Un historia sencilla
Lee Isaac Chung ya había mostrado sus atributos cinematográficos, en su
debut, con una película de nombre “Munyurangabo”, hablada en Kiñaruanda, el
principal idioma de Ruanda y en la cual el genocidio Tutsi por parte de la
etnia Hutu ocurrido en 1994 sigue estando vivo, al menos en la conciencia
estética de algunos artistas cinematográficos alrededor del mundo. En el año
2020, regresa con una obra cinematográfica de menos trascendencia histórica,
pero de unos acabados más loables que su película iniciática.
Con “Minari”el director estadounidense de ascendencia coreana del sur,
viene a mostrarnos su reposada obra, que tiene las interpretaciones de
estupendos actores coreanos, especialmente la que lleva a cabo la veterana
actriz Youn Yuh -jung, quien da vida a
una abuela despreocupada pero pletórica de amor hacia su familia. La película
tiene entre sus principales cualidades la de llevar un ritmo reposado, con
tiempos justos, acontecimientos marcadamente realistas, planos bien diseñados,
fotografía equilibrada entre el paisaje natural y las intervenciones de los
actores en cada una de las escenas y unas tesis existenciales sobre la vida en
familia, en la cual, tanto, el padre como la madre responden a sus
preocupaciones con una lógica propia de las situaciones sin degradar sus caracteres
naturales. Jacob, el padre de familia que viene de California, de sexar pollos,
tiene sueños que lamentablemente su esposa no ve con la misma pasión, pero la
ejecución de ellos tiene consecuencias no muy populares dentro de todos los
suyos. Sin embargo, la resistencia de Mónica, la madre de los niños, tiene como
fondo la protección de la estabilidad económica, que parece resquebrajarse ante
tamaña aventura, que para ella tiene todos los tintes de locura. Su insistencia
en retornar a una vida anterior en un Estado más promisorio económicamente, no
ofrece las mejores perspectivas en la Arkansas rural, cuyos pobladores, están
inmersos en una dimensión vital distinta, envuelta por el cristianismo y una
vida rural apegada a la tierra. Del afecto que siente por su esposo, queda la
costumbre de su vida previa, pero también la incertidumbre de un futuro
prometedor para un par de niños “aclimatados” en un medio estadounidense que se
mueve entre las paredes de la tecnología como una segunda piel. Esta mezcla de
costumbres termina siendo una mímesis que se balancea entre la tradición
cultural coreana que lucha por no extinguirse en las prácticas consuetudinarias
y las luces de colores que parpadean desde el costado norteamericano marcadas por
la opulencia y el “sueño gringo”.
Pero éste no es el edulcorado estilo de vida que un inmigrante puede
experimentar en ciertos estados de Estados Unidos. Jacob es un hombre realista
que también tiene convicciones fuertes por las cuales ha sacrificado incluso el
bienestar económico que puede tener en otro lugar de esa extensa geografía. Su
racionalidad es uno de sus principales atributos, pero es una razón escindida
en cualidades emocionales que le permiten imaginar otras posibilidades y en pos
de ello direcciona todos sus esfuerzos. Él quiere construir una granja que le
permita autosostenibilidad y se cierra a los escrúpulos espirituales de uno de
sus vecinos, admirablemente interpretado por el actor de segunda instancia,
Will Patton, cuyos calvarios parecen extraños a unos vecinos coreanos que basan sus vidas en otras cosmologías. En ese
peregrinar económico de Jacob, se muestran las dificultades de obtención de
recursos suministrados por los bancos. Sin embargo, esa actitud racionalista lo
conduce a permanecer en su lucha por construir sus propios cultivos y no es un comportamiento
despectivo en sí mismo. La prueba de ello es que él escucha puntos de vista,
intenta mantener las reglas de su tradición castigando los actos de mala
educación de su hijo. Todo en la película es una insinuación suficientemente
expuesta pero no un énfasis desmedido que pudiera dar al traste con la tranquilidad
de las situaciones.
No hay excesos, las situaciones radicales tienen quiebre con las
personalidades de los individuos quienes se mueven mediante criterios propios
de su rol. En un trasfondo lejano en el tiempo, se adivinan las normas de una tradición
milenaria que vienen a trasplantarse en una cultura nueva para ellos y a la que
se deben adaptar por la fuerza de las circunstancias. Entre Jacob y Mónica
penden dos actitudes de vida que son equilibradas por unos principios
inconscientes heredados de sus antepasados.
“Minari” sorprende no por su tema, pues, es el de una familia normal que
tiene la necesidad de abrirse paso en un mundo distinto que ofrece oportunidades
si se buscan, pero que también puede contener a los seres pasivos que viven
mejor en la comodidad de lo que se tiene. La planta que le da nombre a la
película simboliza una de las ideas expuestas por la abuela cuando dice que las
cosas son menos peligrosas si están expuestas a la vista, pues lo oculto
entraña peligro. No obstante, todas las cosas terminarán desvelándose por el cambio
de los acontecimientos. Tras la destrucción de parte de sus cultivos, Jacob
encuentra en el arroyo las plantaciones de su abuela, de donde trae agua para
alimentar a su familia. Arkansas es un Estado modesto de la Unión americana,
sus pobladores trabajan en oficios desabridos para ese país económicamente
poderoso que puede difuminar los trabajos y las vidas de miles de personas que
son los responsables de esa opulencia. Las incomodidades y las carencias de
personas son la cara oculta de la abundancia.
Más allá de los premios y las nominaciones, frente a una industria
cinematográfica de divertimento y de escasos atributos simbólico artísticos,
esta obra se convierte en una propuesta refrescante.

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