seguirá definiendo sus
propias reglas.
Curiosamente Robin Williams parece
tener dos públicos, cada uno de ellos reverenciándole como una estrella. Son
dos públicos que no parecen cruzarse en ningún momento. Si alguno de ellos resalta
uno de sus papeles en uno u otro de los extremos, olvida conscientemente sus
otros trabajos inscritos en el otro lado. Como actor de comedia, continúa la tradición que el gesto
grandilocuente perfila en los roles interpretados por sus colegas de género.
Pero sus papeles dramáticos, aquellos por los cuales resulta insoportable, es
decir, su gestualidad, pueden destacarse
como lo más eximio de su trabajo.
De sus personajes siempre
quedarán arquitecturas dramáticas imposibles de olvidar. Desde las más emblemáticas
como el profesor John Keating en la academia Welton, intentando transformar
valores tradicionales desde un modo de mirar la educación, a un estado menos
desinhibido, en donde la libertad y el criterio propio constituyan el norte de
los estudiantes sobrepasados por un regimen autoritario, pasando por el
innovador doctor Sayer quien experimenta con un medicamento en un paciente aquejado
por encefalitis letárgica, hasta su muy recordado rol como el profesor de historia que habita las
calles de Nueva York y busca por todos los medios el Grial. Sus personajes
siempre ponen la vida al servicio de una causa impostergable, sus peripecias
tienen como función un propósito benefactor, con medios insólitos pero persiguiendo fines loables en
la abigarrada complejidad del mundo humano. La solidaridad acrecienta la pasión
por llenar de nuevos sentidos una vida consagrada al arrobamiento por un yo destruido,
en muchos casos. El atormentado psiquiatra Sam Maguire puede dejar a un lado su
propio pasado para contribuir en la sanación interior del joven genio Will,
cuyo carácter impide la realización de logros más elevados en su vida. O
el gesto de humanidad del heterodoxo doctor Adams haciendo uso de su
risaterapia para intentar curar a los
niños de enfermedades terminales.
Robin Williams trabaja con uno de
los ingredientes más importantes de la psicología humana: El estremecimiento
ante el dolor del otro. En sus películas, brotan capsulitas de simpatía por un
hombre de risa fácil, estrambótico de movimientos, pero sensible al dolor del
otro. Su trabajo hace simple la elección
de algunos directores para los que el trabajo del actor fallecido el pasado 11
de agosto de este año, se adecua perfectamente. Pensaría uno que ciertos guionistas
escribieron para él, pensando en su proxemia, deshilvanando toda la complejidad
que caracterizaba su personalidad multiforme.







Comentarios
Publicar un comentario