El faro

                                                                                     De Robert Eggers


Duelos actorales en la historia del cine hay muchos. Duelos actorales que logren compenetrar con la sincronía de un guion tan exigente como el que soporta la historia de la última película de Robert Eggers, es todo un mérito. Los protagonistas de semejante proeza cuentan con uno de los actores más importantes de los últimos treinta años en el campo cinematográfico y con uno de los más prometedores en el cine de autor. Willem Dafoe interpreta a un viejo farero enclavado en un peñasco perdido en el mar que un día recibe a su compañero de trabajo, interpretado por Robert Pattinson, como asistente de aquel. Entre los dos personajes se desarrolla una relación tensa que paulatinamente se va relajando por la naturalidad de la compañía.

De esa historia se desprenden sugestivas actitudes de ambos cuyo misterio recae fundamentalmente en la figura del anciano, recluido en un juego de enigmas, incertidumbres y malos tratos con su joven compañero. La isla es un actor más de la cual se desprenden oleajes anunciados producto de una tormenta que repentinamente cambia el tiempo. El director va acomodando las piezas perfectas de una sinfonía discordante de sonidos, visiones, amenazas, palabras y actitudes inesperadas que hacen de este ambiente psicológico todo un tejido bien hilvanado por parte de uno de los autores más sólidos que tiene el cine actual. En el fondo de todo hay creencias que van configurando una simbología particular que envuelve la vida de estos tipos raros, perdidos en un mar gélido que nadie visita excepto el misterio y la incertidumbre de no saber qué sucede en este paraje solitario.  Las advertencias de Thomas suenan a agüeros encaprichados de los que su joven subalterno descree, pero a los cuales no deja de mirar de frente por los eventos extraños que van ocurriendo en la isla.  Y a ese entorno enrarecido contribuye la claustrofobia que siente el espectador a través de esa cámara anacrónica 1.19:1 muy propia del tránsito entre el cine mudo y el hablado y que usaron magistralmente los surrealistas alemanes. El faro es un cómplice de ese encerramiento, las escaleras en caracol siempre están sugiriendo una nueva amenaza, los sonidos ambientes generan más sutilezas amenazantes que los personajes sienten todo el tiempo. El viejo Thomas ya ha incorporado ese arsenal de misterios en su vida cotidiana y parece disfrutar con los miedos de su joven amigo.  Eggers sabe adicionar un detonante muy terrenal a un clima espiritual difuso. El alcohol exacerba la mirada, aplaca los sentidos, hace confundir el estado de vigilia con el delirio. El deseo sexual se vuelve una premura, tal como apreciamos en las escenas masturbatorias y en las relaciones sexuales inusuales con una sirena varada en el pedrerío. Por eso las malas intenciones no se traslucen claramente entre los personajes. Sólo responden a las necesidades inmediatas sin olvidar el deber de cada uno.

Como dije arriba, lo más destacado de esta gran película reside en ese derroche actoral de estos personajes que traban una amistad necesaria. El contagio de la personalidad del viejo a su compañero parece obedecer a un orden espiritual diferente, con una energía detrás que parece revelarse en las aves de la isla. Con el alcohol y con la muerte de un ave marina parece oscurecerse aún más la relación. Pattinson estira al máximo a ese personaje. Este sólo ha llegado a un lugar tan inhóspito por el dinero que supone el salario que le prometieron; por eso el viejo abusa de sus funciones, por eso lo humilla hasta niveles insoportables y por eso parece tener derecho a traspasarle sus misterios. El director enfoca ciertas miradas de los espectadores en primeros planos que dejan ver la expresividad de los dos actores. Ninguno de los dos es inferior a la exigencia. Hay escenas de tensión suprema que están cargadas de frases hirientes, de meloserías insinuantes como una tirantez homosexual que derivan en lo inevitable. En esta seguidilla de duelos, varios de los cuales son más fuertes al final de la película, podemos adivinar la tiranía de lo ritualístico. Los personajes no son poseedores de su libertad plena de conciencia si no que son manejados tal vez por una fuerza superior que obra en ellos.

 El terror psicológico se va moldeando lentamente con la suma de aditivos que en algún momento explotan como en una gran sinfonía.  Y pese a que el desenlace de la historia se prevé, la intensidad de los acontecimientos son una metódica configuración de situaciones que se engranan perfectamente.  Los seres sobrenaturales son derivaciones de las inseguridades que no se descubren plenamente pero que se sugieren en algunos de los diálogos. Las imágenes son explosivos poderosos que estallan en el momento exacto.  No hay una complejidad desembrollante en la historia. Lo que vemos aquí es una película majestuosamente confeccionada que logra producir los miedos más incrustados en el inconsciente de las personas.  Ahí podemos comprobar la genialidad de Robert Eggers. Su estética va penetrando meticulosamente la tranquilidad de los espectadores hasta implicarlos definitivamente en una gran ilusión que perturba el alma hasta desestabilizarla del todo.

“El faro” quedará como una de las grandes obras fílmicas de los últimos tiempos. Por allí transita aún el vampiro de Murnau, mientras va menoscabando la mente de personajes solitarios que al encontrarse producen un gran cataclismo emocional.

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