El gran hotel Budapest
De Wes Anderson
Mucho se ha dicho de un autor
cinematográfico como Wes Anderson. De su trabajo se tienen ya críticas
consolidadas, que no ponen en duda su originalidad y el estilo personal que lo
caracterizan, rasgos propios de un artista que ha encontrado un modo particular
de hacer cine. Aspectos como la construcción de las narraciones que usualmente
son en primera persona, el esfuerzo detallado de las escenografías adornadas de
unas coloraciones llamativas, por no decir estrafalarias, personajes neuróticos
que delinean caracteres caricaturescos,
entre otros.
De sus 45 años, Anderson ha dedicado
gran parte de ellos al trabajo audiovisual. Películas como The royal Tenenbaums o la muy celebrada y aclamada y sobrevalorada,
Moonrise Kingdom, le han catapultado
al selecto círculo de los realizadores “de culto”. Uno de los síntomas que confirmarían tamaña afirmación es la participación, tal vez desproporcionada, de estrellas
rutilantes que iluminan el firmamento de Hollywood. Desde actores consagrados
por la fama y el prestigio concedido por la “buena” crítica, hasta hombres del espectáculo
que fungen de actores, los films de este director texano, parecen un desfile de
superfiguras que descorren por la pantalla como si debajo tuviesen una alfombra
roja. Incluso hasta el mismo Owen Wilson, un prototipo del actor que participa
en cuanto bodrio cinematográfico le proponen, es un habitual de aquellas
producciones, hechas en comunión con su amigo cineasta, pues también hace parte
de la escritura de algunos de los guiones que luego protagoniza.
Pero hablemos más bien de su última
película, una obra inflada por los rumores de buen director, además de un
reparto que puede disputarse cualquier buen productor.
El gran hotel Budapest, aparentemente basa
su argumento en las memorias del genial escritor alemán Stefan Zweig que entre
otras cosas puede decirse de él que elevó la escritura biográfica a un género
narrativo imprescindible para todo buen lector. Habría que mirar cuál fue el
criterio de Anderson para seleccionar las experiencias y los pensamientos de
Zweig en la construcción del argumento que nos enseña a través de esta historia
barroca en sus formas, aunque ligera en su construcción narrativa.
Tilda Swinton
Dos aspectos se destacan de la película. Del
primero emergen las bellas escenografías diseñadas como si fuesen un verdadero
cuento, extraído de algún libro mágico al que se le imprime movimiento en la
imagen. Del segundo, la notoriedad de las actuaciones aparece acorde con la
historia fabulada y colorida hasta la saciedad.
La sensibilidad de Anderson, hace de
los decorados fondos que resaltan para ser congruentes con el cuento. En ello
la estética no es óbice para que la imaginación construya relatos en los que hechos acontecidos
realmente se entrecrucen con la ficción. El merito del director radica en que
construye hilvanadamente una narración fluida, con una atmósfera ficcionada en
la que los personajes hacen parte del decorado y no perviven al margen de él.
Ese primer acierto nos deja la sensación de que el autor ha logrado su
cometido. Tanto la simetría como la múltiple correspondencia
pictórica, dan cuenta de una composición de planos virtuosa. Hay que decirlo:
el cuidado de las imágenes hablan claramente de un esteta, preocupado por
afianzar la solidez de su estilo en todo lo que muestra como director.
Asimismo, la dirección de actores
conserva en las imágenes todo lo que un buen director les puede pedir a los
intérpretes de sus ideas. En el papel central el administrador del hotel, Ralph
Fiennes no pierde credibilidad debido
primordialmente a su trayectoria
profesional en la que ha interpretado papeles serios, hombres de
carácter adusto, dispuesto más a la reflexión que al histrionismo corporal.
Esto demuestra que su versatilidad es parte integrante de su talento que le alcanza para representar distintos
personajes y puede hacer de ellos verdaderos trabajos de exigencia actoral.
Para el rol de Zero Mustafa el
director escoge a Tony Revolori, un muchacho de dieciocho años, conocido por sus breves
apariciones en la película de Alexánder
Payne, Nebraska y algunas series televisivas de los Estados Unidos. Y la constelación de estrellas cumple: Edward
Norton, Adrian Brody, Harvey Keitel, Bill Murray, Jef Goldblum, Tilda Swinton,
Willem Dafoe, Owen Wilson y el gran actor de origen libanés F. Murray Abraham, recordado
por su papel de Antonio Salieri en Amadeus,
de Milos Forman.
El gran hotel Budapest es una película que complace
a todo tipo de público. No sólo la crítica especializada que considera a Wes Anderson, un director
virtuoso, sino, el grueso de los espectadores, que ve en aquella propuesta una buena
posibilidad de entretenimiento.
La película parece una copia de obras
anteriores, que en su momento se convirtieron en íconos audiovisuales como Joven manos de tijera de Tim Burton. El
manejo de cámaras por su parte ya lo hemos visto en Amelie u otras obras en las que los paneos rápidos y los travellings parecen ir al mismo
ritmo de la necesidad impostergable de velocidad que requiere el gran público.
Pero de qué habla la película…De la
amistad, de la convicción, de la
voluntad, del amor incondicional, del poder… Hallamos en ella un buen cuento
que hace uso de los recursos literarios para representarnos sentimientos
humanos, ambientados estos en la Europa ocupada por ambiciones imperialistas.
Adrien Brody y Willem dafoe
Con los años, el gran revuelo causado
por el film de Wes Anderson quedará como un recuerdo pasajero. Su
sobrevaloración es un espaldarazo a las estadísticas positivas de Hollywood,
para el que los directores reverenciados como aquel, borran un poco la culpa
por la realización de tanto cine prescindible.



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