El retrato de Jennie, de Alfred Hitchcock



Sobre Hitchcock hay demasiados comentarios, hay demasiadas visiones sobre un director que cambió la forma de hacer cine, desde su temprana aparición como artista hasta las últimas películas tildadas como piezas menores por algunos. Por eso, tengo cierta reticencia a escribir sobre este autor que pudo combinar magistralmente esa propensión publicitaria de sus obras con la meticulosidad propia de un genio que vio en ese arte moderno, una posibilidad para esgrimir verdaderas obras de autor.
Una película se desvela especialmente como ícono de esa propensión. “El retrato de Jennie”. Este filme luce encantador, un tanto ingenuo si se lo mira a la luz de los consumos estéticos actuales. El personaje principal es un pintor. Un soñador. También querido por todos precisamente porque tiene unos principios de vida que no deslucen su papel de vendedor de cuadros a personas que respetan lo que hace. La joven venida del pasado es un recuerdo o es una realidad presente que atraviesa los confines del tiempo para regodearse con el hombre de sus sueños. Los compradores de esas pinturas son mujeres acomodadas u hombres enmudecidos por la presencia de aquellas. El arte, para el cineasta, es el medio por el cual trabaja y al cual le dedica gran parte de su vida. Como supremo dón es el mejor de los homenajes que se puede rendir al trabajo denodado que tendrá un público a quien se le brindará una nueva experiencia. Tal vez Hitchcock sentía esa vaga melancolía, que disimulaba con su enorme vanguardismo fílmico. El artista, y él sin duda lo es, es un ser tocado por las hadas.
Pero esa sacralización del arte es todo un tema. El artista es el ser capaz de comunicarse con otros mundos, y si son del pasado esos mundos son más cercanos a la divinidad. Los hombres y las mujeres del pasado tal vez contemplaban de otro modo la vida con el arte de telón de fondo de modo tal que su existencia estaba recubierta de un color distinto, que hacía del tiempo un marasmo de sensaciones. Esa perspectiva tiene un trato directo con la muerte. En cuanto ella despierta los más sublimes poemas, ella también desierta las más terribles pesadillas. Jennie es una joven inasible, solo es posible amarla en el presente y recordarla después hasta que las barreras del tiempo hayan de romperse. Con su rostro angelical, surge un halo de misterio por sus frecuentes apariciones y desapariciones, en lugares que los ancianos recuerdan con nostalgia, como los teatros o los edificios icónicos para una ciudad.  Desde su primer encuentro el pintor y la bella niña desparecida en un accidente naval, lo extraordinario no asume su estatus por sobre la vida del artista. En cambio, Jenny es consciente de su propia inmortalidad. Y no es que quiera destar una pasión sufriente en ese nuevo hombre que conoce después de muerta, sino que dada su condición anómala entiende que el pintor no es un ser como todos, que su estirpe es divina o sagrada o de una naturaleza atemporal en ese mundo de alhajas políticas que no advierten la grandeza del arte. Hitchcok entiende que el ambiente gélido de la ciudad es el mejor abrigo para esta obra. Recurrentemente el mundo de los sueños, el mundo de los muertos, escarba el desequilibrio mental de las personas hasta que su cine tal vez sin proponérselo es una recreación de las ansiedades más perturbadoras que cualquier ser humano haya podido experimentar. En el frío, el hielo de la muerte abre una puerta a otra dimensión. Que Jenny hubiera perecido trágicamente y que su breve existencia se hay deshecho como un papel mojado en medio de un vendaval, constituye para el director inglés, una inconveniencia.

El retrato que el pintor le hace a su joven amiga es un nuevo impulso para su inspiración creadora. Las personas que lo ven se maravillan de la calidad estética de esa pintura sublime como si el cuadro se hubiera hecho solo y el pintor tan sólo se hubiera convertido en un amanuense. Pero lo que en realidad constituye una obra de arte es el desdoblamiento de la realidad. El arte es el encuentro entre dos mundos, entre dos personas de sentimientos puros que estaban destinadas a encontrarse independientemente de la época en que cada uno de ellos hubiera vivido. El paisajismo que solía pintar el artista era una preparación para lo trascendental. El tiempo sui generis en que las almas se unen es esencialmente un arte. Por eso vale la pena enfrentar las tortuosidades de la misma geografía para encontrar el objeto amado. Ni los 100 dólares que el pintor adeuda, ni las torrenciales aguas de las olas marinas pueden vencer las ganas de saciar los deseos de estar con la persona amada. Y pese a que abrazan el posible fin, en el faro perdido, donde Jenny ha perecido de niña, ambos conservan sus respectivos mundos. Ese último encuentro es como un clímax que bordea la muerte. La felicidad de haber vivido el amor en un momento de aciaga existencia, comprende para el artista la última experiencia, con la cual habrá de quedarse durante el resto de su vida. Porque haber conocido el amor es suficiente para justificar las penurias de la vida.

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