La doncella y el buldog
De Dan Gilroy
Un personaje puede meterse en la conciencia de alguien sin que lo inviten y
una vez adentro, causa estragos, en el mejor sentido de la palabra. El grado de
identificación con él puede ser tan alto que funge como un otro que habita contigo.
Sus penas y sus alegrías te duelen o te gratifican. Lo que le sucede a él es
como si te lo hicieran a ti. Puede ser memorable. Tiene un universo propio del
cual quieres participar, pero no puedes porque es tan singular, que es
imposible alejarlo de su propio ensimismamiento.
Los personajes se quedan en tu memoria para siempre porque han despertado
algo en ti, porque son capaces de remover algo dormido que no sabías que
existía o si los sabías no tenías la suficiente claridad para hacerlo
consciente. Te exprimen los sentimientos como los demás seres que caminan junto
a ti, que respiran el mismo aire que tú. Los adoptamos en su orfandad y
sufrimos con ellos como si fueran parte nuestra, como si fueran una proyección
de tus propias ansiedades.
Roman J. Israel, Esq es un ser excepcional, un espíritu complejo incapaz de
no impedir que las injusticias campeen por este mundo movido por el dinero y el
poder desbordado, especialmente aquel que pasa por encima de los más
necesitados de justicia. En un sistema penal estadounidense que parece
perfecto, pero en realidad es demasiado pragmático, tanto que no tiene ninguna
consideración con la diferencia e impone normas universales que, sin
miramientos sella el dictamen del estado sobre el individuo, un hombre
afrodescendiente alza su voz exponiéndose a la exclusión. A los implicados en delitos
atroces se les propone una rebaja de penas nimia por colaboraciones
sustanciosas que pueden resolver un caso. Y a ese aparato burocrático, un solo
hombre quiere imponerse, sin importar que los mismos abogados lo denosten y el
gran Leviatán se lo engulla como a un insecto en medio de los lobos que acechan
para burlarse de él. El arma más poderosa en su poder es una voluntad de hierro
que esgrime aunada a su memoria precisa y a la capacidad analítica para ver
detalles donde nadie lo hace. Sus motivos son los más necesitados, como los
hermanos negros que son escindidos de la sociedad. Esa exclusión genera más impunidad
y es un efluvio de resentidos que recurren a prácticas indebidas e ilegales
para hacerse notar.
Roman es un superhéroe urbano, un caminante asiduo de las calles angelinas,
que siempre carga una maleta de cuero ajada donde lleva sus demandas masivas
para atacar al sistema. No deja pasar la más mínima palabra de ofensa contra
los menos favorecidos.
La película de Dan Gilroy, un director y guionista que se debate entre las grandes
producciones de Hollywood y dramas de menos renombre como “Nightcrawler”, es
soportada por un actor imprescindible en el campo cinematográfico
contemporáneo. Denzel Washington construye esos personajes con sus mejores
herramientas. Le brinda dosis justas de ternura, de candor y de decepción que
lo convierten en un superhéroe urbano, batiéndose a duelo contra el cemento y los
lobos que la habitan. Un abogado que viste insípidamente, con una forma de
caminar incómoda, con el cabello desordenado, una mirada tensa sin atisbo de
sonrisa, entre otros, constituyen rasgos físicos impresos en una personalidad
salida de foco. Su fuerza es inspiradora, sus luchas son quijotescas. El actor se
apropia de ese personaje con tal fuerza que a veces, las luchas y los
propósitos de aquel quedan difuminados por sus presencias. Tanto los exteriores, maravillosamente
descritos en travellings verticales que muestran los edificios desgastados de
la ciudad divina, se compaginan adecuadamente con el vértigo de las calles, sin
permiso para cruzarla por el confinamiento y el afán de las personas. El abogado
defensor de los humildes se gana unos pocos adeptos, los más ortodoxos, es
decir, los que más dinero ganan y los que más casos tienen, lo miran como una
rareza. Roman puede recitar códigos enteros, descifrar expedientes en segundos
como una enciclopedia. Esa seguridad cognitiva es la producción expedita de su
gran genialidad, poco equilibrada con las normas sociales. Entre ellos también
surge la figura de una mujer que trabaja en una entidad benéfica, pero
demasiado suburbial para tener éxito. La admiración que siente por aquel loco,
es proporcional a la imposibilidad de intimar con él.
El director parece tener la intención de dejarnos reflexiones edificantes
sobre la necesidad de creer en el otro. Las causas imposibles acercan a los
hombres, les devuelve su humanidad, perdida por los vericuetos de una vida
adherida a lo más común. Con una epifanía, ocurrida en mitad de la nada, con la
mente y el desierto juntos, Ronan retoma su camino. El de encontrarse con su no
yo, es decir con la muerte. Su equivocación es un yo castigador al que debe juzgarse.
La imputación de cargos, el juicio y la sentencia son autoinfligidos.
Roman J. Israel, esq, decide perdonarse. Y al hacerlo sabe que el único
camino es la expiación mortal. Su lucha es un legado que habrá de quedar para
que el mundo no siga equivocándose con los que necesitan ayuda.

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