La condición humana,
una joya fílmica sobre el belicismo.
Bajo la sombra de Akira Kurosawa
permanecen en el olvido grandes directores que no tuvieron la misma suerte del
maestro japonés. La publicidad se comporta de modo selectivo, censura a los que
no cumplen con ciertos postulados que el medio ha erigido como su marca de identidad
y ensalza a quienes marchan al mismo
ritmo de los gustos del gran público, al parecer libres, pero que en el fondo
se extraen de las mismas propuestas haciendo parecer que se vive en el reino de
la libertad.
Autores como Yasujiro Ozu,
Hiroshi Inagaki y Masaki Kobayashi, entre otros, hacen parte de un conjunto de
autores que el país nipón produjo a lo largo de su cinematografía. Desde la
inspección de sus valores morales que ponen en cuestionamiento comportamientos
arraigados e identitarios de una vasta cultura, hasta la actitud regocijante de
creadores que ven en la expresión estética una posibilidad de objetivación
vital, asistimos a la demostración de que, en un país explícitamente
autoritario, los artistas se convierten en la conciencia moral de un pueblo
acostumbrado a la guerra.
Masaki Kobayashi, un verdadero
autor, desafía la imagen de institucionalidad rígida que tienen los japoneses.
Su trabajo nos conduce a un mundo de sombras que adivina un rayo de luz en la
desolada penumbra del conflicto humano. Esa es la propuesta de una monumental
película, cuyo nombre, por demás sugestivo y grandilocuente, se abre paso en
medio de los esfuerzos cinematográficos por aportar una reflexión más sobre ese
mal perenne que constituye la guerra. La condición humana, una hermosa,
terrible y gélida trilogía compuesta
por No hay amor más grande (1959), El
camino a la eternidad (1959) y La plegaria del soldado (1961) ha sido y lo
seguirá siendo un referente importante sobre los dramas bélicos que algunos directores han tomado para
plasmar bajo su propia lente, las causas, las implicaciones y las consecuencias
de la violencia humana.
La película es una apuesta
solidaria del cine sobre la dialéctica que puede generarse entre el individuo y
el colectivo. Kaji, un supervisor
japonés que escoge el trabajo en una mina para escapar al servicio militar, se
opone férreamente a los desafueros del ejército, a favor de unos prisioneros de
guerra chinos que en la tercera parte pisotearán el cuerpo maltrecho por el
dolor y el hambre de su bienhechor. La convicción de un simple soldado, el
mismo Kaji, no sirve de mucho ante
las jerarquías militares que humillan a sus mismos compatriotas, porque frente
al autoritarismo de los superiores, el esfuerzo de un solo hombre solo crea
odios e indiferencia. En la segunda parte, la solidaridad no tiene sentido
cuando el “héroe”, intenta defender a los compañeros más vulnerables por su
constitución física o por su debilidad
mental. Pero la voluntad y el empeño por defender los valores individuales que
obedecen a sus convicciones más acendradas no tienen ascendencia en nadie,
vemos por ello la conmovedora lucha de una pequeña masa ante el todopoderoso
ejército del imperio del sol naciente. Finalmente, la tercera entrega, una
hermosa película de 190 minutos, nos muestra las desventuras de aquel soldado
solitario, protegiendo a sus compañeros,
al ordenar la búsqueda de cáscaras de papa para no morir de hambre y la recolección de pedazos de ropa escondidos
en los basureros con el fin de engañar el frío invierno ruso.
Kobayashi, un genio renegado que
hace una profunda crítica social en un país, donde los artistas también participaron
en las conflagraciones mundiales al servicio de un imperio con grandes
aspiraciones colonialistas se arriesga
con este film de más de nueve horas de duración. El Japón, un país imponente,
que en la segunda guerra invadió a gran
parte de Asia, incluyendo la tan vapuleada Manchuria, centro valioso de acopio
de recursos naturales para la guerra, sometió sin vacilaciones a los mismos chinos en su territorio. Esa
experiencia, la del soldado “secuestrado” por su país, marcó de una vez y para
siempre sus percepciones sobre las injusticias de una institución tan
jerarquizada como el ejército. Por eso, uno entiende al recorrer los planos, al
introducirse en el mundo interior del personaje principal, al congraciarse con
su causa, al recorrer ese ritmo pausado pero siempre interesante de la
historia, que las experiencias extremas moldean necesariamente la visión que alguien construye del mundo. En medio de
tanto talento, el ser humano también es alguien que merece un juicio severo
sobre su comportamiento, por eso existe la moral, por eso las leyes y, por eso
el arte se convierte en un bello tribunal sobre los asuntos de los hombres.
La condición humana es una
moraleja, una dura lección de la tensión producida entre los individuos
valientes y el inflexible poder de las instituciones. ¿Qué puede haber más
férreo y más omnipotente que un ejército? Otras
películas como Apocalipse now, La chaqueta metálica y La delgada línea roja son un intento serio por colocar en imágenes, esa maldad
permanente que se objetiva en armas de una propensión, al parecer natural, de
esa pulsión tan nuestra como seres humanos que constituye la guerra. ¿Y qué
puede hacer dignamente y medianamente bien un solo hombre contra el poder
absoluto que un conjunto de hombres armados y respaldados por un Estado autoritario deciden o son obligados a adoptar?
Nakadai Tatsuya
Kobayashi parece decirnos que la
esperanza está perdida. Solo queda persistir en la más inútil de las empresas
humanas. La oposición solitaria en contra del imperio de las instituciones. La
guerra no es sólo un fenómeno pasajero, es también, el principal medio de
expansionismo del que hacemos uso los humanos para desfogar nuestros deseos de
poder. No importa que se asesinen sueños de hombres que incluso dan su vida por
defender convicciones desusadas pero que todavía mantienen la esperanza de
conservar el respeto de la dignidad humana.
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