Licorice pizza

De Paul Thomas Anderson


La alegría y la esperanza de un futuro más conveniente para una sociedad que ya había iniciado una revolución cultural luego de los emblemáticos años sesenta del siglo XX son recreados con una fascinación excepcional por uno de los directores más admirados de toda la cinematografía contemporánea  El clima estético de la década se muestra maravillosamente y se puede advertir en la indumentaria y en el vestuario colorido y llenos de rayas en cada una de las prendas que lucen los personajes. De los que destacan Gary y Alana cuya desenvoltura de movimientos le dan un toque de frescura a esta obra que seguramente obtendrá varios de los reconocimientos más importantes de la presente temporada.

Paul Thomas Anderson diseña una pieza estética comprometida consigo mismo porque logra exorcizar varios de sus demonios que se advierten en cada una de las obras fílmicas que ha venido construyendo durante los últimos 25 años. En los personajes protagónicos interpretados por Cooper Hoffman, hijo del legendario actor Philip Seymour Hoffman y Alana Haim transcurren los años de juventud en los cuales los sueños, la necesidad de redireccionar las expectativas económicas y el énfasis erótico de la sociedad de la época, conmueven por su aparente lejanía con los sucesos que constituyen nuestra vida actual pero también por la cercanía de los hechos que se vistieron de colores vivos  adornados con una ambiente musical muy propio de la cultura norteamericana.

La película denominada “Licorice Pizza” ronda las pesadillas de un joven  Paul que se vio imbuido de los sonidos rockeros que fulguraron un mundo en crisis debido a la Guerra Fría y al advenimiento de muchos nuevos ricos en los Estados Unidos. El director, siendo un niño absorbió el clima político de la década como se observa en los personajes que le dan un toque de acartonamiento a la obra, pero, además, sabe particularizarlos con sus personalidades que combinan un toque de extroversión con los frenos sociales que les brindan un toque de sombra a sus actitudes. No hay una pretensión de resaltar grandes acontecimientos capaces de conmover con el tremendismo de los hechos al espectador sino las ganas de jugar con estos jóvenes optimistas que estuvieron fuertemente influenciados por los medios de comunicación como se comprueba con el show de Lucille Ball, de cuyo reparto hace parte el quinceañero Gary. Mientras que su amiga lucha por abrirse paso en una sociedad llena de ademanes machistas que no le permiten soltarse definitivamente de las cadenas impuestas por su familia tradicional judía. La morbosidad de algunos personajes masculinos es asumida por Alana sin inmutarse como una herramienta útil para ascender socialmente. Sus intereses económicos no obstaculizan esa pasión juvenil que siente por ese muchacho emprendedor y aguerrido que tiene sus propios horizontes a pesar de las contenciones emocionales que impiden expresar de una vez por todas todo lo que profesa por aquel. Entre el orgullo adolescente y las miradas sociales fluye esta magnífica obra que es una marca de identidad de un autor poco prolífico en numero de películas pero que sin dudas tiene un sello único como director.

De esta obra destacan personajes necesitados de catarsis como el que lleva delicadamente Sean Penn que cumple con el objetivo de representar al hombre reconocido socialmente como un ganador, pero cuya vida se ha vuelto monótona debido a las obligaciones. Sus diálogos con Alana son esperables, pero para nada tediosos. Lo mismo sucede con el personaje de Tom Waits, cuya obsesión con la tendencia a la notoriedad se compagina adecuadamente con el amigo de copas y aventuras. También, Bradley Cooper interpreta a un personaje maniático e histérico que se ufana de tener una relación con Bárbara Streissand y cuyo nombre hace repetir a Gary varias veces para asegurarse de que lo pronuncie adecuadamente.

Paul Thomas Anderson no descuida detalles. Su meticulosidad abre una ventana para que los espectadores puedan ver su alma. Ese amor profesado por las películas de la época marca su estética. Entre las escenas más bellas que se pueden apreciar en el cine encontramos el encuentro y el abrazo de Alana y Gary en la entrada de un cinema donde se anuncia en grandes letras una película de James Bond. Asimismo, todos los esfuerzos extremos que logran concretar Gary y Alana para huir de la casa de su maniático amigo en un camión que recorre las calles en reversa, muestran la alegría de narrar que nos presenta el director. Las ocurrencias acompasadas con diálogos puntillosos no dejan nada al azar. Quizás la juventud de Thomas Anderson estuvo permeada por personas que moldearon su carácter agrio. La acidez de las conversaciones denota un trabajo arduo, rigurosamente pensado durante varios meses y que constituye una sinfonía coral.

La película no es una oda a la nostalgia sino una necesidad de contar experiencias, de mostrar un ambiente cultural que marcó la juventud de un hombre que vivió plenamente la década del setenta, de la cual aún debemos esperar muchas historias capaces de recrearla. Con “Licorice pizza” percibimos los extractos más profundos de unas almas en expansión que reflejan una sociedad en aparente calma pero que ya venían delineando un mundo dinámico y exuberante de nuevas experiencias.

Paul Thomas Anderson confirma su talento para contar historias aportando su estilo personal ya consolidada dentro del campo fílmico mundial el cual contiene una mirada no pasiva de esa cultura estadounidense tan propensa al espectáculo y al emprendimiento económico. La sutileza de su cine lo confirman como un artista excepcional.

 

  

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