Lincoln, un símbolo nacional.


Daniel Day-Lewis como Abraham Lincoln-
Steven Spielberg, director

Usualmente catalogar a una película como lenta alude primordialmente a las connotaciones espaciales que tiene la obra. Si los personajes corren o los objetos se mueven a  una velocidad vertiginosa, entonces el film es inmediatamente inscrito en el género de acción ¿Pero qué podemos entender cuando alguien dice “pasan muchas cosas en una película” o “esta película es lenta”?
Por ejemplo, una película como El espejo de Tarkovski,  está montada con planos-secuencias que en promedio duran cinco minutos y podrían desatar la impaciencia de cualquiera de los espectadores actuales, acostumbrados a no faltar a la cita con las películas de Bruce Willis o de Steven Seagal, tan promocionadas por nuestros canales privados de televisión. O para complementar  la ilustración, una película como La supremacía Bourne, contiene más de cincuenta planos en cuarenta segundos en alguna de sus secciones.
Puede haber tanta lentitud en una película de “acción” como tanta velocidad en una de Béla Tarr. Me parece que es la intensidad, la profundidad y la complejidad de las metáforas las que determinan la rapidez o lentitud de las películas. El ritmo que desarrollan, depende más que del movimiento físico, de la coherencia y la conjugación de significados expuestos en cada uno de los planos que un film ofrece al público.
Ahora sí. La digresión anterior, tiene como fin desmentir la afirmación de la supuesta lentitud de Lincoln, la última película de Steven Spielberg, el rey midas del cine comercial actual.
La película nos muestra los últimos meses de la vida de uno de los dirigentes republicanos más representativos y vitales para la unificación de la Nación estadounidense. Estamos hablando de Abraham Lincoln, presidente de ese país en dos periodos consecutivos  entre 1861 y 1865, hasta su asesinato a manos de un actor fanático. Lincoln, pasó a la historia de esa Nación como un hombre calmado  que mediante sus reflexiones pudo controlar los ánimos exacerbados de un país dividido por un conflicto económico-cultural entre los Estados Confederados del sur, prominentemente agrícolas y la Unión norteña, de ocupación industrial que luchaban, los primeros por la esclavitud, los segundos por el abolicionismo. El presidente, debía para ese momento, proclamar la decimotercera enmienda que versaba sobre el abolicionismo de la esclavitud, en un cúmulo de estados que defendían o no la idea de someter los negros a los progresos de la economía norteamericana. La decidida disputa de los  representantes demócratas que en su mayor parte fueron esclavistas con sus ilustres colegas, los republicanos ortodoxos, se convirtieron en el blanco del presidente Lincoln, con los que tuvo que dar la pelea para conseguir el propósito señalado, antes de la terminación de la guerra, algo absolutamente primordial para no dejar en el aire la posibilidad de que se abandonara definitivamente la  oportunidad de abolir la esclavitud para siempre, cuando la escena política ya estuviese  libre de la guerra.

                                                             
                                                          Steven Spielberg, director de Lincoln

Un suceso histórico, de tantos matices, de tantos personajes y de tantas posibilidades narrativas, contiene una gran cantidad de símbolos, representados en el vestuario impecablemente manejado, en los tonos oscuros de la iluminación, en los múltiples matices de un problema sociocultural tan acendrado para los estadounidenses… y que tanta sangre derramó sobre sus inmensas tierras. Por ello, de ningún modo estamos frente a una película lenta.
Dicho argumento está desplegado por las caracterizaciones del doble ganador del óscar por Mi pie izquierdo (1989) y Petróleo sangriento (2007) el inglés Daniel Day-Lewis que continúa con la misma línea de representación de personajes complejos, que suponen retos actorales a los que siempre acierta con sus magníficas dotes de actor dramático. Asimismo, la actriz estadounidense, Sally Field, ganadora del óscar por Norma Rae (1979)  y Places in the heart (1984), se presenta como Mary Todd Lincoln, la exasperante esposa del presidente de los Estados Unidos, presa de una neurosis que desorienta la atención de su esposo, pero que sufre como nadie por el futuro de su país. También, el actor texano Tommy Lee Jones, ganador del óscar por  El fugitivo (1993), nos  confirma la creencia de que sus papeles siempre tienen el sello personal de un hombre que vive cada personaje como si fuera el último, pese a que en ocasiones  sobre caracterice sus papeles, este último como el senador Thaddeus Stevens un republicano radical que lucha por la abolición completa, algo no muy conveniente para las intenciones políticas gradualistas de la bancada del presidente.
No obstante, Spielberg, intentando desprenderse de sus palpitantes películas de  maquinaria comercial, no acierta la superación de clisés melodramáticos tan amados por los productores  estadounidenses, que  mitifican aun más a sus héroes icónicos que estatuyen cada vez los símbolos nacionalistas de la estrella polar, para utilizar la expresión de don Marco Fidel Suárez. Si bien, se quiere exaltar la figura Lincoln, los planos que exacerban su estampa en contraluz son una prueba más de que las películas de Spielberg aun no terminan de cuajar. A uno le queda la sensación de que el director angelino, se quedó en el camino como gran director y ahora solo convive como un realizador promedio que tiene la chequera llena de dólares.
Pese a todo, como película histórica que pretende consolidar el nombre de una leyenda nacional, podemos decir que Spielberg reconoce la importancia de que el cine siga ahondando en este tipo de tópicos  y personajes. Ya lo había demostrado en otras producciones como El color púrpura, Munich, Rescatando al soldado Ryan, La lista de Schindler y Amistad.


                                                               
                                                    Tommy Lee Jones interpreta al senador
                                                               republicano Taddheus Stevens


Lincoln es, entonces, una buena película que sirve de modelo para otro tipo de cinematografías que no se reconocen en su propia realidad, sino que intentan, por todos los medios la imitación  no creativa y desmedida, ignorando la increíble complejidad de sus contextos.


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