Los artilugios del prestidigitador

De Hitchcock

Los parámetros cinematográficos marcan la manera de hacer cine para la mayoría de sus autores, pero el estilo es una rúbrica indeleble que identifica a un artista en cualquier época y en cualquier lugar. No importa si son los memorables años 40 del cine clásico gringo o son los agitados años sesenta del western americano. Hay películas que, miradas hoy, con ojos de un artilugio tecnológico farragoso, suenan de otra época. De un futuro o de un presente que se pueden intercalar sin problema por su brillo de contemporaneidad que no la abandona nunca.
A Hitchcock le pasan los años como le pasa el agua por encima y su aterciopelado ropaje sigue intacto. En “Frenesí” del año 1972, vemos a un director pletórico de destreza técnica, impregnado de una sutileza como no se ha visto nunca en la historia fílmica mundial. Sus planos son elaboraciones escrupulosamente estudiadas para ponerse en escena como si quisieran pervivir para siempre.  Cuenta la historia de dos hombres que tienen personalidades disímiles, uno ensimismado, fiel a sus caprichos y al embate de su mal genio, pero siempre firme en  sus principios de vida, un creyente en los valores forjados desde niño, con las mujeres que ama o con los amigos que defienden su inocencia a capa y espada; el otro, un maniático sexual visto por los demás con un poco de recelo pero también con algo de simpatía, ha despertado por fin esa sed enorme de matar a mujeres y violarlas hasta exprimir al máximo ese placer contenido por una vida sujeta  a obligaciones socialmente imperiosas para verse como un hombre normal. Son dos formas de ver el mundo. El primero es un hombre apresurado por las circunstancias, todo lo culpa, todos lo increpan, es el modelo de hombre que se puede perturbar en cualquier momento y llegar a situaciones criminales y las personas lo pueden creer sin problema alguno. El rubio enfermo de ansiedad es un asesino incurable, pero cuenta con la condescendencia de la gente. Puede causar daño pero los otros lo ven como un hombre insignificante, que cuida de su madre hasta que las personas más agudas encuentran el verdadero perfil de alguien taimado con ínfulas de personaje promedio.
Esta descripción psicológica queda perfectamente delineada en cada una de las escenas mostradas por el director. No hay ningún gesto, ninguna palabra que no emerja naturalmente de la boca de un personaje perfilado por Hitchcock de modo magistral. Y a esas pinceladas de gran director de actores, tan bien expuesta en la obra de arte visual que es una película como ésta. El asesino de la corbata es una obra. Todos hacen parte de los asesinatos, todos hacen parte de una trama macabra que se delinea fluidamente sin ningún espasmo.  En la obra el director muestra dos asesinatos y sugiere el primero. Con su maravilloso cameo inicial ya pone en la mesa las cartas de modo que el espectador sabe con resignada certeza lo que le espera. En el segundo de los asesinatos, la mujer asesinada muere quizás ingenuamente por su desinhibida amabilidad, luego de una violación que parece contemplar la consabida superioridad física de un hombre aparentemente aceptada por las mujeres. El corte final luego del forcejeo físico, se consuma con las palabras morbosas del asesino que siente saciada su ansiedad con aquella rubia que tanto ha deseado. El mal ha quedado configurado en acto. En el tercer homicidio, Hitchcock es más Hitchcock que nunca. Cuando el rubio violador se encierra junto a su nueva víctima, la cámara retrocede lentamente, descendiendo por los escalones en silencio hasta que por fin remonta la puerta y se escucha el estrépito de una calle londinense. Pero la memoria y el descuido han jugado una mala pasada. El asesino ha olvidado el prendedor con la letra R y piensa que está en algún lugar del cuerpo de la víctima. Lo que no se vio queda explícito con este olvido. En el camión que transporta papas, la secuencia es escabrosa. El asesino encuentra el cadáver de la mujer asesinada, le quiebra los dedos uno a uno para recuperar aquel adminículo increpante. La velocidad, el encerramiento, las expresiones cambiantes de este hombre son una clase modelo de cómo fluye la tensión en el encuadre y en los espectadores. Con esas dosis de perfeccionamiento Hitchcock combina ciertas escenas de humor. La esposa del detective es una memorable lógica: sabe quién no fue el asesino de las mujeres. Las secuencias memorables en el comedor, mientras ella habla con su esposo y él come resignadamente unos platillos muy extraños, suman el tono hilarante de una obra mayor del gran director inglés.
Hitchcock parece jugar con sus películas. Teje las obras con alegría. Revuela como un pequeño por la sala de su casa mientras recoge los objetos del suelo para construir un gran juguete.  “Frenesí”  es una obra policiaca  ala usanza de las novelas negras estadounidenses de los años 20 del siglo anterior. Estos personajes son prototipos de ficción que podrían funcionar en cualquier circunstancia real.  Son seres de carne y hueso trabados en situaciones inéditas. La película como el vino ha añejado su calidad.

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