Mi amigo Dahmer

 De Marc Meyers

Jeffrey Dahmer es uno de los asesinos más renombrados de los Estados Unidos. La película “My friend Dahmer” del director gringo Marc MeyerS es una descripción bastante atractiva del perfil psicológico del llamado “Asesino de Milwaukee”. Lo particular de ésta es que muestra características de personalidad de un joven estadounidense que parece sufrir de otro Bullyng escolar, tan frecuente en ese país; pero a medida que avanza la obra, nos damos cuenta de que la anunciada obra toma un camino distinto. De lo estandarizado se pasa a una intensidad dramática que sugiere todo, que parece encaminarse por senderos escabrosos de explicitud dañina para la imaginación, pero se va tornando un casi alcanzar esa escena que no queremos ver pero que se insinúa tan bien que nos produce cierta repulsión.
¿Por qué un chico de clase media, querido por su familia, con condiciones promedio para llevar una vida normal, termina saliéndose de lo esperado? El director parece decirnos que hay ciertas fuerzas, ciertos impulsos que desbordan la voluntad de algunas personas y pese a que Dahmer, en ese caso, tiene todos los deseos de reprimirse, no lo consigue. Una prerrogativa innata desencadena el vendaval de impulsos asesinos, indiciados desde temprana edad. En lugar de estar buscando jovencitas, o de bromear por ahí con muchachos de su edad, prefería observar itinerarios de hombres atractivos mientras estos llevaban a cabo su rutina de ejercicios. En lugar de cumplir con las obligaciones académicas en la Secundaria de Ohio, le gustaba recoger animales muertos de la carretera para luego disolverlos en ácido. Dhamer no sólo fue un chico producto de su medio, sino el producto más icónico de una cultura entronizada en la estructura genética de una especie que siempre ha sentido ganas de matar al otro. Hablar de una enfermedad porque un joven se sale de los parámetros esperados para alguien de su edad, es bastante imaginativo. La sociedad se encarga de reprimir fuerzas mediante el moldeamiento de la conducta social, hasta que finalmente aprendemos cuáles son las rutas convenidas para habitar con los otros.
El joven “raro” de la escuela es un don nadie en cuanto nadie lo determina. Ignorar a quien se sale de la norma es una manera de matarlo. Dahmer era un joven rubio que usaba lentes, un rubio blanco, acusado de racismo, aunque él siempre lo negó. Tenía una propensión homosexual que se encargó de no difundir a nadie. Su personalidad simplemente atraía a aquellos muchachos que también querían llamar la atención. Aunque para este jovencito, los demás no tenían importancia. El arropamiento de algunos compañeros le fue funcional, pero sus impulsos fueron acompasados con la soledad.  Sus ademanes se encargaron de coadyuvar a construir una imagen temida por los compañeros de la secundaria, pero no  a costa de  su infelicidad como si esta proviniera de los juicios exteriores que habrían  de enloquecerlo hasta el suicidio. No. Para Dahmer la vida tenía el máximo sentido en la medida que sus elucubraciones homicidas le brindaban la fuerza para seguir ocupado en el extraño entorno que fue su vida. Puede pensarse que ese joven introvertido y apático, disfrutaba la vida haciendo lo que hacía, ejercitando su mente en idear nuevas formas de controlar su ira, pero también la ansiedad que le hacía despertar las ganas de poseer sexualmente a ciertos hombres. El desmembramiento de cadáveres, su necrofilia y su canibalismo fueron el fruto de sus deseos obsesivos por poseer al otro. Al engullirlo estaba saldando la cuenta de la distancia social. Su inextinguible energía sexual emanaba en cada una de sus extrañezas, dando tanta intensidad a su vida que necesitaba de alimento humano para calmar sus deseos de tener el cuerpo del otro. Pero esa posesión carnal era todo el trecho que le faltaba por recorrer  en su vida debido a la incomprensión psicológica y espiritual del prójimo. Su homosexualidad alentaba indiscriminadamente la pasión con la que desfiguraba los cadáveres que destrozaba apenas los asesinaba.
Como una obra visual es una preparación para sumergir al espectador en los intrincados caminos de una mente compleja, que sólo pudo encontrar algo de claridad en los asesinatos perpetrados durante 16 años. Jeffrey Dahmer no pudo contener las fugas de personalidad que le infringían punzones frecuentes en sus relaciones con los otros. A sus 34 años, se entregó a las provocaciones de su propios ser hasta encontrarse con la muerte sin apenas haber encontrado razones para explicar sus propios comportamientos

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