De Kumbias, Terkos y Kolombias.

De Fernando Frías

 Suena Lisandro Meza: “En mi pecho floreció una cumbia, de la nostalgia, como una lágrima que se escapa”. No. Canta un niño de 12 años; pelo estirado sobre los costados de su rostro como dos flechas que caen sin terminar de convencerse que la gravedad existe, tez morena de rasgos mestizos, dentadura grande y blanca que esboza mientras su acompañante lo incita al canto con su mirada. Y este acompañante no tiene camisa, toca un tambor con ambas manos, su mirada es fría y desencantada, excepto cuando se mete en la envoltura que esa cumbia colombiana le surte. Una jovencita de, tal vez ,14 años, sale de su escondite en un costado de ese espacio marginal, y baila con unos movimientos entumecidos, inclinando el cuerpo hacia adelante, en tanto apunta los dedos por encima de su cabeza. La cámara no termina de mostrar toda su humanidad, sólo un pequeño fragmento de su cráneo con un pelo liso y recortado por el encuadre. Y así son todos los bailes de estos jóvenes confinados a las azoteas de cemento de una ciudad en llamas por el narcotráfico.  Atrás de los danzantes, se ven las casas acumuladas como ratoneras, con pequeñas grietas que toman el nombre de calles y allá, abajo transitan las patrullas de policías persiguiendo las pandillas. Éstas son los guardabarros del narcotráfico. El cartel de los Zetas. Es Monterrey una de las ciudades más violentas de México. Por eso los jóvenes guardan un cúmulo de resentimientos que se reflejan en las caras de estos muchachos cuyos tubos de escape son los audífonos, por los que salen notas cafeteras, notas costeñas, notas de Kolombia para un país norteño.
La historia es muy sencilla. Un joven huye de su ciudad natal para refugiarse en una calle newyorkina, por temor a que los pandilleros lo asesinen por un malentendido. Y atrás quedaron sus amigos “Los terkos”, los únicos que tenía, porque en Estados Unidos nadie salva, todos son seres nacidos para ganar dinero. Ahora recibe la compañía de una niña achinada que se interesa por él. Esa pinta extraña es un motivo de curiosidad, pero es sólo eso, una rareza, cuando el joven inmigrante la necesita ella le da la espalda. Únicamente recibe el apoyo de una puta colombiana, viejona, morena, crespa, solidaria, pero apegada a un sentimiento de realidad que no llora ni lamenta.
Esta película de un director llamado Fernando Frías recupera las imágenes del cine urbano. Una pandilla es el medio para exponer una mirada de las tribus más rurales, como viven, qué escuchan, quiénes son sus miembros. El baile es un despojo arquetípico de las danzas indias. La música es una cumbia rebajada de un país que les enseñó a los mexicanos ese negocio terrorífico llamado narcotráfico, creando un caos de violencia como nunca antes se había presentado en ese país. Es enfática en las reuniones como si fungieran rituales de cohesión máxima, cuando, especialmente, el estado y la sociedad les ha dado la espalda. Por las calles transitan delincuentes repartiendo regalos a las familias pobres, mientras la policía increpa a la población.  Los planos son contrastantes. A veces el director prefiere los primeros planos, cortados, con un sonido fuerte, compuestos por los barrios en el horizonte. Y a veces, los planos panorámicos nos ubican en una ciudad resquebrajada por esa topografía irregular. La selección de la música es un escape, pero también es una rememoración de sentimientos que, en estos tiempos de música urbana dominada por el reguetón, resulta distante. La música es una imposición, pero también es una opción, una escogencia propia, que tiene aparejada una serie de rituales, de gustos, de planes y de modas autoimpuestas.
 El filme se titula: “Ya no estoy aquí”, nombre escueto, sin poesía, es un no estar afuera, es estar adentro, entre los dos audífonos para salirse del mundo que ha tocado vivir, en donde todos te oprimen: los policías en la calle, los adultos con sus insultos, la familia con sus refriegas, los pandilleros con sus ínfulas de chicos duros. Cuando la vida no te ofrece opciones, es necesario luchar de la mejor manera con el soporte de las horas. La imágenes son una expresión de nostalgia: en las melodías ochenteras de un país sureño, en los recuerdos de amigos que han quedado sin líder y buscan un medio radial para enviarle un mensaje de aprecio en el país de Trump, en la infancia de un niño que aprendió a bailar  a su manera la cumbia rebajada.

Comentarios

Entradas más populares de este blog