¿Lucy, estas? Te necesito
"El padre", de Florian Zeller
De los personajes exuberantes que nos tenía acostumbrado a interpretar,
Anthony Hopkins, ahora vemos apenas algunos restos, compilados en la personalidad
de un hombre maduro que tiene que luchar contra su memoria, una idílica cueva
de sentimientos que se confunde por la fuerza de las relaciones con capas de
recuerdos que el personaje no atina a distinguir claramente. “ ElPadre” es un
nuevo desafío actoral para uno de los intérpretes histriónicos más generosos
que ha dado el mundo cinematográfico durante su corta historia. Con todo y eso,
el actor galés, hace uso de uno de los más preciados tesoros que deja la vejez,
esa sabiduría indescifrable que sólo se obtiene por el conocimiento de la vida,
de ese trajinar por los mismos senderos con miradas distintas que ha venido
esculpiendo la experiencia. Anthony es un hombre mayor que pierde
paulatinamente la memoria hasta que se le hace difícil diferenciar a las
personas; se le confunden los otros y otorga características de uno en otro,
por lo cual, su comportamiento, a veces agresivo, sufre una cantidad de altibajos
desconcertando a los seres con quien convive. Entre ellos a su ser más querido,
su propia hija, interpretada por Olivia Colman, que hace todo lo posible para
hacer de este nuevo estado, algo menos traumático para todos, especialmente
para él mismo.
El director de “ El Padre”, el francés Florian Zeller, se esfuerza por hacer
válidos los puntos de vista enfrentados en la pantalla. De un lado Anthony
sufre irremediablemente por una enfermedad que lo ha cogido de improviso y para
la cual no encuentra las herramientas acertadas para hacerle frente; sus
reacciones frecuentemente son refrenadas con disculpas por sus comportamientos
inadecuados, con su hija, con su yerno, con los asistentes del ancianato, con
la niñera que le recuerda a su querida Lucy, una hija fallecida y a la que no identifica
plenamente en los predios de la vida o en la penumbra de la muerte. Por eso los
sentimientos, las expectativas, las reacciones, las demostraciones de afecto,
las ideas, todo lo que surge del cerebro confundido de este hombre, son huellas
de sentimientos sin tiempo. El eterno presente no tiene realidad o la realidad
que tiene es relativa. Hay una perdida de identidad que solo la memoria puede
restituír. Ese es el mérito primordial
de esta película conmovedora, por su tratamiento objetivo de un problema social
sin precedentes, por la longevidad a la que están llegando las personas que viven
estos tiempos que corren. Por el otro
lado, Anne, la hija que se ha quedado al lado de su padre, tiene que pelear con
su propia realidad, la de tener a un esposo acosador, que sugerentemente, maltrata
a este suegro que se ha vuelto un lastre para él y para ella, pese a los sentimientos
de afecto que siente por el antes vigoroso padre que la crio con el máximo
respeto posible. Anne sufre tanto como
su padre, ella también carga con el peso de un dolor que no se ha ido del todo,
que es la muerte de su hermana, pero ahora se le suma, la muerte lenta de un
hombre, físicamente intacto, pero fragmentado por la ausencia de su memoria. La
película deja claro, no de modo enfático, que el basamento sobre el cual se
para cualquier persona, cualquier cuerpo es la autoconciencia, la conciencia de
tener un flujo normal de recuerdos que nos permite apersonarnos del mundo.
El director lucha por todos los medios estéticos posibles por no reiterar
puntos de vista melosos sobre la realidad mostrada en la obra. El Alzheimer
puede ser la trasposición de varias realidades en su único mundo, el de nuestras
seguridades dadas por la memoria o la de varios mundos en una realidad. La
insistencia del autor en mostrar un laberinto dado por un apartamento del cual
no se tiene plena seguridad de quién es su dueño, refleja la liquidez de la
vida, como si en realidad la apropiación de las cosas solo fueran
convencionalismos sociales. Una semblanza de un estado idílico naturalista que surge
de la falta de recuerdos. Un empezar de cero en un mundo lleno de colonizadores
físicos que han colonizado los espíritus también. Las paredes acechan como
muros invisibles a la memoria de largo aliento, mientras que en los momentos
más inmediatos todo parece fluir con normalidad. Con el paso del tiempo, la trama de la
película se va encaminando al desenlace como un árbol viejo que ya no tiene hojas,
que ya no da frutos, que se encuentra deshabitado de si mismo.
No se trata de juzgar a los directamente implicados de una enfermedad colectiva,
porque el componente social de una calamidad afecta a los familiares con gran
intensidad, si no de rodearlos en la dificultad. Es importante que los
familiares de un paciente con Alzheimer, cedan a la tentación de la libertad
reemplazándola por una libertad ampliada en la que se congracien con la víctima
porque este flagelo es un doloroso sentimiento de múltiples aristas que va
minando la estabilidad emocional de un enfermo, este que no tiene dolor en el
cuerpo pero que le pesa el alma por su confusión aguda de aquellos lugares, de
aquellas personas, de todo lo que antes era familiar y ahora le es extraño.
“ El Padre” seguramente le concederá el segundo premio Oscar al gran Anthony
Hopkins a quien le agradecemos infinitamente por su generosidad de estar
protagonizando esta película, que se encamina a convertirse en un referente
estético ineludible de esta enfermedad que cada vez más se erige como una pandemia
para la cual la única vacuna posible es la solidaridad y la comprensión hacia
quienes la padecen.

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