Bolas de fuego


                                                 De Werner Herzog y Clive Oppenheimer

El último documental del maestro alemán Werner Herzog estudia el impacto cultural que los asteroides han tenido en su caída al planeta tierra. A este director le gustan los retos difíciles y enigmáticos, de modo que, por encima de las características físicas de estos visitantes consuetudinarios, lo que más le interesa es la manera como las personas y los grupos humanos afrontan este tipo de situaciones.  En esta película abundan los personajes especiales.

Herzog, detrás de la cámara, narra las experiencias de científicos peritos en el tema como el músico noruego Jon Larsen que ha compaginado el arte con el estudio de los micrometeoritos junto a su amigo, Jan Braily Kihle, un vaquero fanático de los microscopios y de los análisis físicos de estos residuos alienígenas tan poco notorios, pero tan asiduos habitantes de nuestro planeta. El director alemán, con ese acento terroso de su dicción alemana, narra en inglés las apreciaciones que tiene sobre estos objetos, mostrando además escenarios llamativos visualmente como un techo curvilíneo en esa noruega fría. Asimismo, junto al científico Clive Oppenhaimer, codirector de este documental, visita a dos astrónomos simpáticos mientras hacen guardia en una de los cientos de islas de Hawai para descubrir objetos exóticos en el cielo; a ellos se les interroga por las medidas que la humanidad debería tomar si un asteroide llegara a salirse de órbita y amenazara la tierra y ellos contestan que las películas de ciencia ficción tendrían la respuesta para eso.  También visitan la casa de verano del papa llamada Castel Gandolfo en Roma, donde entrevistan a un padre jesuita que se dedica a explorar el cielo con su telescopio gigante; este personaje cuenta cómo llegó a ocupar el puesto de director en ese observatorio al cual arriba por puro azar; de su vocación religiosa habla poco, pero cuenta con mucha pasión el papel que cumple en ese lugar; si un asteroide llegara a amenazar la tierra se pondría a rezar, sin abandonar las posibilidades que la ciencia le proporcionaría en esta posible emergencia mundial. Además, hablan con el físico estadounidense que estudia meteoritos como el  profesor de la Universidad Estatal de Arizona; su pasión es admirable, por ejemplo, cuenta la historia de un pequeño meteorito que cae al lado de una casa de perro en una de las poblaciones del estado sureño, rozando al animal. En ese mismo lugar encontramos una especie de cuidador de meteoritos que se hallan custodiados en pequeñas neveras conservadas con nitrógeno a ciertas temperaturas para que los residuos orgánicos no sufran deterioro; esa consideración es sorprendente, que algunos desprendimientos orgánicos como lípidos o proteínas se puedan extender en otros lugares distintos a la tierra, suena esperanzador para hallar vida extraterrestre. La extremada curiosidad y la enorme delicadeza de ese conservador de meteoritos asombra, con sus advertencias a Oppenheimer sobre cómo tomar esas rocas, cómo manipularlas, arrojando al mismo tiempo datos “biográficos” de estos extraños objetos. Y uno de los relatos más conmovedores de “Fireball” es el de los científicos coreanos quienes, con esa pasión, de exploradores, ríen, lloran, se abrazan, pasan jornadas extensas en el suelo glaciar de la Antártida; su camaradería es un buen motor para buscar residuos extraterrestres; en una de las imágenes uno de los científicos se arroja al suelo preso de la emoción luego de descubrir un asteroide de un tamaño considerable, después de pasar todo un año en esta exploración. Por último, Herzog se interna en uno de los Cenotes ubicados en la península de Yucatán, bajo la tierra de Merida en ese México profundo; el sonido de una canción de Ana Gabriel, en tanto la cámara se devuelve de una playa turística pero abandonada, hacia el interior de una población de nombre impronunciable, Chicxulub. En el fondo de la cueva, se encuentran algunas tumbas rituales de los Mayas antiguos que tuvieron una admiración muy grande a los astros que de vez en cuando venían de las alturas.

De los desiertos australianos al México actual, Herzog muestra las manifestaciones culturales de distintos pueblos que adoraron los objetos extraterrestres. De unas imágenes que muestran la Kaaba en La Meca, a la que se le atribuye procedencia extraterrestre, hasta una tribu aborigen de Australia, el director alemán, relaciona la creencia con la vida consuetudinaria expresada en distintos rituales. Hacía medio siglo que una comunidad antigua australiana no realizaba un ritual, en una playa, con bailes acompasados a la luz moribunda de la tarde. Herzog recrea movimientos, palabras, música, baile y un respeto sagrado a los asteroides.

“Fireball: visitors from darker worlds” está en la misma línea de los intereses tradicionales de Werner Herzog. Es una propensión antropológica que busca mostrar las singularidades humanas como partes fundamentales de las características culturales. Los ojos agudizados de un director como él nos cuentan lo que abunda en la naturaleza y en la cultura pero que no notamos fácilmente. Con esta nueva apuesta audiovisual, se comprueba que los objetos por sí mismos no tienen valor significativo, es el papel que cumplen en las culturas lo que les determina su valor o no. Los asteroides pueden contener las claves de la vida. Las figuras pentagonales de las estructuras meteóricas vienen a confirmar que en la cultura ya estaban presentes mucho tiempo antes de que la ciencia moderna hiciera consciente esa presencia en la tierra. El tiempo y el desarrollo tecnológico han impreso una cúpula sobre el conocimiento humano como si las antiguas culturas y los antiguos grupos humanos no hubieran tenido ya conocimientos sobre algunos misterios contemporáneos.

 

  

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