Amor


Emanuelle Riva y  Jean-Louis Trintignant


Michael Haneke nos deslumbra con sus planos completamente alejados de los clisés cinematográficos del comercio actual, y al mismo tiempo nos desconcierta por el atrevimiento visual que puede sacar de casillas al más experimentado de los cinéfilos acostumbrado a historias que al parecer no dicen mucho. Sus películas son un acercamiento desgarrado a los intersticios más inextricables del alma humana, sin hacer de los tremendismos que pueden extraerse de los sentimientos más violentos que nos constituyen como personas su piedra de toque. La imagen, para él, es una buena excusa para lograr el distanciamiento, en algunos momentos brechtianos, con lo cual es capaz de encontrar los puntos de inflexión de las emociones, mostradas  a través de la imagen como un conjunto de acciones casi plagiadas entre película y película.
Haneke, nacido en Munich en 1942, ha dirigido trece películas, demostrando en cada una de ellas, que la sobriedad es el mejor acicate para la recreación de la imagen que nos expone como una declaración de principios, siempre críticos, frente al exceso de movimiento físico que permea los planos  del cine actual. Su trabajo detallado de la dirección de actores estructura argumentos serios que se aportan en escenarios realistas, sin ser simplistas y que nos retrata como ningún director contemporáneo los vericuetos de los sentimientos humanos en personajes sobrios, que no exudan interpretaciones sobrecargadas con el fin de alcanzar algún grado de verosimilitud.
Varias de sus películas, como La pianista, nos introducen por los miedos, los odios y las angustias de individuos solitarios y que son presas inevitables de uno de los males más acuciantes de la cultura presente: la incomunicación. En La pianista, una mujer con un gran talento musical, es un producto artificial de su madre autoritaria y que despliega todo su odio contra los otros individuos que de algún modo ven en  ella un motivo de inspiración. También, en la Cinta blanca, ganadora de la Palma de oro de Cannes en el año 2010, encontramos un retrato de una sociedad que antecede a la Primera guerra mundial en una pequeña población alemana, dueña de unos vacíos morales que edificó como natural el autoritarismo y la generación de represiones individuales por la presión del colectivo; tal vez, el director justificaría la desidia y la naturalidad de la cultura europea ante los desafueros del nacionalsocialismo, como una conducta reactiva y ante todo no evitable. Finalmente, Amor (2012), también ganadora de la Palma de oro, es la ventana sobre la que miramos las vidas de ancianos expuestos al declive de su salud física.
Más allá de la perdida de fuerzas, existe un desgaste emocional e intelectual, oscurecido por la indiferencia de los propios familiares que son un resultado de una profunda desidia social, que se niega a develar el fenómeno, quizás por miedo a recordar que tarde o temprano, aquella etapa de la vida biológica  no asegura mayores felicidades.
Amor es protagonizada por dos figuras legendarias de la actuación. Por un lado, aparece Jean-Louis Trintignant de ochenta y dos años, un actor que ha pasado por las manos de Claude Lelouch con su  excelente película Un hombre y una mujer y Kristof Kieslowski en Blanco, una de las obras que constituyen la trilogía de colores. Por el otro lado, hayamos a Emmanuelle Riva de ochenta y cinco años, una actriz que protagonizó una obra de arte en el cine como Hiroshima mon amour, dirigida por Alan Resnais y por Azul, también del mismo director polaco ya referenciado.

                                                       Michael Haneke, director de Amor

Ambas interpretaciones son impecables, pero la crítica cinematográfica ignora, a mi parecer injustamente, el papel de Trintignant, concediéndole solo a Riva una nominación al óscar  a la mejor actriz por este papel, siendo la mujer de mayor edad en estar pendiente para un premio como ese. Al parecer, se ha vuelto un habito que la película ganadora de la Palma de oro de Cannes también  entre en lista para obtener el premio a la mejor película en los Oscar.
Amor o Amour, nos muestra a una pareja de ancianos que ve como las vidas de ambos cambian cuando la señora sufre una hemiplejia del lado derecho, a cuyo cuidado, su esposo queda solitario frente a la indiferencia de su hija. El final nos asombra porque sin evidenciarlo la historia se cuenta de modo simple pero sin los efectismos desbordados que traerían temas como la vejez y la muerte. Todo en el film es sobrio, todo es creíble, nada, ningún plano está de sobra. La totalidad es un reflejo creíble de una situación real en la que pueden estar imbricadas todas las personas.
La estética de Haneke, intenta devolver el pleno realismo, sin desmedidos artilugios para convencer retóricamente al espectador de que la imagen se estatuye de un modo u otro. Lo que el director nos muestra es su modo particular de poetizar a la realidad, acudiendo a planos-secuencias de escenas cotidianas en un ambiente denso por la tensión de las situaciones que despliegan los personajes. Por ejemplo, la secuencia en tiempo real de la captura de la paloma por parte del anciano, es una ratificación del sueño que alguna vez expresó Andre Bazín sobre la recuperación del tiempo real en los films.
Con Amor o sin él, el cine seguirá ampliando nuestra conciencia a través de lo real en lo audiovisual. Las imágenes deben continuar encontrando nuevas y mejores posibilidades para reflejarnos como seres humanos, quizás porque la necesidad impostergable de contar historias solo habrá de terminarse cuando la especie desaparezca de la faz de la tierra.

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